MISCELANEA DE HISTORIA DE CANARIAS (XII)

NOTAS AL DIARIO DE LAS HERMANAS CASALON (IV)

 

Eduardo Pedro García Rodríguez

 

 

(Continuación  del cap., anterior)

 

     Según las tradiciones, la danza de las cintas tenía ciertas variantes. A decir de algunos, en ocasiones los bailadores hacían sonar las chácaras a la par que danzaban; otras, cada danzante vestía el color de su cinta, con lo que el entrelazado presentaba agradables combinaciones de agradables perspectivas; hasta finales del siglo XIX, existía una modalidad que consistía en cada danzante era acompañado por una niña que cogida de una banda, muy adornadas y bailando con donaire.

 

DANZA DE LOS ARCOS

 

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     La danza de los arcos es básicamente igual que la de las cintas, excepto que las cintas son sustituidas por unos arcos de convexidad superior, adornados de ramas flores y lazos de variados matices, articulados a un espigón embutido en el extremo libre del arco; Danzaban con igual compás, dando los mismos pasos, aunque siempre entrando  en una obligada dirección y haciendo sonar las chácaras con la mano derecha.

 

DANZA DE LAS VARAS

 

      Para la danza de las varas no se emplea palo central. Los bailadores provistos cada uno de su respectiva vara en forma de arco, como de un metro de largo y vistosamente adornadas, se disponen en círculo cogiendo en alto con cada mano los extremos de la vara, para danzar como en la Isa diferentes pasos y figuras al compás del tambor, de las chácaras y flauta, los bailadores ejecutan movimientos cadenciosos, dando dos pasos cortados sobre la derecha y otros dos medios sobre la izquierda, mientras el conjunto gira alrededor, dilatándose o replegándose, pasando por debajo de la bóvedas formadas por los arcos y haciendo artísticas cadenas y deshaciendo nudos y cruzados, así como otras figuras bajo la dirección de las guías. Esta danza era habitual en los pueblos de nuestra isla, hasta las primeras décadas del siglo XX y, al presente esta y otras han sido rescatadas   por algunos grupos folklóricos.

 

DANZA PÍRRICA

 

     Respecto de la Danza pírrica de los guanches, los danzarines, al compás de la música, toman actitudes ofensivas y defensivas, chocan las armas, con gran agilidad en los golpes y quites con elegantes posturas. Esta danza captó la atención del poeta Viana quien en su única obra conocida, “Antigüedades de las Islas Afortunadas” (1605) en la página 368 nos dice:  

 

salió una danza de nivarios mozos,

que  Dácil ordenó por darle gusto

al cautivo, señor del alma suya;

fue la danza admirable, gustosísima,

de doce bailadores extremados

que con unas espadas españolas

despojos ordinarios de sus guerras,

desnudas en las manos por las puntas

y por la guarnición, en buen concierto,

tramaban una danza muy curiosa,

dando mil saltos y ligeras vueltas.

 

     Es posible que los guanches tuviesen más de una danza pírrica o la que usaban primitivamente fue transformándose paulatinamente, pues a dicho genero corresponde la danza conocida entre los pueblos chasneros como baile de los palos, que es muy semejante a otro antiquísimo de los vascos del norte de España, de donde sin embargo no fue importado, por lo menos en época colonial. Al respecto debemos hacer notar que, entre los bailes nacionales ingleses existe el llamado sword dances o danza de las espadas, baile que en el transcurso del tiempo concluyo por bailarse con varas o bastones, un proceso similar debió acontecer entre los vascos. Pero veamos en que consiste la danza. Varios danzantes de ambos sexos, provistos cada uno de un par de palos de leña blanca, se colocan formando dos filas paralelas, una de hombres y otra de mujeres, quedando de frente las respectivas parejas. Al compás de la música comienza el baile rompiendo el hombre con el píe derecho y la mujer con el izquierdo, dando dos alzas de pie alternando sin cambiar de sitio, seguido de un balaceo del hombre sobre la derecha y de la mujer sobre su izquierda con tres medios pasos, coincidiendo al quinto de este total de pasos un choque los palos de la diestra de la pareja, parando en cuarta alta de la esgrima del sable.

 

     Terminado este movimiento completo le sucede otro igual, pero en sentido contrario, chocando los palos de las manos izquierdas en cuarta alta al quinto paso; luego se repite el primer movimiento para chocar los palos en primera baja, seguido de otro para chocar en segunda. Viene seguidamente otro movimiento que termina con el choque del palo de la mujer sobre el del hombre, que le da la espalda con el palo tendido atrás y bajo, sucediendo otra figura igual, quedando de espaldas la mujer, para luego dar comienzo a un séptimo movimiento en que las parejas una vuelta completa sobre sí mismas, chocando cada cual sus dos palos al compás de música, mientras se dirigen a ocupar la fila opuesta a la que tenía al romper el baile para cambiar de pareja; finalizando con el séptimo movimiento el ciclo, chocando las nuevas parejas los cuatro palos. De tal manera que las parejas van cambiando a la terminación de cada ciclo, terminando el baile cuando vuelven a encontrase las primitivas parejas, que se despiden, saludándose con los palos como los oficiales del ejército con las espadas.

 

EL TAJARASTE

 

     Sin duda alguna el baile más popular que se ha mantenido en su pureza hasta nuestros días es el tajaraste. Este baile que, como todas las danzas guanches, se ejecutan al compás de la música de la pandereta o tajaraste y el tambor, a los que a veces acompaña la flauta y las chácaras (y hoy en día los instrumentos de cuerda). De ordinario lo bailan dos parejas colocándose invertidos hombres y mujeres, es decir, quedando los de igual sexo en el diagonal del cuadrado que forman, pueden sin embargo bailar a la vez varias parejas guardando el orden indicado

 

     Consiste el baile en tres medios pasos vivos, alternando dos de un píe y uno del otro, haciendo cada movimiento de estos tres medios pasos una ligera suspensión el píe contrario al que da comienzo, una vez sobre el derecho y otra sobre el izquierdo; girando a la par de cada suspensión una vez con vuelta sencilla para bailar con la pareja más “inmediata” y otra con doble vuelta para hacerlo con la más “alejada” en el orden que se mueven; pues todos siguen una curva cerrada, siempre la mujer por dentro sobre la derecha y el hombre por fuera sobre la izquierda: de modo que cada pareja que rompe el baile (comienza el baile) se vuelve a encontrar al dar la vuelta entera círculo.

 

     Todo hombre tiene derecho a relevar después de dos cantares y todos los presentes a cantar cuanto quieren.

 

     En el año 1998 tuve la oportunidad de asistir a un tajaraste en Teno Alto, la experiencia para mi será inolvidable, la noche era extremadamente fría pero este inconveniente quedó rápidamente compensado por la innata amabilidad de los habitantes del lugar. A eso de la diez de la noche comenzó el baile bajo la dirección del maestro de ceremonia sin cuyo beneplácito no se iniciaba ninguna danza, la orquesta estaba compuesta por cuatro tocadores, guitarras, bandurria y timple, a la cual se permitió unirse algún visitante con su timple, el baile transcurrió con las habituales Isas, Folias, Malagueñas etc. A las doce en punto, todos los asistentes estaban preparados para iniciar la danza del tajaraste, la cual comenzó a una indicación del maestro de ceremonias, prolongándose hasta el amanecer. Varios detalles me llamaron la atención durante la velada, uno de ellos el hecho de que no se interpretara el tajaraste antes de la media noche, y que a partir de esta  hora se bailase solamente el tajaraste, gentes que durante los bailes, digamos de precalentamiento, estaban “fijados” a la barra de la cantina o andaban como despistados, e incluso el encargado del bar que se mostraba en extremo diligente en su cometido, en cuanto comenzó el tajaraste se unieron a la danza, sin dejar de bailar hasta que se dio por concluida la misma, el mencionado encargado del bar, a pesar de que era cojo de uno de sus píes, (creo recordar que del derecho) no por eso dejo de mostrar menos bríos durante el baile que el resto de los Danzantes.

 

EL TANGO TINERFEÑO

 

     Entre los bailes populares guanches cabe destacar el llamado después de la invasión y conquista de la isla “tango tinerfeño”; como denominaron también a unos bailes indígenas del Hierro y la Gomera , tango herreño y tango gomero. El tango tinerfeño casi ha desaparecido, pues ya solo suele encontrarse en algunos caseríos de Icod y sus alrededores. Lo bailan dos parejas colocadas en situación de seguidillas, pero sus cambios no son tan rápidos. A cada compás adelantan un píe dando dos medios pasos alternando con otros dos medios del otro píe, imprimiendo a la par a la cintura un cimbreo lateral de elegantísimo efecto.

 

LA GUARACHA

 

     Con todo, la danza guanche más conocida es la guaracha, como hemos apuntado más arriba. Tuvo el privilegio de recorrer el mundo entero perdiendo en esa larga emigración su primitivo titulo hasta en su país nativo, pues apenas si lo conserva en alguna isla, y algunas regiones de América; y no solo perdió su apelativo, sino que fue más conocido por baile canario o el canario, saltero, y en Italia como saltarello etc., sino que dejando por el camino su aire, tono y cadencia para dar lugar a numerosos hijos bastardos que en nada recuerdan a quien le dio ser (caso de la segunda partitura de la cuarta sonata de Bach). 

 

     Entre nosotros sigue viviendo con su antigua fisonomía, especialmente por Arona, Adeje y pueblos del sur, y formando parte del repertorio de grupos folklóricos bajo la denominación de tanganillo y saltonas.

 

     Por lo expuesto queda claro que, el componente básico del folklóre canarios es de origen guanche, si bien al ir recibiendo sucesivas aportaciones de influencia andaluza, extremeña, portuguesa y muy especialmente, en los últimos tiempos, americana, más la incorporación de instrumentos de cuerda, han hecho del folklóre canario uno de los más ricos y variados del mundo.

 

(8.) LA HIGIENE EN SANTA CRUZ EN EL SIGLO XIX

 

     Las condiciones higiénicas en que se desenvolvía la sociedad tinerfeña durante el  siglo XIX, no caben duda que dejaban mucho que desear. El contacto frecuente con  individuos de otras sociedades con hábitos higiénicos mucho más avanzados como la inglesa o la francesa, parece que no influían para nada en los hábitos sanitarios de la oligarquía criolla agraria y comercial de la isla.

 

     Este abandono era mucho más acusado en los puertos, especialmente en los de Santa Cruz de Tenerife y en el del Puerto de la Cruz. Esta situación de total abandono de las más mínimas normas de higiene era mucho más acusada entre las clases populares, con especial incidencia en la salud de la población infantil causando elevados índices de mortalidad, aumentada casi siempre por una mala y en ocasiones nula nutrición.

 

     La insalubridad y falta de higiene era comunes en la mayor parte de las viviendas en todos los núcleos sociales de la población, contribuyendo a ello la escasa o nula ventilación de las habitaciones, la convivencia próxima con animales domésticos, siendo este aspecto mucho más acusado en las viviendas modestas al disponer estas de espacios muy reducidos, teniendo que albergar en ocasiones cuadras para Mulos, Burros o Camellos, que se empleaban en el transporte de mercancías y personas, siendo esta la principal actividad a que se dedicaban la mayor parte de los trabajadores en los principales lugares de las isla, además de alguna que otra cabra y cochinos (cerdos) si las familias disponían de algunas modestas posibilidades, todo ello acompañado de una legión de conejos, gallinas, palomas, perros y gatos, muchos de estos animales pululaban libremente por las poblaciones, a esta situación había que añadir la inverterada costumbre que tenían los vecinos de arrojar a las calles todo tipo de desperdicios, aguas fecales e incluso animales muertos. Todo esto hacía las delicias de los miles de ratas y ratones, así como legiones de cucarachas que señoreaban las poblaciones, todo lo cual contribuía como es natural a que el estado sanitario de las ciudades Canarias no mereciese ningún puesto en el ranking sanitario entre los pueblos civilizados.

 

    Las viviendas de los ciudadanos más ilustrados y poderosos, no diferían gran cosa de las del pueblo llano, exceptuando su mayor amplitud, pues en cuanto a la iluminación directa, ventilación y disposición de las habitaciones eran muy similares a las más modestas, si bien estaban dotadas de aljibes, pozo negro y algún cuartucho casi siempre oscuro y sin ventilación, donde había ubicado un agujero que comunicaba directamente con el pozo negro, y que hacía la veces de retrete, lugar éste donde generalmente no se podía esta más de un par de minutos, debido a los gases que emanaban de tal lugar. En sus patios y huertas disponían de corrales para caballos y demás animales domésticos. Algunos cronistas de la época se preguntaban como era posible que una sociedad tan ansiosa de copiar puntualmente las modas de París o Londres, y en general todo lo que viniese de fuera, no prestó el menor interés en aceptar los usos higiénicos y sanitarios de esas mismas ciudades, dándose el caso de que a un comerciante inglés se le tildó de loco por el hecho de haber instalado en su casa ¡una bañera y un bidet!

 

      Por lo expuesto, no debe extrañarnos el que los ciudadanos estuviesen habituados a convivir con una pléyade de insectos chupópteros domésticos, entre los que destacaban las chinches y  piojos, pero por encima de éstos las reinas indiscutibles eran las pulgas, motivo frecuente de animada conversación entre las clases mas elevadas de la sociedad.

 

     Un viajero británico (A.B. Ellis)  no dejó de sorprenderse de cómo en la élite Santacrucera  se hablaba sin el menor rubor sobre las pulgas, en las animadas tertulias que tenían lugar en las casas más encopetadas de la ciudad, trasmitiéndonos sus impresiones sobre el particular con las siguientes palabras: “En Inglaterra no está considerado de buena educación hablar en público acerca de esta activa y pequeña criatura, pero en estas islas es un tema de conversación tan común como entre los habitantes como el tiempo lo es entre nosotros y de mucho interés para todo el mundo. En realidad los isleños son grandes y expertos entomólogos y tienen una incomparable oportunidad para estudiar su ciencia. No solo la pulga ocupa posición honorable en la vida social de esta gente, sino que incluso se la menciona con sincero orgullo en baladas amorosas y poemas; y ningún amante está jamás seguro de que su petición será favorablemente hasta que haya sido invitado a unirse en la caza de las humildes, pero constantes, compañeras de la señora”.

 

Ante este panorama no es de extrañar que las enfermedades fuesen una constante entre las poblaciones isleñas, cebándose con más con más virulencia en las clases más pobres, causando verdaderos estragos entre la población como los sufridos en 1811, cuando una epidemia de fiebres amarilla se produjo en la isla a consecuencia de unas semillas de tabaco importadas de Cuba, con los que se pretendía introducir el cultivo de esta planta en la isla, diezmó la población del Puerto de la Orotava, muriendo la quinta parte de sus habitantes. Estas calamidades públicas no servían para las autoridades tomaran conciencia del calamitoso estado en que se encontraba la salud pública, manteniendo posturas conservadoras, confiando más en las oraciones que en las medidas preventivas. 

 

A los finales del siglo XIX las cosas continuaban igual si no peor, como que da recogido en la prensa local de la época.

 

     El Amusnau Chasnero Don Juan Bethencourt Alfonso, en un trabajo realizado sobre la higiene en Santa Cruz de Tenerife y publicado en la <<Revista de Canarias>>, de fecha 8 de marzo de 1879, después de desarrollar  un concienzudo y documentado estudio, sobre las deficiencias de las viviendas en la ciudad, cuando habla de la parte de la población más desfavorecida nos dice refiriéndose a las infrahumanas viviendas denominadas “Ciudadelas”: <<...Si no tenéis valor para visitarlas, ¿queréis saber lo que es una ciudadela? Podéis preguntarlo á esos raquíticos y escrofulónes niños, que encontráis por las calles temblando en verano, con la cara demacrada y de mirada brillante por la fiebre que le consume; a esas mujeres anémicas, cloróticas flacas y arrugadas á los 25 años; a esos trabajadores envejecidos en el primer tercio de su vida; á esas familias, de seis y más personas, acumuladas en un cuartito, y ¡qué cuartito, que sólo contiene 40 metros cúbicos de un cuerpo gaseoso que no es aire! Id á preguntarlo al Hospital, al asilo de Beneficencia, á la casa de Expósitos, á los hediondos lugares de la prostitución. Id á contar sus victimas, si podéis, á la fosa común de nuestro cementerio>>...

 

(9) LAS FIESTAS DEL CORPUS

 

     Las fiestas del corpus en sus orígenes en 1264 en que fue instituida para conmemorar un milagro eucarístico, distaban mucho de tener el boato y solemnidad con que se le ha ido dotando con el transcurrir del tiempo, concretamente en Canarias, fueron fiestas netamente populares hasta el siglo XVII en que las clases dominantes deciden eliminar el componente popular de la festividad, despojando así una ves más al pueblo en general y a los gremios de artesanos y agricultores, en particular, de las prerrogativas que disfrutaban éstos últimos en la preparación y puesta en escena de las fiestas del corpus.

 

     Con las medidas tomadas por la oligarquía tendente a “dignificar” este evento, lo que realmente se pretendía era eliminar la enorme carga de  reminiscencia de festividad “pagana” de que estaban revestido estos festejos, al tiempo que el clero, como siempre, soberbio e intransigente hacía enormes esfuerzos por dotar a estas fiestas de un boato barroco destinado al lucimiento de unos pocos poderosos quienes usando esta festividad como excusa, permitía a las diferentes familias de la oligarquía poder mostrar públicamente, su insultante poderío económico, alcanzado durante los siglos XVII y XVIII. Con ello, una ves más, tanto la poderosa oligarquía como la no menos poderosa y soberbia iglesia, despojaban  al pueblo de sus tradiciones más arraigadas, tradiciones que estaban cimentadas en la elevada espiritualidad de que es portador el pueblo canario, que frecuentemente mantenía soterrados enfrentamientos con la doble moral católica que sustentaba- y sustenta - a las clases dominantes.

 

     Como hemos dicho en otra parte, la espiritualidad del pueblo guanche, era mucho más firme y profunda que la que decían portar los conquistadores europeos. La cosmogonía guanche, por su concepción de una vida después de la muerte, facilita en gran manera la penetración de las concepciones de las creencias cristianas, tanto es así que, la aparentemente fácil asimilación del cristianismo por buena parte del pueblo guanche cuando se dieron por concluidas las hostilidades, fue debida no solo a los naturales deseos de conservar la libertad y la vida, sino a la labor de zapa que desde dos siglos antes había venido realizando la iglesia católica, con la llegada de los Babilones primero, y con la introducción de misioneros después. Este aspecto está magistralmente recogido por el historiador don Antonio Rumeu de Armas en su obra “La conquista de Tenerife”, de la que entresacamos algunos párrafos.

 

     El Papa Clemente VI, erige en reino a las islas Canarias, y concede los derechos de conquista de las mismas al almirante francés Luís de la Cerda , con el título de “Príncipe de la Fortuna ”, en 1344. En la isla de Mallorca se crea una cofradía con el fin de recabar fondos con que enviar a un grupo de misioneros para evangelizar a los isleños, entre ellos se encuentran los mercaderes (posiblemente traficantes de esclavos) Juan Doria y Jaime Segarra (1351), con el beneplácito de Clemente VI. Los misioneros contaban con la valiosa colaboración de doce nativos, neófitos canarios que habían sido victimas de las razzias piráticas y esclavistas de los mallorquines.

 

     El instaurador del “reino de la Fortuna”, Clemente VI, erigió las islas del Atlántico en diócesis misional por medio de la bula Coelestis rex regum (1351). Preocupándose por su auge los pontífices Inocencio VI, y Urbano V. La diócesis se erigió en Telde Gran Canaria, perviviendo por espacio de medio siglo. Se conocen hasta cuatro Obispos, Bernardo, 1351, Bartolomé, 1361, Tarín, 1369 y Jaime Olzina, 1392.

 

     A partir de 1404, Benedicto XIII, por la bula Apostolatus officium, elevó las operaciones militares de la conquista de las islas Canarias al rango de cruzada, pero esto no evitó que las islas continuasen siendo asaltadas por los depredadores esclavistas, entre ellos, Maldonado, Lugo, Salazar, etc.,. En 1404 se estableció la diócesis del Rubicón, y el primer convento minorista en 1414.

 

     La mayor parte de los habitantes de Lanzarote, Fuerteventura y el Hierro, ya estaban aparentemente cristianizados en 1423, y estaban sometidos a la jurisdicción del provincial de Castilla, quien debía confirmar a los vicarios después de ser electos misioneros. El Pontífice Benedicto XIII da testimonio de ello por medio de la bula Illius celestis agricole, el 20 de noviembre de 1424. Pero el más grave obstáculo con que continuaba enfrentándose la evangelización de los canarios era la pervivencia de la esclavitud de los no cristianos, defendida por un grupo compacto de doctrinarios (Egidio Romano y Enrique de Souza a la cabeza) y combatida por una minoría penetrantes teólogos (Inocencio IV, Santo Tomás y Agustín de Ancona). La curia pontificia adopta en 1424 una postura intermedia que, para la época supuso un cierto progreso.

 

     El cambio anterior se operó gracias a los informes enviados a la corte pontificia sobre las verdaderas circunstancias de los aborígenes canarios con el apoyo del Obispo del Rubicón, Fernando Calvetos, y por el testimonio directo del misionero fray Juan de Baeza, minorista, y un lego indígena, Juan Alfonso Idubaren. Eugenio IV, proclamó la libertad de los aborígenes, pero que, los “mercaderes piratas jamás respetaron”. La violencia de mercaderes piratas, y corsarios esclavistas ejercida contra los guanches, alcanzó tal virulencia que fue execrada por la bula Regimini gregis de fecha 29 de septiembre de 1434.

 

     En cuanto al núcleo misional radicado en Tenerife, más concretamente en Candelaria, Menceyato de Güímar, contó desde un principio con poderosos veladores que contribuyeron a  dar al mismo inusitado auge. El ministro general de la orden franciscana fray Jaime de Zarzuela (elegido el 20 de  mayo de 1458) acogió bajo su tutela el eremitario de Tenerife, sometiéndolo a su directa jurisdicción. El principal apóstol de esta misión fue fray Alfonso de Bolaños, quien había conseguido catequizar a buen número de güímareros. Sabemos por expresa declaración pontificia que el núcleo tinerfeño lo componía tres misioneros, y hasta es dable identificar a otro de ellos, fray Masedo. Acaso fuese el tercero fray Diego de Balmanua. De los tres hay constancia de que vivieron entre los guanches y que predicaban en la lengua de éstos (bula docet apostolicam sedem 1462, en Bullarium, tomo II, núm. 978, página 512). Posteriormente, en 1465 por medio de la bula Docet romanorum pontificen nos informamos indirectamente de que fray Alfonso de Bolaños, ejercía autoridad como vicario sobre Guinea, las islas del mar Océano y algunas de las Canarias.

 

      Es posible que la actividad pastoral de fray Alfonso de Bolaños, ocasionase malestar al señor de las islas menores, pues en 1465 Diego de Herrera señor de las mismas dirige una queja al Papa Paulo II, en la que le manifiesta que Bolaños abusaba de sus privilegios, proponiendo sustituirle a fray Diego de Balmanua, misionero que conocía la lengua de los isleños. 

 

     Otro protector del eremitario tinerfeño fue el sobradamente conocido Obispo del Rubicón, (Lanzarote) don Diego López de Illesca. Éste patrocinio se extendió a fray Alfonso de Bolaños, como cabeza visible del núcleo nivaríense. Dicho prelado se erigió en defensor del misionero contra las tropelías del vicario de Canarias fray Rodrigo de Utrera acudiendo con sus quejas, en 1461, ante la propia corte pontificia. Conocemos estos incidentes por la bula Decent apostolicalun sedem  ya mencionada del Papa Pío II. Éste mismo pontífice al objeto de dotar de fondos económicos suficientes a las misiones atlánticas, promulga la bula Pastor bonus el 7 de octubre de 1462, mediante la cual concedía una amplia indulgencia en beneficio de los cooperadores en las obras misionales al tiempo que fulmina de nuevo a los piratas esclavistas que salteasen y vendiesen a los naturales si no les restituían la libertad, pero como en ocasiones anteriores, tenía más poder para los esclavistas cristianos las ganancias obtenidas por la venta de los esclavos guanches que la promesa de una eternidad horneándose en el infierno.

 

     Al igual que pontífice Pío II, Sixto IV expidió la bula Pastoris aeterni, el 29 de junio de 1472 en defensa de los asuntos misionales en Canarias. El Pontífice minorista se declara entusiasta y ardoroso campeón de la conversión de los nativos guanches y africanos, depositando toda su confianza en fray Alfonso de Bolaños para el desempeño de tan importante misión. Con este objeto eregía la nunciatura de Guinea, designando nuncio y comisario a fray Alfonso de Bolaños. Quedaban bajo su inmediata dependencia espiritual la isla de Tenerife, los territorios de África y Guinea y las islas del mar Océano. Sixto IV, haciendo caso omiso de la soberanía portuguesa sobre Guinea de la soberanía espiritual otorgada a la orden de cristo por su predecesor Calixto III, quien había otorgado jurisdicción espiritual sobre el continente africano a dicha Orden por la bula Inter. Caetera, de fecha 13 de mayo de 1456.

 

     A esta etapa de intensa penetración de la iglesia católica en las islas aluden con reiteración los testigos de la Información de Cabitos. (1477) El propio señor de las Canarias Diego de García de Herrera confiesa por la pluma de su procurador, lo que sigue <<el obispo de las dichas islas a estado en las dichas islas e sus clérigos; e en la dicha isla de Tenerife han entrado asaz  veces  frayles e tienen su iglesia e hay en ella asaz gente bautizada>>. Por este documento se confirma una ves más la existencia de una iglesia en la isla en tiempos anteriores a la conquista.

 

     Es posible que la “aparición” cristianizada de la Chaxiraxi tuviera lugar en los tiempos de las primeras penetraciones cristianas en la isla, o bien que los primeros frayles que se establecieron en Chivisaya fomentaran el culto a la imagen bajo la advocación de una virgen católica, creando alrededor de la imagen toda la leyenda referente a su supuesta “aparición”. Es más que probable que la primitiva talla estuviese en poder del pueblo guanche muchos años antes de la llegada de los primeros religiosos. Este supuesto se basa precisamente en el origen Etrusco- no cristiano - de la figura la cual según algunos entendidos representa a la diosa Etrusca Menera. Además de la profunda veneración que el pueblo guanche dedicaba y dedica a la imagen, el sentimiento de posesión de la escultura es tal que, en los varios intentos por parte de los conquistadores en un principio y, de los poderes impuestos después, por trasladar la imagen de su primitivo asentamiento a llegado provocar no sólo la más rotunda oposición por parte del pueblo sino el enfrentamiento abierto con el poder. Es posible que el pueblo guanche cristalizara en la Chaxiraxi la ancestral devoción que profesaba a la diosa Tanit o Astarté, de la cual existe en todos los menceyatos de la isla infinidad de grabados rupestres con las diversas formas en que era representada esta diosa feno-púnica, tema que trataremos ampliamente en otro lugar.

 

     Muchos de los antecedentes que hasta aquí hemos expuesto, sirvieron con posterioridad a la conquista como base defensiva de los frayles en el enfrentamiento que mantuvieron con el clero secular, por el dominio del rico y altamente rentable convento de la Chaxiraxi (La Virgen de Candelaria), por cuyo dominio miembros de ambas instituciones llegaron incluso a hacer uso de las armas.

 

     Con este breve esbozo sobre la penetración cristiana en las islas, creemos que queda patente el esfuerzo realizado por la iglesia católica en actuar como punta de lanza para la posterior conquista cruenta llevada a cabo por las hordas mercenarias españolas. Pero volvamos al tema inicial, la festividad del Corpus en nuestra isla.

 

Como hemos apuntado al principio, la fiesta era llevada a cabo por los gremios especialmente por el de agricultores, aunque siempre patrocinada por los poderes establecidos. Así vemos como desde el domingo de Pentecostés el Cabildo de la isla ordena fijar el bando anunciador de las fiestas. Su celebración queda otorgada a las parroquias, pero en el caso de La Laguna al existir dos parroquias (La Concepción y Los Remedios),  la rivalidad entre las mismas por celebrar los actos se agudiza además por la tradicional pugna que mantenían ambos templos como consecuencia del antiguo pleito entre la villa de arriba y la de abajo. La situación alcanzó tal virulencia que motivó la intervención de la corona española, por una concordia aprobada por Carlos V y después confirmada por Felipe V, se dictaminó que a cada parroquia correspondía la organización en años alternos. 

 

Don José Rodríguez Moure, recoge con minuciosidad los trabajos llevados a efecto para la celebración de 1817.

 

     En la madrugada del lunes inmediato, los miembros de los gremios iban al monte a cortar las ramas y en carretas y caballerías eran transportadas hasta la ciudad, donde llegaban sobre las cinco de la tarde. Estas labores generalmente iban acompañadas de abundantes libaciones de vino y se acostumbraba sacrificar un carnero. Al amanecer del martes se limpiaban las gajadas que habían de adornar la carrera procesional, y por la tarde las jóvenes comenzaban el deshojo de la rama corta. El miércoles por la noche era la función de vísperas. Mientras tanto en la calle el bullicio crecía y los gremios de panaderos y molineros llevaban artefactos para la iluminación de la verbena de la noche. Se colocaba cada 4 esquinas un barril de los de harina lleno de maravillas (virutas) rociadas de alquitrán y por el centro de las calles gánigos provistos de estopa, cuyos depósitos se incendiaban al comienzo del repique que en todas las iglesias anunciaban el final de los maitines. En opinión de Rodríguez Moure, éstos focos, simulaban un enorme rosario en el cual los barriles hacían las veces de glorias o pater noster y los gánigos de avemarías. En esa noche se bailaban danzas y se hacían hogueras, actos estos que llenaban de disgusto a los miembros de la sociedad dominante y supuestamente ilustrada que propugnaban su supresión o bien la sustitución de los bailarines “por personas decentes”.

 

     Desde la madrugada del jueves, muchachas campesinas o de otros gremios, según el turno de correspondencia anual, en sus carretas esparcían la hojarasca y las flores por los suelos de las calles, éstas estaban precedidas generalmente por la hija del alcalde del oficio, que tenía el honor de espaciar en primer lugar el follaje. La procesión era precedida por gigantescos muñecos alegóricos. Eran los gigantones, la tarasca, los papahuevos y  los diabletes. Todos danzando,  haciendo morisquetas y diabluras durante el recorrido de la procesión por unas calles alfombradas de hojarascas y flores y adornadas con arcos de frutas, y grandes ramas.

 

     La bicha o tarasca, era una serpiente monstruosa con la cual se pretendía representa a la herejía vencida por la fe, los diabletes tenían implícito el carácter burlesco y despreocupado de la juventud, el gigante iba acompañado de otros dos más pequeños llamados golosillos, porque daban implacables manotadas a los que nada les ofrecían, los matachines formaban parte de la procesión y sus vestidos debían ser fuertes y de buenos colores, según recoge D.J. Navarro “en consideración a lo basto de los sujetos que usan esos vestidos”. La actuación de los matachines consistía en bailar alrededor de un palo o lanza donde pendían las cintas, al compás del toque del tamborilero y con los sones de la flauta, aunque también en ocasiones intervenían las viguelas.   

 

     En 1775 las vísperas son solemnizadas con una danza de muchachos que llamaban los matachines, estos danzantes iban ataviados con ropajes de damasco azul y rojo, lo vivo de los colores supuso otro motivo de quejas para las clases privilegiadas pues consideraban indecentes éstos vestidos. La presión de algunos ediles consiguió que durante algunos años se suprimieran las danzas, Lope de la Guerra expone al respecto que “ya hacía algunos años que no había danza porque las personas que se vestían eran gentes indignas y ha costado trabajo hallar muchachos decentes para una danza que se dedicaba a tan objeto como el obsequio de S.M. sacramentado”.La estrecha vinculación que mantiene la danza primaveral o veraniega con el Corpus es tan evidente que incluso Caro Baroja señala que no hay forma de concebir al Corpus sin danza, a pesar del manifiesto repudio de los ilustrados hacía los matachines. Éstos se componían de grupos de cuatro, seis u ocho individuos y continuaban participando en las fiestas e incluso en la procesión donde  iban dando golpes con espadas de madera y vejigas de vacas hinchadas de aire, reflejando una ves más el carácter isleño y su actitud ante la máscara.

 

      Tras los monstruos y matachines, se colocaban los distintos gremios. Primero el de laneros o sombrereros con su alcalde y su estandarte de San Severo, a continuación los zapateros con sus patronos San Crispín y San Cipriano luciendo en su estandarte la pata de cabra, la cuchilla y el brucete; Luego los pedreros con San Roque, los sastres con San Andrés, “que sólo por lo cojo podía ser patrono de gentes que se ganaba la vida sentada”, a continuación el pulcro y aristocrático gremio de carpinteros, con San José y por último, en riguroso orden jerárquico y de prestigio social, el hidalgo y ejecutoriado gremio de labradores con su patrono San Benito Abad. (Continua en el próximo cap.)

 

Septiembre de 2011.  

Ilustraciones:  

La danza de los arcos es de indudable origen guanche. En uno de los yacimientos de grabados rupestres del barranco de Balos, en Gran Canaria, se pueden observar éstas figuras danzantes con los arcos.

Foto: Archivo del Autor.

 

Las colas en los Dispensarios eran prácticamente interminables.

Foto: Archivo del Autor.

 

Jóvenes de La Laguna elaborando la alfombra del Teatro Leal, año 1959

Foto: Archivo del autor.

 

 

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