MISCELANEA DE HISTORIA DE CANARIAS (IX)

NOTAS AL DIARIO  DE LAS HERMANAS CASALON (I)

 

Eduardo Pedro García Rodríguez

 

(1)  EL CONSULADO MARÍTIMO Y TERRESTRE

                                                           

     Gobernando la colonia el Marqués de Branciforte, don Miguel de la Grúa Talamanca, tiene lugar la implantación en las mismas del Consulado marítimo y terrestre. El 12 de octubre de 1778, el rey de la metrópoli Carlos III aprueba un real reglamento por el cual se autoriza y regula mediante el artículo 53 el libre comercio de los puertos habilitados de España y sus posesiones de ultramar. Mediante el mismo reglamento se dispone que los puertos donde no hubiese consulados se creasen con arreglo a las leyes de Castilla, para que, protegidos eficazmente por el gobierno, y de consenso con las sociedades económicas, se dedicasen a fomentar la agricultura, fábricas y navegación.

 

     En cumplimiento de reales órdenes de 17 y 21 de noviembre de 1778 y 22 de junio de 1786, el Cabildo colonial de Tenerife forma el correspondiente expediente; estableciendo en La Laguna el tribunal del Consulado, en aplicación de la real cédula de 22 de diciembre de 1786.

 

     Por el mencionado reglamento se le concede el juzgado de alzada al doctor don Bartolomé de Casabuena, juez de comercio de indias por juro de heredad (es decir que el empleo concedido y las rentas que este generaba eran hereditarios), y en el caso de los Casabuena, venían ostentando el cargo de juez de indias desde 1725. El Casabuena de quien estamos tratando, vivió de 1721 a 9 de noviembre de 1796; era hijo de Bartolomé Casabuena y de María de Mesa, todos ellos jueces superintendentes de indias. Para dotar económicamente al recién erigido Consulado (11-2-1787), se le concedió el medio por ciento de averías sobre el valor de todos los géneros, frutos y efectos comerciales que se importasen e exportasen de las islas: entre las funciones propias del Consulado se contaban las de crear escuelas de comercio, pilotaje, agricultura y dibujo; los primeros empleados fueron: prior, el Marqués de San Andrés, y cónsules don Diego de Mesa y Ponte, y don Juan de Castro Ayala; conciliarios: don José Saviñón, hacendado, don Ambrosio de Acosta, mercader, don Ricardo Madan, comerciante, y don Fernando Rodríguez, naviero, quienes juraron sus empleos ante el corregidor de La Laguna don Gregorio Guazo Gutiérrez, el 29 de enero 1787, por tal acontecimiento se celebraron fiestas populares; concluidas las mismas comenzó a desempeñar sus funciones el Tribunal.

 

     Si bien el Consulado marítimo y terrestre no cumplió con las expectativas que de él se esperaban; si sirvió para proporcionar empleos a la oligarquía local, y como fuente de conflictos a los que tan aficionados son los miembros de las burguesías del país y que, en aquella época, eran avivados por los empleados destinados a estas islas por la corona española; uno de estos conflictos fue promovido por el comisionado regio don Felipe de Sierra  Pambley, quien traía la comisión de poner orden en los intereses de la real hacienda en las islas, labor que comenzó en 1817, y que culminó con éxito, poniendo orden en el enmarañado laberinto de las oficinas; abrió procesos y logró por fin implantar el tan odiado impuesto de paja y utensilios, a pesar de la oposición de algunos ayuntamientos, abriendo así un filón más para las arcas reales. También quiso intervenir en el pulso mantenido por la pujante burguesía comercial de Santa Cruz y la anquilosada oligarquía terrateniente de La Laguna, por la supremacía entre ambas ciudades.

 

     Entre las muchas propuestas que el comisionado Sierra Pambley  elevó a la corte, figuraba una que contemplaba el traslado del Consulado a Santa Cruz, argumentando para ello-no sin razón- que siendo uno de los fines primordiales del tribunal, el dirimir las dudas y los  pleitos suscitados por cuestiones mercantiles, era justo y necesario que el consulado estuviese ubicado en la Villa y puerto de Santa Cruz; ya que en esta plaza se desarrollaba la mayor parte del comercio de las islas, siendo La Laguna y su comarca esencialmente agrícola.

 

     Por real orden de fecha 26 de marzo de 1819, se comisiona al propio Sierra Pambley para proceder al traslado de la sede del consulado a la Villa de Santa Cruz, pero La Laguna celosa conservadora de sus prebendas y privilegios, y viendo en este acto un ataque más contra la capitalidad, y deseando conservar el control del Consulado los individuos hacendados que componían el tribunal y que residían en La Laguna, haciendo causa común con el Cabildo general de la isla, acordaron no dar cumplimiento a la real orden; alegando que la mencionada orden fue obtenida con los vicios de obrepción y subbreción. Ante la negativa del traslado por parte de ambos organismos, el comisionado regio, solicitó la ayuda del comandante general La Buria, éste hizo subir a La Laguna una columna de tropa, al mando del Mariscal de Campo don Joaquín O, Reilly, segundo cabo de las islas, quien cumplimentó con diligencia la orden de su superior y el Consulado fue trasladado a Santa Cruz en el mes de junio, quedando encargado de las funciones de Prior don José Crosa, primer cónsul que era aquel año, y vecino de la Villa.

 

     Mientras se producía el traslado y ubicación del Consulado en Santa Cruz, las corporaciones laguneras no permanecieron ociosas, enviaron como embajador a la corte a don Lorenzo Montemayor y Roo, secretario que había sido del Consulado; quien ante las injustificadas dilaciones del comandante general para proveerle de pasaporte, optó por embarcar clandestinamente, aprovechando el primer navío que salió para Inglaterra, desde donde se trasladó a Madrid; y una vez allí haciendo huso de la amistad que le unía al insigne descendiente del Gran Kebehi Benchomo, don Cristóbal Bencomo, arzobispo de Heraclea, confesor del monarca, y decidido defensor de la ciudad que le vio nacer, La Laguna, obtuvo una real orden el 24 de septiembre de 1819, en virtud de la cual el general La Buria, se vio obligado a restituir el Consulado a su primitiva cede lagunera. Santa Cruz no cejó en su empeño, y en 1835, el tribunal fue traslado de nuevo a la capital de las islas, donde permaneció hasta la extinción de estos organismos.

 

 

(2) UN HOMICIDIO “SIN IMPORTANCIA”

 

     Es evidente que aún en pleno siglo XIX, cualquier miembro de la oligarquía  podía matar impunemente a una persona siempre que esta fuese socialmente inferior, sin  que el  hecho pasara de ser una simple anécdota social. El homicidio no causó -que sepamos- ningún trastorno en la sociedad lagunera debido posiblemente a la ascendencia de Tomás Nava y a su condición de clérigo de la iglesia católica.

 

 

(3) EL GENERAL MORALES

 

     El motivo de preocupación de los “aguerridos” militares laguneros no era otro que la visita del general Morales, hombre que, sin duda alguna, “se hizo a si mismo”. La designación de este general como “virrey” de la colonia de Canarias desató una soterrada polémica en determinados sectores de la sociedad Canaria de su tiempo, pues éstos criollos no estaban dispuesta a aceptar  ser gobernada por un militar procedente de una extracción social modesta, por muchos que hubiesen sido los méritos de guerra contraídos. Esta situación fue aprovechada por los sectores menos progresistas y por los liberales para tratar de atraer a su causa la influencia del general, a pesar de la fama de hombre cruel y sanguinario de que venía precedido. Para ello, los grupos influyentes no escatimaron esfuerzos en halagar  la vanidad del general Morales con lisonjas y dádivas a las que éste era muy afecto.

 

     Las continuas contradicciones en que se desenvolvía la sociedad, dominada por dos facciones de poder, los recientemente defenestrados liberales por un lado y los recalcitrantes absolutista por el otro, formaban un excelente caldo de cultivo donde se mezclaban todas las bajas pasiones que emanaban de un sistema político en abierta descomposición. Así el general Morales, fue el objetivo propicio para los ataques de los  liberales y punto de apoyo de los realistas, y como siempre, unos y otros, se despreocupaban graciosamente de los acuciantes problemas que agobiaban al pueblo.

 

     Como siempre, estos grupos de presión a los que se les sumaron los incipientes caciques, estaban más preocupados por sus intereses personales y de clanes, enmarcados en la pugna mantenida entre Santa Cruz y La Laguna , por la obtención o mantenimiento de la capitalidad del país, que en mejorar las condiciones de vida de la población.

 

     La desastrosa gestión llevada a cabo en el gobierno de las islas por parte del brigadier Uriarte y su hijo, toco a su fin dejando tristes secuelas en los gobernados, éste fue sustituido por el Mariscal de Campo de los reales ejércitos españoles, y gran cruz de las órdenes de San Fernando y de Isabel la Católica don Francisco Tomás Morales y Afonso, Canario natural del barrio del Carrizal de Ingenio, hijo de modestos campesinos, él mismo lo fue hasta la edad de veinte años,  en que como otros tantos Canarios se vio obligado a emigrar a Venezuela en busca de un mejor bienestar.

 

     Hombre dotado de una inteligencia natural fuera de lo común, llegó pronto a la conclusión de que para medrar en la sociedad de su tiempo le era imprescindible aprender a leer y a escribir, por ello compaginó su trabajo de modesto comerciante (vendedor ambulante) en Píritu (Venezuela) con las clases nocturnas para alcanzar una modesta formación que le permitiese prosperar.

 

     Habiendo sido alistado como soldado en las milicias de artillería, con fecha 19 de marzo de 1804, y ascendido a cabo el 4 de febrero de 1809, cuando acaeció la  revolución de Caracas, Morales fue llamado a tomar las armas para defender la causa de la Metrópoli, la guerra se fue alargando más de lo que en principio se había calculado, esta situación decidió a Morales a abandonar sus anteriores actividades y dedicarse por entero a las milicias, en éstas paso por todos los grados hasta llegar a  mandar el ejército colonial, primero como segundo de Bowen, y luego como general en jefe de las fuerzas españolas.

 

     Si bien la procedencia campesina de Morales, no era la más idónea para ascender en el escalafón de los reales ejércitos españoles de manera tan fulgurante como lo fue en este caso, éste supo labrarse un sólido prestigio ante sus superiores, no sólo cumpliendo fielmente las órdenes recibida, sino que yendo más allá de lo que el deber le exigía, no dudó en masacrar a las tropas insurrectas y, arrasar poblados y cosechas, siempre que tuvo oportunidad para ello, siendo sus actuaciones de las más sanguinaria llevadas a cabo por las tropas españolas contra los independentista venezolanos, donde fueron violadas todas las leyes de la guerra, siendo Morales calificado por los propios españoles como cruel y sanguinario.

 

     Es indudable que el valor y el arrojo acompañaron siempre a Morales en las múltiples acciones en que intervino, prestando inestimables servicios a las armas españolas y, sufriendo  solamente nueve derrotas durante sus campañas, siendo la más sonada el gran desastre de Maracaibo, viéndose obligado a retirarse con su ejército a la Habana, desde donde regresó a España.

 

     Precisamente uno de los temores que embargó a la población de la isla al tener conocimiento de que el mando de las mismas había sido asignado al Mariscal de Campo don Francisco Tomás Morales, fue la fama de cruel y sanguinario de que venía precedido, pero al ser el gobierno de las islas, un gobierno pacífico, el Mariscal no tuvo que hacer gala en ellas de sus dotes militares ni de emplear sus métodos de tierra quemada, ni siquiera de hacer regar los campos con sal

 

     El bergantín de guerra español El Cometa, aportó a Santa Cruz de Tenerife el 27 de junio de 1827, expresamente comisionado para conducir a la colonia de Canarias a su flamante comandante general, éste vino acompañado de un gran séquito compuesto de un numeroso grupo de ayudantes de campo, oficiales todos dotados de amplia experiencia en los ejércitos expedicionarios y que habían actuado a las órdenes de Morales en las ex colonias americanas, entre ellos, y como secretario del Mariscal de Campo venía el coronel don Ruperto Delgado, hombre de clara inteligencia y saber militar que llegaría ostentar el mando del gobierno militar de las islas; empleo que se creó por el ministerio de la guerra basado en el perfil del coronel, yerno que era de Morales.

 

     Después de pasar la cuarentena que imponía la situación epidémica que sufría la isla, Morales tomó posesión del mando el 5 julio.

 

     Es bien sabido que Santa Cruz contó siempre con una cohorte de aduladores compuesta por los empleados de la Metrópoli y algunos destacados miembros de la burguesía local, esta pléyade de trepas, estaban siempre predispuestos para ensalzar la figura del comandante general de turno, al margen de que la labor de gobierno de éste fuese nefasta o beneficiosa para las islas; ya que el fin último de estos arribistas consistía en consolidar y aumentar sus intereses y prerrogativas amparándose en una supuesta defensa de los interese públicos. Por otra parte, los capitanes generales consientes de lo efímero que solían ser sus mandatos, no tenían ningún inconveniente en dejarse agasajar y obsequiar por esta caterva de aduladores y utilizar el conocimiento e influencia que éstos tenían de los negocios locales, para usarla en su propio interés, pues la inestabilidad en el cargo les apremiaba a atesorar la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo posible, y además, cumplir con sus obligaciones para con la corona española.

 

     Como era natural, la burguesía Canaria estaba expectante ante la conducta que seguiría el nuevo jefe, pero éste pronto les tranquilizó, adoptado una postura comedida y conciliadora entre las diversas facciones que se disputaban el poder caciquil en las islas, y como muestra del talante conciliador que pretendía dar a su gobierno, fue el gesto que tuvo con un clérigo (don José Goiry, prébistero y catedrático de la Universidad de San Fernando), cuyas intenciones tenían más de inmorales que de partidario relista, éste se presentó a Morales con una larga lista de personas tenidas por masones y comuneros, el general rompió el documento en presencia del clérigo y lo expulsó de su casa sin ningún tipo de contemplaciones.

 

     Impuesto el general de la marcha de los asuntos internos del país, decide liberar a las islas de una serie de conspiradores absolutistas que, bajo los auspicios del general Uriarte y del intendente Balmaceda y algunos miembros del clero, habían proliferado en demasía, para ello dispone el embarque para España del intendente Balmaceda, que como se recordará estaba preso en Paso-Alto por orden del propio Uriarte, en cuanto a los sublevados del regimiento de Albuera los destina a Puerto Rico, tomando las mismas medidas con otros elementos perturbadores, entre los que se encontraba el Mariscal de Campo don Joaquín de Capape, quien había sido segundo de Besieres.

 

     Capape que había sido juzgado y condenado a muerte por delito de alta traición, le fue conmutada la pena por la de prisión y destierro, siendo confinado en la isla de Tenerife, la pena de Capape, fue en extremo ligero, pues gozando desde un principio del apoyo y protección del general Uriarte, éste le concedió por prisión toda la isla, circunstancia que aprovechó para continuar con sus intrigas, no cabe duda que con el alejamiento de estos individuos perturbadores, la sociedad canaria tuvo un periodo de relativa paz.

 

     Se dice que no hay peor cuña que la del mismo palo, y sin duda esto debió sucederle al general Morales con el nombramiento por parte de la corona española de don Diego de Aguirre, oficial de marina retirado, como intendente de las islas, este empleado llegaría a ser para Morales (como para el resto de los isleños) una pesadilla como lo fue Balmaceda para Uriarte

 

     Dotado Aguirre, como era habitual en los empleados de la corte, de un talante burlón dañino y altanero, tenía fama de gozar haciendo el mal; no se recataba en insultar con fiero orgullo y altivo desprecio a quienes  acudían a él; No obstante hay que reconocerle que entre las muchas medidas desafortunadas que tomo, tuvo una  bastante acertada, y esta fue la de suprimir el plús colonial a los empleados del estado español en canarias, tratando de equiparar a estos con sus homólogos de la Metrópoli, al tiempo que ahorraba algún dinero a las arcas reales; medida que como es natural le granjeo bastante enemigos, sobre todo por que él no se la aplicó a sí mismo y siguió cobrando su sueldo integro incluido el plús colonial.

 

     Aguirre como todos los funcionarios enviados a las islas, tenía la idea preconcebida de  que su  misión consistía en sacar el máximo rendimiento económico de este latifundio propiedad del estado español en beneficio del mismo, y en ocasiones, en beneficio propio, por ello comenzó su intendencia creando nuevos impuestos sin que para ello tuviese base legal alguna, pero aceptados o tolerados por la hacienda del estado ya que suponía un aumento en los ingresos, y si bien hubieron débiles protestas por parte de algunos ayuntamientos, la mayoría se mostraron como casi siempre dóciles y complacientes, no en vano se vivía en una sociedad donde todos pretendían sacar la máxima tajada de la paupérrima tarta en que habían convertido al país- situación que pervive aún hoy en día, pues sí bien han cambiado en las formas, No así en el fondo.

 

     A pesar del sumiso servilismo de algunas instituciones publicas, no dejaron de oírse voces que denunciaban -cada una a su manera- la lamentable situación por que atravesaban las islas, el gobierno del estado español tratando de suavizar un poco el rigor con que Aguirre se extralimitaba en sus funciones, expidió una real orden con fecha 19 de septiembre de 1827 para que de acuerdo con el general Morales, promoviese la felicidad de las islas. Pero en su soberbia, Aguirre no estaba dispuesto a seguir las directrices de la corona y ésta se ve obligada destituirle.

 

     Pero volvamos a la figura del Mariscal de Campo don Francisco Tomás Morales y Afonso, una vez lograda cierta tranquilidad entre las clases criollas dominantes, como hemos apuntado anteriormente, Morales pone su empeño en regular el estado de las Milicias Canarias, intento que se venía gestando desde algunos siglos atrás sin que se hubiesen conseguido  los resultados apetecidos por la corona. Con el fin de reorganizar las milicias el capitán general decide revistar personalmente los regimientos de las islas, dando comienzo en el caso de Tenerife su gira por La Laguna y concluyéndola en Güímar.

 

     En todos los lugares visitados el general fue recibido con grandes obsequios por parte de los poderosos; sabedores éstos de que el general sentía especial predilección por los regalos costosos, y con afecto por parte del pueblo; los coroneles jefes de los regimientos se mostraron especialmente espléndidos con su jefe supremo, extremando la generosidad con su general; en contraposición con el secular abandono en que mantenían a los milicianos, la mayoría de los cuales no sólo carecían de armas adecuadas y uniformes, sino que además en muchos casos tenían que atender por si mismos a su subsistencia cuando prestaban los servicios exigidos.

 

     Del resultado de estas visitas que Morales extendió a las islas de Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura, lo único positivo que se sacó fue el retiro forzoso de algunos oficiales de milicias ya inútiles para el servicio por los muchos años que tenían, y proveer las nuevas plazas vacantes (fuente de ingresos económicos para el general), y dar diversas disposiciones  dirigidas al mayor lucimiento e instrucción de los cuerpos; pero no se rebajaron el número de estos tal como se pretendía; pues el interés de los jefes canarios  radicaba en tener bajo sus ordenes el mayor número posible de milicianos y fueristas, ya que ello constituía un signo externo de  poder personal y prestigio social.

 

EL SUBDELGADO DE LA POLICÍA POLÍTICA

 

     Otro obstáculo que tuvo que superar el Comandante General durante su gobernación de Canarias, fue el que le supuso el subdelegado de la recién implantada policía política, Sr. Bérriz, éste, como todo empleado español, creía ser un virrey en la colonia, ello le llevó a sostener diversos enfrentamiento con su jefe inmediato, el general Morales. Bérriz trataba de exigir del vecindario la retribución de las licencias, gravamen que en el momento era a todas luces ilegales; por lo cual los vecinos se negaron a pagar, por cuya causa fueron multados los alcaldes de barrios y detenidos al negarse a pagar; también acusó al de Santa Cruz de disidente por haberse opuesto a la introducción del impuesto de pajas y utensilios; acusación que obligó al ayuntamiento a recoger testimonios  y certificaciones de los militares, de los conventos y del vicario, para verse libre de tan grave imputación.

 

     Bérriz,  en su deseo de castigar esta desobediencia ciudadana, que indudablemente afectaba a sus bolsillos, solicitó del general Morales la intervención militar (¡qué poco han cambiado las cosas!) para hacer cumplir su exigencia, Morales se negó a sacar las tropas a la calle argumentando con acierto que tal acción podría provocar una revuelta popular; perturbando por consiguiente la paz ciudadana, situación que como es natural era poco deseable dado los difíciles momentos porque atravesaba la política interna en la metrópoli.

 

     Por otra parte, el general era consiente de la repulsa que todas las clases sociales de la isla manifestaban hacia la impuesta policía política, organismo que hasta la fecha era desconocido en canarias; y que los canarios jamás pidieron ni desearon.

 

     La negativa del general Morales de sacar las tropas a la calle para hacer cumplir la exigencia del subdelegado de policía don José Bérriz Guzmán, creó en éste tal animosidad, que se declaró enemigo jurado del general, tal resentimiento le llevó a elevar al gobierno español varios escritos acusatorios contra el Mariscal de Campo Morales, siendo quizás el más pintoresco uno en que hacia saber al gobierno español que la continuidad de la pertenencia de  las islas a la corona española no estaba segura bajo el gobierno del general Morales; ya que en ellas existía un germen de independencia que el general Morales fomentaba, por lo que era preciso para conservar las islas, separar del gobierno de las mismas al general. El gobierno español comunicó al comandante las acusaciones de que era objeto, éste como es natural redactó varios pliegos en su defensa aportando cuantos documentos creyó oportunos, saliendo liberado de las acusaciones. No deja de ser curioso que se acuse de independentista, a quien precisamente se destacó y cimentó su carrera  aplastando de manera inmisericorde a los patriotas venezolanos, y siendo además como era, un reconocido absolutista realista.

 

     Del encono que el incombustible Bérriz sentía hacía el ayuntamiento de Santa Cruz, nos puede dar una idea el siguiente pasaje: necesitando el ayuntamiento de Santa Cruz una bomba contra incendios y careciendo de fondos para adquirirla, se le presentó la oportunidad de hacerse con el dinero preciso por una infracción cometida por un comerciante de la plaza; quien tenía almacenada cierta cantidad de pólvora de manera clandestina, comerciante y ayuntamiento llegaron a un acuerdo para sustituir la preceptiva multa por una donación de 300 pesos con destino a la adquisición de la referida bomba contra incendios, enterado el corregidor de La Laguna, nuestro altivo Berriz, de la transacción y entendiendo que en realidad se trataba de una multa encubierta, ordenó la incautación de los trescientos pesos, pues como tal multa pertenecía a las rentas reales. El ayuntamiento recurrió el embargo, y por real cédula de 31 de julio de 1832, se dispuso que se dejara el dinero para el destino que se había previsto; incluso si procedía de una multa. Sin embargo no se pudo recuperar el dinero por parte del ayuntamiento hasta febrero de 1837. El 19 de noviembre de 1837 la corporación colocaba en el antiguo convento de San Francisco la flamante bomba comprada en Londres.

 

     Pero como una desgracia nunca viene sola, el gobierno de la metrópoli, teniendo en cuenta los buenos servicios e intrigas de Bérriz, y atendiendo a los  deseos de éste de retornar a las islas, es designado  para ocupar la primera gobernación civil de la “provincia”; cargo que ocupa el 14 de mayo de 1834. Afortunadamente, Bérriz se mantuvo en el cargo solamente dos meses, tiempo que empleó en mantener continuos enfrentamientos con el ayuntamiento de Santa Cruz. Finalmente, fue destituido de su cargo cuando se hallaba de viaje hacía España. Pero nuestro altanero y despótico personaje regresó a las islas; Y  por real orden de 26 de junio de 1844, fue nombrado de nuevo intendente. Posteriormente, caso  con doña Josefa Román y Franco, natural de La Laguna.

 

     Retomemos la figura del Mariscal de Campo don Francisco Tomás Morales Afonso. En cuanto a los posibles logros en beneficio público, su gestión no fue mejor ni peor que la de sus antecesores en el cargo, y sus virtudes cívicas y sus defectos fueron exactamente iguales, a pesar de haber nacido en Canarias.

 

LAS AGUAS DE AGUIRRE O AGUERE

 

Algunos autores han venido atribuyendo al general Morales la traída del agua canalizada desde los montes de Aguirre a Santa Cruz, nada más lejos de la realidad, a pesar que la fuente instalada en el desaparecido barrio del Cabo lleve su nombre (“Fuente de Morales”,) que en un principio tuvo su asentamiento en la margen izquierda del barranco de Santos, de espalda al charco de la Casona , dando el frente a la fachada del actual museo arqueológico del Cabildo, actualmente se encuentra emplazada a uno10 metros de su lugar de origen y dando frente a la avenida de Bravo Murillo.

 

La conducción de las aguas de los montes de Aguirre hasta la villa venía canalizándose por unas atarjeas de madera, lo que facilitaba las pérdidas de caudal en más de un 30 por ciento, debido a la evaporación, roturas frecuentes de las canales y, sobre todo por los robos.

 

     La carencia de agua suficiente para el consumo de la población y para las aguadas de los buques que frecuentaban el puerto, se vio bastante agravada durante los veranos de 1824, 1825, 1826 y 1827. Ante la  situación de carencia que se planteaba cada verano, el ayuntamiento decidió retomar un antiguo proyecto para la conducción y  mejor aprovechamiento de las aguas de Aguirre; dando las intrusiones oportunas para la actualización del mismo.

 

     El proyecto de la nueva canalización y conducción de agua para el abasto de la ciudad fue presentado a finales de 1827. Las aguas eran las mismas que venían suministrando a la población desde los primeros años del siglo anterior es decir las de Aguirre.

 

     Las canales existentes y en buenas condiciones, desde los nacientes hasta los charcos eran 2000 varas; faltaban por construir unas 4.500 varas, desde allí hasta Almeida. El costo total de la obra se estimaba en nos 20.000 pesos. La renta anual se estimaba en unos 3.000 pesos, y como era habitual, las arcas municipales contenían gran cantidad de polvo y telas de araña, pero nada de  dinero en efectivo, por lo cual se decidió lanzar un préstamo al 6%, basándose en acciones de mil reales. Ante la inseguridad de  afluencia suficiente de capitales, se propuso, además, destinar a la financiación de las obras, el arbitrio especial de 2 maravedis que se había previsto sobre cada cuartillo de vino y cuatro para el de aguardiente.

 

     Al ser la obra de interés para los militares y no pudiendo el ayuntamiento sustraerse al espíritu servil y adulador que siempre a predominado en los organismos locales canarios, acuerda el 23 de noviembre de 1827, recabar la autorización y el apoyo del comandante general y del intendente. El “ínclito” don Diego de Aguirre, aprobó con fecha 27 de diciembre el arbitrio que se proponía, mientras que por su parte el comandante general al tener especial interés en que los cuarteles de la plaza tuviesen garantizado el suministro de agua, prometió su apoyo al proyecto y aceptó encantado la presidencia de la comisión que se había formado con el objeto de administrar y dirigir las obras.

 

Es digno de destacar el gesto altruista de un santacrucero, don Domingo Morera, fallecido el 27 de diciembre de 1827, quien mostró su apoyo al proyecto dejado en su testamento 2.000 pesos como ayuda para la construcción de la atarjea. El empréstito produjo 15.000 reales, garantizados con las rentas del vino y del aguardiente. Con este recurso más otros que se agenciaron sobre la marcha, pudieron llevarse a cabo  las obras, destacándose en las mismas la construcción de un puente en el barranco de Almeida, se cortaron y taladraron dos cerros, y se abrieron caminos nuevos para dar acceso a las obras. Las canalizaciones sumaban 11.000 varas de longitud, todas en obra de argamasa, encaladas y cubiertas por fuera, siendo el costo total de las obras de casi un millón de reales, cantidad  importantísima para la época.

 

     Este ingente esfuerzo realizado por la corporación y el pueblo de Santa Cruz, fue atribuido por algunos poetas y chupa tintas del momento, al general Morales, si bien no cabe duda que ayudó a la empresa con el peso de su autoridad, no es menos cierto, que, ni fue suya la iniciativa, ni proporcionó mas recursos que los que agenció el ayuntamiento, ni pudo celebrar la llegada del agua por las nuevas canales a Santa Cruz, el 28 de diciembre de 1837, ya que por esa fecha hacía tres años que había cesado como comandante colonial de las islas.

 

 

BREVE BIOGRAFÍA DEL GENERAL MORALES

   

     Queremos concluir estas notas sobre la gobernación del controvertido Mariscal de Campo de los ejércitos españoles, don Francisco Tomás Morales y Afonso, con una breve semblanza de su biografía.

 

     Nace don Francisco -como hemos dicho al principio- en un antiguo campo de cultivo de caña de azúcar como indica su nombre, Carrizal de Ingenio, en la isla de Gran Canaria, siendo bautizado el 27 de diciembre de 1781 con el nombre de Francisco Antonio, siendo sus padres Francisco Miguel de Morales y María Ana Afonso, su padrino fue Antonio Agustín Afonso. El historiador Francisco Morales Padrón, supone que el cambio del nombre de Antonio por el de Tomás fue en honor de su madrina,  Tomasa  Afonso.

 

     El futuro General viene a la vida en un momento en que las islas pasan por uno de los habituales ciclos de crisis económica, cuyo paliativo los canarios buscaban, como siempre, en la emigración. Sin dominar las primeras letras, como hemos anotado anteriormente, Morales ejerce los duros oficios de carbonero y salinero, hasta 1801, fecha en que embarca para Venezuela, en 1806 actúa como soldado, ascendiendo a cabo, sargento, subteniente, teniente y ayudante, capitán, teniente coronel y coronel. Cinco años más tarde, de 1816 a 1821, luces los entorchados de brigadier, siendo ascendido rápidamente a mariscal de campo y capitán general de Venezuela.

 

      En veinte años a recorrido de manera meteórica todo el escalafón del ejército español. Explicable por las actuaciones mantenidas en la guerra contra los independentistas venezolanos contra los cuales librará más de medio centenar de despiadados y  sangrientos encuentros. En 1806 libra una batalla a las ordenes de Gaspar de Cagigal rechazando a los británicos, al inicio de la revolución se pronuncia por el rey y combate a los patriotas a las ordenes del también canario don Domingo de Monteverde y Rivas (1811-1813); luego junto a Tomás Bowen, de quien llegó a ser su segundo y las tácticas de los famosos llaneros (1813-14), con Pablo Morillo (1815-21) y con Miguel de la Torre (1821-22) a quien reemplaza como capitán general de Venezuela y general en jefe del ejercito de tierra firme (1822-23.) Fue vencido en nueve batallas y herido en cuatro ocasiones.

 

     Durante el transcurso de la guerra de liberación de Venezuela, Morales tuvo ocasión de medir sus ejércitos y tácticas militares con jefes de la talla de José Félix Rivas, Villapol, Campos Elías, Bermúdez, Soublette, Urdaneta, Paéz y Bolivar. Con el libertador tubo varios encuentros; en La Puerta (13-11-1814), San Mateo (26 y 29-11-1814), un segundo encuentro en La Puerta (13-6-1814), Aragua (17-8-1814), Los Aguacates (13-7-1816),  y Carabobo (25-6-1821), en esta última batalla Simón Bolivar no sólo venció a Morales, sino que  esta victoria sobre el canario, marcó el comienzo del cambio de sino para el libertador.

 

     Derrotado el general Morales, haciendo grandes esfuerzos consigue mantener como capitán general, el precario dominio de España en Venezuela desde 1822 a 1823 hasta que, falto de auxilios por parte de la metrópoli y vencida la flota española en el lago de Maracaibo, se ve obligado a capitular el 4/8/1823, trasladándose a La Habana (Cuba) como queda dicho. A pesar de las intensas gestiones ante el gobierno español en demanda de apoyo para defender primero, y recuperar después, el territorio perdido de Venezuela, la corona española vencida ya en los escenarios americanos, se limitó a condecorar a Morales con la cruz de San Fernando y premiarle con la capitanía general de Canarias.

 

     Las amistades y adhesiones que al comienzo de la toma de posesión del mando se le ofrecieron al general Morales no resultaron tan firmes como este había supuesto en un principio; quizás debido su talante arbitrario y despótico, no tardó en granjearse un buen número de enemigos terribles entre aquellos que poco tiempo antes le adulaban y regalaban. Los cargos menores que se le imputaban consistían en el hecho de que había promovido ascensos entre los oficiales de milicias y algunos paisanos sin méritos para las jefaturas de los regimientos; Ascensos que proporcionaba excelentes ingresos económicos, la prisión de Roig y de sus compañeros en Canarias, y la del prebístero Goiry.

 

     Cuando cesó en el mando en 1834, Morales  trasladó su residencia a su isla natal, Gran Canaria, allí las simpatías que despertaba el general también estaban muy lejos del triunfal recibimiento de que fue objeto en su primera visita como comandante general y donde tuvo la gallardía de arrojar su espada al pueblo en un gesto simbólico, gesto que le fue devuelto con el regalo de otra espada con empuñadura de oro. El abuso de poder y algunas tropelías cometidas en la isla (entre ella las talas en el bosque de Doramas), contribuyó a aumentar el número de sus detractores, siendo remitido a España en compañía de su yerno Ruperto Delgado, estancia que duró dos años y que emplearon en defenderse de las múltiples acusaciones de que eran objeto por parte del nuevo capitán general y gobernador civil don José Marrón.

 

     A pesar de las muchas vicisitudes por las que atravesó Morales durante su mandato, éste al igual que sus antecesores y sus predecesores no descuidaron sus intereses económicos, obteniendo excelentes resultados a juzgar por los bienes reseñados en su testamento, redactado en 1842, y, que nos presenta el citado Francisco Morales Padrón; En él especifica como propiedades suyas las siguientes:

 

     La hacienda “Santa Rosa” (49 leguas cuadradas) en el pueblo de La Victoria (Venezuela), donde había vivido y casado con doña Josefa Bermúdez, de la que tuvo a su hija Marianna, casada con el general Ruperto Delgado, un solar en Píritu (Venezuela); Cuatro esclavos en el pueblo de Cagura,; 17.000 pesos que le adeudaba don Francisco Cartagena, vecino de Puerto Rico; 1.000 pesos fuertes que le debía Gregorio Soler, comerciante de la Habana; varios pedazos de tierra de secano y de regadío heredados de su Padre (aún pro-indivisos con sus hermanos) y otros que él había adquirido posteriormente; una casa de dos pisos frente a la calle de los canónigos; Dos décimas partes de la casa donde vivía en la calle de los Reyes; Un almacén en la costa de Lairaga; Una hacienda en Tenerife de 100 fanegadas; una casa de dos pisos en Santa Cruz de Tenerife; vales, créditos, y sueldos que se le adeudaban; y la famosa hacienda de “San Fernando” de 955 fanegadas en la montaña de Doramas, obtenida a cambio de un crédito de 50.000 duros que el estado le debía y como pago a sus servicios extraordinarios, data concedida por R.O. del 20-II-1831.

 

     Como se puede apreciar nuestro personaje consiguió agenciarse un patrimonio importante, que como otros muchos patrimonios logrados en las colonias, estuvieron generalmente cimentados sobre miles de cadáveres de seres humanos, y un sin fin de injusticias y arbitrariedades sin cuento.

 

     Don Francisco Tomás Morales Afonso, falleció en Las Palmas de Gran Canaria el 5 de noviembre de 1844, fue sepultado en el cementerio de Las Palmas, posteriormente, sus restos fueron trasladados a la capilla que se había hecho construir en su hacienda  “San Fernando” en el monte de Doramas.

 

  

     Los montes de Doramas como otros tantos lugares de nuestra geografía, no han podido escapar a la acción depredadora. Primero fueron salvajemente talados, y hoy en día su suelo fértil está siendo cubierto por una serie de urbanizaciones que están destruyendo el entorno natural.

 

 

Septiembre de 2011.

 

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