¿QUIÉNES SOMOS LOS MAZIGIOS CANARIOS? (II)

CAPITULO I. (II)

Eduardo Pedro García Rodríguez

Una prueba más de la integración de los naturales en la nueva sociedad colonial es que por aquellas fechas casi todos los alcaldes de Candelaria y del Valle de Güímar eran guanches, como hace constar el escribano Sancho de Urtarte respecto a Martín Rodríguez, Marcos González y Antón Hernández, Asimismo, tienen igual naturaleza el maestre de campo de las milicias del Valle, Antón Albertos y el capitán Francisco Rodríguez Izquierdo.

Lo más interesante de estos documentos es que nos muestran explícitamente, con nombres y apellidos, a un sector de la población guanche que ya se había integrado en la nueva sociedad colonial, pero que aún conservaba parte de sus costumbres y su identidad íntegra. No así la gran mayoría, totalmente asimilada y desnaturalizada, que desde el final de la invasión y conquista se había mezclado con los europeos y residía en los principales núcleos de población (La Laguna, La Orotava, Los Realejos, Icod, Garachico...) ejerciendo, en gran parte, de sirvientes o semiesclavos, salvo algunos privilegiados.

Tampoco debemos olvidarnos de los cientos que nunca se integraron (los alzados o resistentes), y que conservaron su lengua y costumbres refugiándose en las cumbres y lugares recónditos de la isla, resistiendo como etnia totalmente diferenciada de los europeos y criollos hasta mediados del siglo XVIII.

Otro dato interesante que podemos extraer de estos documentos, es que al comparecer en Garachico y Buenavista, en 1601, guanches vecinos de esas localidades, solidarizándose con sus hermanos del Sur en el lamentable pleito sobre la posesión de la imagen de la Diosa Chaxiraxi (Virgen de Candelaria,) nos están indicando que aún por esas fechas continuaban con la tradición de celebrar los festejos del día de la Diosa (Virgen,) aunque ya traspasado por el clero católico del 15 de agosto al 2 de febrero, unidos en fervor popular. Como lo hacían sus antepasados, que dejaban guerras y rencillas y se hermanaban durante la fiesta nacional del Beñesmer.

Pues bien, a la vista de esta extensa relación de guanches -quizás sea la primera vez que se nomina más de un centenar- viviendo en distintas localidades de Tenerife a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, pensamos, una vez más, en la imperiosa necesidad que tiene nuestro pueblo de ir saliendo de las tinieblas históricas a las que se le ha sometido secularmente. Aquellos que esgrimen el tema de los apellidos para asegurar que aquí sólo quedaron cuatro guanches y que todos descendemos de los conquistadores y colonos tienen en esto una prueba palpable y fehaciente de que la realidad es otra. Los tres apellidos que más se repiten en nuestros ancestros guanches que aparecen en los documentos antes mencionados: González (el más abundante), Rodríguez y Hernández, que representan el 33% del total, son los mismos que prevalecen en la población tinerfeña actual, como podemos comprobar tomando como referencia los censos de Santa Cruz y La Laguna. En concreto, el apellido González lo lleva aproximadamente el 5% de los tinerfeños, mientras que en Gran Canaria el más frecuente es Santana, que representa al 3,5% de la población y, sin embargo, allí los González ocupan el quinto lugar, con el 2,5%,

Curiosamente, entre todos los González, Rodríguez, Hernández, García, Pérez, Martín, Díaz, Betancort, Delgado, etcétera de los guanches anteriormente citados aparece un único apellido autóctono: Ibaute o Baute. No obstante, a éste habría que sumarle todos los Bencomo, Tacoronte, Guanche, Garachico, Tahodio, Chaurero, Teida etcétera, que también son frecuentes en nuestra isla y que están ampliamente extendidos en América.

Como reflexión final, me atrevo a sugerirles a mis paisanos que sean portadores de todos esos apellidos, y otros muchos que no se citan aquí, y que su familia lleve muchas generaciones afincada en Canarias, que empiecen a pensar en la alta posibilidad que tienen de ser descendientes de guanches, máxime si tenemos en cuenta que, tras la invasión y conquista, la población autóctona, que quedó en abrumadora mayoría como está científicamente demostrado, fue forzada al bautismo por el rito católico y les cambiaron sus nombres originales de Acaimo, Bentor, Guanchifira, Tinguaro, etcétera por Pedro González, Marcos Rodríguez, Agustín Hernández o Fernando Pérez. La verdad, más tarde o más temprano, siempre sale a relucir, por mucho que algunos se empeñen en ocultarla." (Francisco García-Talavera Casañas, 1997).

3.- LOS ZANATAS O ZENETES

Los Zanatas, Zenetes, Zenetas, conformaron una de las naciones más importantes dentro de la gran familia mazigia, hasta la penetración islámica en el noroeste del continente, precisamente, el nombre de zanatas, por los que son conocidos después de la islamización, les fue impuesto por los árabes

Este pueblo fue uno de los que arribaron a las islas, principalmente a las de Chinech y Benahuare, muchos siglos antes de que fuesen islamizados. Desde Chinech se expandieron por otras islas aportando un mayor contingente a la isla de Ecero o Hero, (Hierro) como nos indica el gentilicio de los antiguos habitantes de ésta isla y el hecho de que los primeros conquistadores europeos se valieron de bimbaches para los asaltos a la isla de Benahuare, ya que éstos y los ahuaritas o awaritas se entendían perfectamente, puesto que hablaban la misma lengua.

Los zanatas continentales que fueron influenciados por los conquistadores árabes, asumieron de tal manera la nueva cultura impuesta que incluso llegaron a renunciar a sus orígenes, mazigios prefiriendo ser considerados árabes, como una manera de ocupar puestos relevantes en la nueva sociedad, no dudando muchas de las familias zanatas influyentes en inventar falsas genealogías para justificar una supuesta ascendencia islámica. Esta actitud en sumarse al vencedor, tuvo su paralelismo en las islas, recién terminada la conquista de la isla de Tamarant, los antiguos canarios pertenecientes a las clases que habían sido dominantes, no sólo no dudaron en aceptar el nuevo estatus impuesto por los nuevos amos, sino que además se esforzaban por diferenciarse de los habitantes de las otras islas presumiendo de ser cristianos «e hablar castellano como los propios castellanos».

Los nobles de la isla de Chinech, una vez que fueron sometidos, la mayoría de ellos fueron obligados a tomar nombres cristianos, pero en el siglo posterior a la conquista muchas familias pertenecientes a la nobleza guanche aún conservaban sus nombres mazigios. Con objeto de escapar a la marginación social a que le tenían sometidos los conquistadores, y para superar los frecuentes expedientes de limpieza de sangre incoados por la inquisición española en Canarias, no dudaron en crear falsas genealogías renunciando a sus orígenes y nombres de su ascendencia tales como Benchomo, Garachico, Tahoro, Tahodio, Tacoronte, Ibaute, Icod, Chaurero, Teida etc., (actualmente afincados en América) para sustituirlos por otros españoles o portugueses como Albertos, Pérez, Hernández, Alonso, García, Rodríguez, Díaz etc.

Esta actitud de renuncia estaba justificada en la consecución de un ascenso social en el estamento colonial, ya que para poder acceder a determinados empleos públicos en las milicias, administración o en el clero, e incluso para poder asistir a las universidades españolas, los aspirantes debían superar los mencionados expedientes de limpieza de sangre, ya que el acceso a estas ocupaciones estaba vetadas para judíos, moros y guanches, al margen de la capacidad económica que éstos tuvieran. Sería sorprendente, para muchas familias canarias que presumen de descender de conquistadores o colonizadores, el comprobar mediante un seguimiento genealógico cuantas de ellas descienden directamente de guanches, ostentado en éstos día apellidos que en un determinado momento fueron usurpados mediante triquiñuelas y el pago de buenos honorarios a los genealogistas de turno. No fue ajeno a este deseo de equipararse a los invasores, el hecho de que en determinados momentos del pasado, desaparecieran abultados legajos de las dependencias de los juzgados y Ayuntamientos, así como oportunos incendios producidos en archivos de conventos y parroquias, pero la Tamusni es sabia, y si alguien tiene interés en conocer los verdaderos orígenes de alguna familia, sólo tiene que indagar en las zonas rurales de nuestro país, seguro que encontrará a algún Mago que se lo explicará, y podrá tener la seguridad de que está consultando con el archivo más fiable sobre el tema.

Similares circunstancias debieron concurrir muchos siglos antes en los zanatas continentales, tal como nos lo expone el Catedrático de Estudios árabes e islámicos de la Universidad de La Laguna y Doctor en filología Semítica, el ya citado don Rafael Muñoz Jiménez: «Tenemos varias listas genealógicas de los zanatas. Por parte de los genealogistas árabes Ibn Jaldun cita las listas suministradas por Ibn Hazm de Córdoba, Yusuf al-Warraq. En sus largas listas de antepasados, hay unos elementos comunes: Yana y Madgis. En la de al-Warraq aparece en nombre propio de Mazig. Ibn Qutayba añade a Magis el apelativo al-abtar.

El segundo grupo de genealogías se debe a los mismos zanatas "deseosos de rechazar todo lazo de unión con los beréberes", haciéndose pasar por descendientes de los Himyaries.

Su origen es el mismo que el de los beréberes: son los beréberes primitivos: los tehennu, los cinithi, los sintae, los castrensi. Los zanata como grupo es un invento árabe. Cuando los zanata observan que, para los árabes, una colectividad se define por un antepasado, cuando más lejano mejor, observan su nombre zana y acaban explicando que su epónimo es zana, hijo de Yana, según explica Ibn Jaldum (vide p. 207). Y acaban renegando de su origen beréber. Es, ante todo, un grupo cuyo nombre es descriptivo, las gentes de la (letra) t, como los sanhaya son las gentes de la letra ha y yim los masmuda son los señores que escriben la m como la d (quienes escribían la U en lugar de C y viceversa. Es cierto que los beréberes se dividen y subdividen en multiplicidad de tribus, pero después de la islamización; no antes. »

3.1 LOS ZANATA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

Con cierta frecuencia se nos hace notar a los mazigios canarios, la similitud de ciertos topónimos existentes en la Península Ibérica con otros iguales o con la misma raíz de las islas Canarias, en un intento de hacernos creer que los conquistadores impusieron dichos topónimos en nuestras islas, sí bien esto es cierto en cuanto a la nomenclatura católica de muchos lugares de nuestra Patria canaria, la mayoría de los cuales fueron impuestos a lugares culturales guanches, no es menos cierto, que, la mayoría de la toponimia considerada en España como de origen árabe, lo es en realidad mazigio, como ejemplo valgan dos topónimos: Chamberi, barrio madrileño tiene su epónimo en Chinech, Chamberi es el nombre guanche del lugar hoy conocido como "Hoya Fría"; Achbuna es el antiguo nombre mazigio de Lisboa, (Portugal). Abona es el nombre de un Menceyato de Chinech.

La proliferación de topónimos de origen mazigio (beréber) en la Península Ibérica se debe a que si bien la denominada conquista de España (ente que en la época no existía como tal) fue dirigida por los árabes, la inmensa mayoría de las tropas que penetraron en la península eran beréberes - mazigias. De entre los numerosos grupos mazigios que acompañaron a los árabes como soldados, y posteriormente como colonos, destacó por su importante aporte humano el zanata, éste indómito y valiente grupo juzgó un importantísimo papel en el desarrollo social, cultural y económico de los pueblos que habitaban Iberia, pueblos que vivían sumidos en la más absoluta barbarie de la edad media, como hemos visto en otro lugar.

La presencia zanata está contrastada documentalmente desde el 711 al 1492, durante los cuales los entonces futuros españoles recibieron un importantísimo aporte cultural del pueblo mazigio en todos los ámbitos de la vida. El investigador español Jacinto Bosch Vilá es autor de un muy interesante artículo sobre el tema, titulado Los bereberes en Al-.Andalus, del cual por su indudable interés nos permitimos reproducir algunos pasajes: «...Es, de cualquier forma que sea, obligado convenir y aceptar, por tanto, sin la menor reserva, que las poblaciones autóctonas del Norte de África -los pueblos beréberes, de orígenes proto-líbicos, lo son-, estuvieron presentes físicamente, por una u otra motivación o estímulo, en el solar hispano desde la antigüedad. La existencia de elementos beréberes, la realidad de la presencia beréreber en la Península Ibérica, es una constante a lo largo de toda la historia peninsular, y no supone ninguna violencia el admitir que la entrada masiva de beréberes en la Península, inducida por el corrimiento de pueblos, de tribus beréberes, ocasionado, a su vez, por el movimientos de tribus árabes hacía el oeste norteafricano y mediterráneo, estimuladas por el Islán, puede entenderse como la culminación o eclosión de la expansión de los pueblos nómadas, trashumantes y sedentarios, iniciada a mediados del siglo VII. Tales tribus tenían su habitat primitivo en el Norte de África, desde la Cirenaica y la Tripolitania hasta la cordillera del Atlas, las llanuras atlánticas y las tierras saháricas, y un gran número de ellas, a partir del siglo VIII, bien fueran fracciones, bien fueran sólo familias, estuvieron representadas entre los componentes de población establecidas en el solar hispano y, más profusamente-es natural- en las tierras de la antigua Bética y Cartaginense, que cubrían por entero y excedían las tierras de la Andalucía actual.

En la llamada edad antigua -sólo apta esta denominación, a mi juicio, para la periodización de la historia europea y de la civilización «occidental»-, inválida para otros continentes y para otras civilizaciones y pueblos-, existieron, como en el curso de toda la historia de los pueblos del área mediterránea, relaciones entre los pueblos de la Península y los del Norte de África; Pero todo intento de penetración, ciertamente violenta, fue rechazado al encontrarse con un poder fuertemente centralizado en la orilla opuesta a aquella de la que procedían, poder que, además contaba con una no menos sólida organización militar. El aparato estatal romano, proyectado también a las provincias norteafricanas, constituía, por otra parte, un freno y, a la vez, una especie de colchón en el que se atenuaban los golpes y todos los intentos de grupos más o menos controlados y sometidos. Es curioso, pero también cierto, que los primeros beréberes que la historia documenta como hombres que pusieron el pié en la Península, lo hicieron así, muy principalmente, en calidad de mercenarios, papel éste, triste papel y marchamo con el que los beréberes han discurrido, hasta tiempos muy próximos a los actuales. A lo largo de casi toda la historia, salvando épocas muy gloriosas de ese pueblo o conglomerado de pueblos, en las que llegaron a constituir auténticas dinastías (siglo XI AL XV)-almoravides (Sanhaya saháricos), zuries y hammadies (Sanhaya del Norte), almohades (Masmuda), Banu Marin, ziyaníe o Ab al-Wadies y haísies (zanata)-, y ser señores de su tierra. Pero antes, mucho antes de esa última eclosión y manifestación de auge de los beréberes, en la Antigüedad habían pasado a la Península grupos más o menos numerosos, principalmente como auxiliares de ejércitos romanos, sin que su presencia y acción en la misma tuviera como objeto establecerse y desarrollar alguna actividad implicada en la cultura material o espiritual de los pueblos hispanos. La romanización, tanto de la Península como de las áreas norteafricanas más próximas al Mediterráneo, fue un fenómeno tan denso y profundo que no permitió la personalización de los pueblos beréberes y de las mismas tribus hasta que apareció el fenómeno histórico del Islam, que los fue incorporando, en formas distintas, a su causa.

Si bien es cierto que existieron beréberes insumisos a Roma, también lo fue que la existencia de beréberes insumisos a los árabes, a los turcos, a los franceses y a los españoles, a lo largo de toda la historia. La sumisión y la insumisión, efecto de una violencia física o mental -en lo físico está inmerso el factor económico, y en lo mental o psíquico, el ideológico-, (situaciones vigentes en Canarias en la actualidad) sería otro aspecto digno de ser tratado en relación con el pueblo o los pueblos beréberes, pero ajeno a nuestro propósito aquí. Tan sólo lo traigo a colación por cuanto existen también datos concretos de la penetración o de incursiones con devastaciones, concretamente en la Bética, de beréberes insumisos a Roma. Según los historiadores de la antigüedad y basándose en fuentes documentales y epigráficas, referidas, naturalmente, al área mediterránea occidental, una primera incursión tuvo lugar en el siglo II de J.C., poco después de la muerte de Vero, ocurrida ésta en el año 169. Una segunda parece ser que fue hacía el 175. Una y otra incursión procedían de la Mauritania Tingitana, donde los Baquetes -¿los Bargawata de los tiempos islámicos?-tenían su habitat. Se han dado los nombres de las tribus beréberes insumisas de los Macize y Masaesyles, en la Mauritania Cesariana, éstos últimos ocupantes del Rif en la época romana, y de los Bavares, también de la Mauritania Cesariana, y de los Baquates ya nombrados, asistidos por los Masaesyles, que contaban con barcos para cruzar el mar.

3.2 ESTABLECIMIENTO DE GRUPOS BEREBERES EN AL-ANDALUS

Los berebéres-lo hemos dicho- ciertamente se establecieron en al Andalus, la parte de la península ibérica que recibió tal nombre tras la llegada a ella de beréberes y árabes, gracias al estímulo del Islam. El movimiento de los pueblos y de tribus a qué dio lugar el fenómeno humano del Islam, no resultó baldío. El ímpetu vital -se ha escrito- no es ajeno a la herencia temperamental, y uno y otro dan lugar a contactos que, a veces llevan a choques y éstos a entrecruzamientos de grupos humanos de muy distintos orígenes y culturas. Son fusiones de estilos de vida y de esencias culturales, procesos de interpretación y de asimilación, de integración también y de desintegración que no obedecen a otra ley que a la pendular y espirílea de la historia, y, a la de la gravedad especifica de la especie humana a cada uno de sus componentes.

Los contactos aludidos son el producto de una de las direcciones en que se despliega o proyecta la dinámica geopolítica de los pueblos del Norte de África y de la Península Ibérica, a través sobre todo, de este centro especial de gravedad de la Historia del Occidente mediterráneo que es el estrecho de Gibraltar, centro de gravedad, también, del Islán en la llamada Edad Media europea.

Hasta julio del año 710/ ramadán del año 91 de la hégira, no se tiene noticia documental fidedigna, que sepamos, de incursiones beréberes en la península ibérica de la época romana. En aquella fecha, un beréber zanatí, dicen las fuentes árabes, Tarif b. Malluk con cuatrocientos o quinientos hombres, sin duda beréberes también, se arriesgó a realizar un desembarco en la otra orilla del Estrecho, con el fin de realizar una simple excursión exploratoria que dio por resultado la obtención de botín. A fines de abril de 711/rayab del 92, Tariq b. Ziyad, probablemente otro zanatí, con unos miles de hombres, 7000 a los que se le agregaron otros 5000 poco después, según las crónicas, en su casi totalidad del tronco étnico Zanata, entre los cuales había mestizos de negros.

Tales habían sido y eran los contactos con las tribus de color del África subsahárica occidental. Abrían de par en par las puertas del arco penibético-rifeño, partido hacía siglos, y sentaban las bases para la entrada masiva de beréberes y para el establecimiento de grupos humanos de distintas tribus y procedencia en el solar hispano, al derrotar -ciertamente fue una acción violenta inducida- al rey visigodo Rodrigo, el 19 de julio de aquél mismo año de 711/28 de ramadán del 92; y al hundirse con ello, poco después, la monarquía visigoda. La entrada de aquellos beréberes cambió el curso latino, cristiano e hispano visigodo de la historia peninsular para lentamente, tomar el curso arabo-islámico en el que el elemento humano beréber, mayormente el hispano islamizado, puso de manifiesto un dinamismo tal, enfrentado o no al elemento árabe predominante, político y socialmente, en las ciudades que incidió enormemente en el devenir de la historia, y contribuyó, no menos, a la identidad y especificidad de una cultura.

Desde aquél mismo momento que hemos apuntado, no dejaron de pasar y traspasar beréberes de una a otra orilla y de establecerse hombres y familias de las más variadas procedencias -Botr y Baranis- en distintos lugares de al-Andalus. Las tribus que aportaron mayores contingentes a la hora de entrar en la Península Iberica, seguramente con el ánimo de establecerse en ella, dado los estímulos que la bondad de sus tierras, riquezas naturales y ansias de botín. Les despertaba las noticias que sin duda de ellas tenían, a parte otras razones, eran, siguiendo la clasificación y las denominaciones que de las tribus beréberes da Ibn Jaldun para aquellos siglos, tribus en su mayoría del tronco Zanata, que llevó en una gran parte el peso de la «conquista». Varias fracciones o subtribus de los Matgara, la más importante por su origen y su número del grupo o confederación de los Banu Fatím, que en sus lugares de origen habitaban con carácter permanente en cabañas hechas de ramas -dice Ibn Jaldun- Un gran número de Madyunay de Miknasa, Grupos Hawwara, Narza, Gumara y Masmuda, Formaban el grupo de beréberes que pasaron a la Península con Tariq. Ello no fue más que el comienzo pues, «atraídos por las conquistas en al-Andalus y por el incentivo del botín, las gentes del Norte de África pasaron al-Andalus de todas partes y cruzaron el mar con lo que pudieron» dice Maqari. Curiosamente, Luís del Marmol Carvajal, contemporáneo de aquel, escribía a fines del siglo XVI con referencia a las victorias conseguidas por los beréberes y árabes sobre los visigodos «Sabidas estas victorias en África fue tanto el número de Africanos que creció en España que todas las ciudades y villas se hincharon dellos, porque ya no pasavan como guerreros sino como pobladores con sus mujeres e hijos, en tanta manera que la religión, costumbres, y lenguas corrompieron, y los nombres de los pueblos, de los montes, de los ríos, y de los campos se mudaron». Tales palabras tanto las del norteafricano Maqqari como las del español Luís del Marmol, aunque sean testimonios tardíos, son dignos de crédito y expresivos para la apreciar aunque no cuantificar el volumen de gentes beréberes que se estableció en al-Andalus y la significación que su presencia tuvo en ella, arabizados o no. Entre tales gentes, ya desde la primera hora, es decir, desde el siglo VIII, y entre otras muchas no documentadas todavía, tenemos testimonio de que figuraban: Banu Ifran, Banu Llan o Aylan, Banu Qazar, Banu Awsaya, Banu Zaarwal, Banu Razin y Banu Zennun -estas dos últimas de la tribu Hawwara, Banu llyas, Banu Samlal y Banu Yahya b. Katir. Hubo pues, asentamientos de tribus subtribus y familia Zanata y Masmuda, en al-Andalus, desde la primera hora. Un grupo de los Nafza o Magila, pasó con el instaurador de la dinastía Omeya (Umeya) en al-Andalus, Add al-Rahman al-Dajil b. Mu awiya, y se acogió, como tantos otros a la wala de los Bany Umayya, engrosando así el número de mawali integrados a la gran familia árabe. Grandes migraciones de beréberes, enrolados como mercenarios en los ejércitos de Córdoba, sobre todo en la segunda mitad del siglo X incorporaron a al-Andalus a gran número de nuevos individuos y familias de los troncos Zanata, Masmuda y –esta vez- también Sanhaya procedentes de Yfriqiya, algunos de cuyos nombres nos son conocidos. Familias o fracciones de las tribus Malzuza, Azdaya, Saldina, Ulhasa, Awaraba y Zuwawa, de la confederación Kutama, se hallaban ya establecidos en la Península en los últimos años del califato. Los tres grandes troncos étnicos beréberes estaban, pues, ampliamente representados en las distintas colonias y núcleos de población de al-Andalus a mediados del siglo XI, cuando Ibn Hazm nos da cuenta de ellos y de su ubicación o habitat. Es natural que el número de beréberes aumentara considerablemente en al-Andalus durante los siglos XII y XIII, especialmente sahárico del grupo Sanhaya y Masmuda, con la intervención de almorávides y almohades en la Península. También beni merines (Zanata) y con la mayor interrelación de al-Andalus al Norte de África que con ellos se estableció, tanto política como culturalmente. Aunque sólo como cuerpo de ejército –otra vez como mercenarios,- la presencia beréber se hizo notar en el Reyno Nazarí de Granada, con combatientes magrebíes dirigidos por el sayj al-Guzat al-Magriba, Y linajes beréberes se encuentra en Granada en los últimos años de su existencia como tierra en la dar al-Islam. Nada de extraño tiene por tanto, que entre los mudéjares granadinos, murcianos e incluso entre los que permanecieron en tierras castellanas y aragonesas, y no menos entre los moriscos emigrados al sur de Francia, a Túnez y a otros lugares del Norte de África, hubiera un número nada despreciable de linajes bereberes hondamente enraizados en el perdido al-Andalus.

3.3 ASENTAMIENTOS BEREBERES Y NÚCLEOS DE POBLACIÓN

Los asentamientos de poblaciones beréberes en al-Andalus pueden distribuirse en cinco grandes grupos: a) el del Sur; b) el del Centro; c) el de las Marcas (Tugur); d) el de Levante (sarq), y e) el de Baleares.

En el primero se incluyen los núcleos de población beréber establecidos en el Algarve (sur de Portugal) Niebla (Huelva), Serranía de Ronda (Málaga) zonas montañosas de la que ahora es provincia de Cádiz, y Sierra Nevada (Granada). Tales grupos enlazaban con los que llamamos Centro, es decir, con los fijados en la región de Los Pedroches, al norte de Córdoba, y en Sierra Morena; éstos, enlazados de alguna manera con los establecidos en las tierras de las actuales provincias de Cuenca, Guadalajara y Toledo, comprendían el bloque que podemos considerar más numeroso, aquellos a quienes podía afectar más el poder político centralizador de Córdoba y -no menos-, sobre todo los próximos a las ciudades, el proceso cultural arabizador.

El bloque de las Marcas se extendía por la región de Mérida (Badajós), sobre el Guadiana, y, en dirección norte, por los valles del Tajo y del Mondengo, con centros en Talavera, Coria, Medellín, Astorga y Coimbra. Tal grupo formaba un bloque muy denso, a su vez comunicado con otros, tampoco escaso, establecido por todo el valle alto de Tajo y prolongado hasta las proximidades del alto Duero (Castilla) y el Jalón (Aragon), con núcleos dispersos en la Marca Superior (valle del Ebro) e, incluso, según cree J. Oliver Asín, en ciertos lugares del Pirineo. En el Levante también se localizan colonia beréberes, de importancia desigual, en los valles medios y altos de los ríos Jiloca, Guadalaviar, Cabriel, Mijares y Alfambra, es decir por toda el área que comprenden las actuales provincias de Teruel, y parte de las tierras orientales de Cuenca, Valencia, Castellón, especialmente de origen Hawwara y Madyun, así como núcleos Zanata en su mayor parte, sin excluir otros Sanhaya en las tierras más meridionales del Levante, en las actuales provincias de Alicante y Almería. Los nombres de lugar conocidos hoy por Atzeneta, o Atzanaeta (Zanata), Atzueva (Zuwawa), Favara (Hawara?), Senija (Sanhaya), y no pocos topónimos que empiezan por Beni – muchos también seguidos de nombres de familias árabes o arabizados, y otros de familias beréberes -, son un buen testimonio del grado de berberización étnica de la zona.

En las Baleares, en fin, hay razones para afirmar que hubo grupos fracciones o familias de las tribus Gumara, Matgara, Hawwara, Masmuda, Zanata, Sadina, Malila, Nazfa, Taskura y Masufa, a la última de las cuales pertenecían los Banu Ganiya, los últimos representantes de la dinastía almorávide en el gobierno de Mallorca y las islas.

Las referencias muy concretas que nos ofrecen Ibn Hazm en la Yamharat ansab al-arab, las que pueden evacuarse de las crónicas y de los diccionarios biográficos, sobre todo, sin excluir los datos que pueden deducirse de la toponimia actual española, en parte desbrozados por J. Oliver Asín, constituyen los materiales básicos para todo intento de descubrir viejos asentamientos de tribus, subtribus, fracciones, clanes o familias beréberes en al-Andalus. Con tales materiales y algún otro, tras una interrupción de años, espero algún día poder ofrecer un estudio, lo más completo posible, sobre los bereberes en al-Andalus.

En el Sur y en el Centro de al-Andalus hubo una notable concentración de grupos Zanata, o más o menos emparentados con éstos. Situados, en primer lugar, a los Banu Birzal, entrados como mercenarios en tiempos de al-Hakam II, y también a comienzos de la fitna cordobesa, que, independientes en el siglo XI, predominaron políticamente, asentados en tierras de Carmona, Écija, Almodóvar del Río, en la actual provincia Sevilla; los Banus Dammar, establecidos en Morón, Arcos y montes próximos, en tierras de Cádiz; los Banu Irniyan, entrados en al-Andalus en tiempos de al-Hakam II, o de al-Mansur Ibn Abi Amir, una de cuyas familias, los Banu Jizrun, se convirtieron en señores de Medina Sidonia y Arcos, también en Cádiz, los Banu Ifran, en Málaga, Ronda y Jaén; los Banu Iiyas, también en Medina Sidonia y Banu Zarwal, tal vez en la Serranía de Ronda, que eran de la tribu Magila. También en la Serranía de Ronda estuvieron asentados los Banu I-Jalí, de la tribu Madyuna, algunos de cuyos miembros habían pasado ya a la Península con Tariq; los Banu Yahwar, familia de la tribu Hawwara, tenían su casa en Marchena, mientras colonias de la tribu Awaraba, se hallaban dispersas por tierras de Jaén; y familias Azdaya, entre ellas los Banu Dulaym y los Banu Saqib, tenían su habitat en Morón.

Sanhaya ziríes, procedentes de Ifriqilla, pasaron al-Andalus a comienzo del siglo XI, asentandose en la cora de Iibira (Granada). Sanhaya también establecidos en el Sur, eran los Banu Laqit, Banu I-Galiz, Banu Darray y Banu Abd al-Wahhab, estos últimos, ricos y numerosos, residentes, al igual que los Banu Tahir b. Mana, en Osuna. Una familia de Zuwawa, de la confederación Kutama, se había hecho notar en Saqunda, al otro del río, en Córdoba, y otra, los Banu Muhallab, en el siglo IX, se hallaba asentada, señoreando, en los castillos de Torre Cardela y Esparraguera, N.O. de Granada. También en Medina Sidonia se hallaron los Banu Nabih y los Banu Abi I-Ajtal, familias de la tribu Malzuza, y en Osuna, todavía, se hallaban asentados también los Masmuda Banu Tarif, a los que pertenecía el «profeta» de los Bargawata o los Baragwata, Salih b. Tarif. También en el Sur y en el Centro, se localizan núcleos de población bereber no bien determinados, en Niebla, Caracuel y en la Sierra de Almadén (Yabal al-baranis.

Nfza y Miknasa se encuentran, desde los primeros tiempos, en el N.O. de al-Andalus, al norte del Guadiana, en las plazas de Mérida, Talavera, Coria, toda la región hoy portuguesa, del Alemtejo, y por otros lugares de la actual Extremadura donde eran muy superiores en número a los árabes.

Una de estas familias o clanes beréberes era la de los Banu I-Furanik, que tenía su solar en los alrededores de Trujillo. Miknasa eran los Banu I-Aftas o Banu Maslama, cuyos antepasados se habían establecidos en la región de Los Pedroches (Fahs al-Ballut) y que, en el periodo de taifas, fueron señores de Badajóz y dominaron Santarem y todo el Tagr al-yawfi o marca del noroeste de al-Andalus. Por aquellas tierras había también familias de la tribu Hawwara, a la que pertenecían los Banu Farfarin, una familia importante de Medellín, numerosa y rica, algunos de cuyos miembros habitaban en Mérida. También eran Hawwara los Banu I.Qamarati, y los Banu Qarqir. Masmuda eran los Banu Danis ibn Awsaya, señores de Coimbra en el siglo XI, cuyos antepasados, en el siglo IX y tal vez antes, tenían su habitat en al-Andalus, en Alcacerdo Sal (Qasr Abi Danis).

En el Levante se asentaron también diversos grupos Zanata, como ya se ha dicho y a juzgar por la toponimia. Conocemos los nombres de los Banu I-Jarrubi de Alicante y colonias dispersas en la región valenciana donde aparte numerosos y bien determinados asentamientos de población árabe se descubren no pocos núcleos de población beréber de origen Hawwara, Madyuna, e incluso Kutama, éstos ya en Alpuente (los Banu Dasim), algunos de cuyos nombres de familias o clanes nos son conocidos. Desde Játiva hasta Teruel, ya desde el siglo VIII, se hallaban asentadas un buen número de poblacione beréberes, entre las que nombramos los Banu Amira y a los Banu Gazlun, emires de Teruel y de Villel, que pertenecían a la tribu Ulhasa, rama de los Nafza.

En las zonas de Marcas (Tugur) es a donde fueron a parar no pocos núcleos de población beréber. Ellos fueron, en buena parte, los guardianes permanentes de la zona limítrofe con el país de los cristianos, la avanzadilla humana de dar al-Islam; ellos constituían la fuerza de cobertura que protegía el interior del territorio y guardaba los castillos y las comunicaciones del sistema defensivo fronterizo de al-Andalus. La parte septetrional de la cora de Santaver -las actuales provincias de Cuenca, Teruel, Guadalajara y parte de Toledo-, participaba , más que cualquier otra, del carácter de territorio fronterizo, los mismo que la Sahla (Albarracín) y las tierras del alto valle del Duero. De nuevo, grupos Madyuna y Hawwara fueron los primeros beréberes que, a raíz de la conquista de parte de Península por Tariq y Musa, se establecieron en aquellas tierras, hasta el punto de que tuvieron preponderancia frente a otras tribus, también beréberes, no sólo por el número sino también por el papel político que desempeñaron en la historia de al-Andalus.

Una de esas familias era de los Banu Razín, fracción de los Hawwara, numerosa y rica que ocupaba castillos al sur de la actual provincia de Teruel y que llegó a constituir en Santa Mariya al-Sarq (Albarracín) una dinastía taifa, del mismo modo que los Banu Zannun en Toledo, cuyo primer habitat en al-Andalus lo tuvieron en tierras de Uclés. Huélamo y de Awsaya y Malzuza, Zanata, Ulhasa, Sadína, Madyuna y Masmuda, los Banu Timlit que, en el siglo X, ocupaban la región comprendida entre el Jalón y el Alto Duero, convertida en «feudo» hereditario, y que poseían algunos castillos, Ateca y Pozuel de Ariza, entre Calatayud y Soria. Otros Masmudas, éstos de la Marca Media (al-tagr al-awsar) eran los Banu I-Faray y los Banu Salim, al parecer una misma familia en su origen, de quienes tomaron nombre las ciudades actuales de Guadalajara (Madinat al-Faray) y Medinaceli (Medinat Salim).

En suma: se puede concluir afirmando que no fueron tan solo las tribus hasta ahora nombradas las que tuvieron su representación entre la población de al-Andalus a lo largo de los siglos VIII al XV. Fueron otras muchas.

Una fuente árabe andalusí, hace pocos años publicada, con referencia al siglo X, permite añadir los nombres de tribus Yarawa, Zuwaga, Lamaya, Yabala, Karnata, Sumata, Hawlana. A ellos todavía pueden sumarse, para siglos posteriores, sin ánimo de nombrarlas todas, grupos de tribus Mistasa, Luwata, Yazula, Matmata, Maggrawa, Mazata, Hawtuta y Lamtuna. Tampoco fueron ajenos a al-Andalus los Nafzawa.

3.4 EL PAPEL DESEMPEÑADO POR LOS BEREBERES EN AL-ANDALUS

En algunos de mis artículos hasta ahora publicados, relativos los beréberes en al-Andalus, he tratado muy superficialmente del papel desempeñado por la población beréber en los contextos político, social y cultural de al-Andalus, a lo largo de ocho siglos de su permanencia en la ‘Península’, siglos que pueden prolongarse teniendo en cuenta que beréberes hubo entre todos los mudéjares castellanos, aragoneses, valencianos y murcianos y -¿por qué no?- entre los moriscos; y tal vez sangre beréber hay en algunas familias españolas, sobre todo de aquellas tierras meridionales de la Península que han estado y siguen estando más en relación con las poblaciones de la costa opuesta. Reconozco que ello está sin probar y que sólo un examen antropológico profundo, y de los grupos sanguíneos de pobladores de uno y otro lado del Mediterráneo, podría sacarnos de dudas, pero tampoco existen razones para desmentirlo rotundamente. El elemento beréber -he escrito más de vez- está presente, de una u otra forma, a lo largo de toda la historia de España, incluso, aunque esporádicamente, en la historia más reciente, en las tropas marroquíes, de claro componente beréber rifeño, que intervinieron en la guerra civil de 1936 a 1939, con todas sus consecuencias».

En la revista inmunología de julio-septiembre de 1996, los doctores Antonio Arnaiz Villena y Jorge Martínez Laso, publican un artículo sobre la tesis de las emigraciones saharianas, en ella desarrollan la hipótesis del parentesco entre las poblaciones españolas, argelinas y vascas. Basándose en el sistema HLA –que permite comparar las relaciones filogenéticos de muchas poblaciones de los cinco continentes -, los doctores Arnay Villena y Martínez Laso, -expertos ambos en inmunología – e histocompatibilidad -, han obtenido datos según los cuales vascos, sardos e ibéricos se sitúan cerca de las poblaciones africanas, y por consiguiente con el pueblo Zanata. Y, existe además, una estrecha relación de parentesco de españoles de Madrid y vascos con paleonorteafricanos (beréberes argelinos...) Lo cual nos viene a demostrar que los pueblos mazigios ya se habían establecido en determinadas zonas de la Península Ibérica mucho tiempo antes de la denominada invasión árabe a los territorios ibéricos, parte de los cuales actualmente forman un estado llamado España.

---» Continúa

Canarias, Enero 2012

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