El nacimiento de la religión

El templo más antiguo del mundo sugiere que rendir culto fue la chispa de la civilización.

FECHA DE PUBLICACIÓN:2011-05-09 AUTOR: Charles C. Mann

De vez en cuando, el nacimiento de la civilización vuelve a representarse en lo alto de una apartada colina del sur de Turquía. Los actores son catervas de turistas, en su mayoría turcos, con algunos europeos, hacinados en autobuses que suben hasta la cresta a trompicones por un camino sinuoso mal pavimentado, donde atracan cual acorazados frente a un pórtico de piedra. Armados con botellas de agua y reproductores MP3, los visitantes se apean y caminan sin orden cuesta arriba. Al llegar a la cima, el asombro los deja boquiabiertos.

Frente a ellos se levantan docenas de columnas colosales de piedra, apretujadas unas con otras y dispuestas en círculo. Llamado Göbekli Tepe (se pronuncia gubekli tepe), el sitio recuerda vagamente a Stonehenge, aunque fue construido con mucha anterioridad utilizando no burdos bloques de roca, sino pilares de caliza limpiamente tallados y salpicados con bajorrelieves de animales: procesión de gacelas, serpientes, zorros, escorpiones y jabalíes feroces. El conjunto fue erigido hace unos 11 600 años, siete milenios antes que la Gran Pirámide de Giza, e incluye el templo más antiguo de que se tiene conocimiento. De hecho, Göbekli Tepe es el ejemplo de arquitectura monumental más antiguo que se haya descubierto. Por lo que se sabe, cuando esas columnas fueron levantadas no había construcción alguna de escala comparable.

En la época de la edificación de Göbekli Tepe, gran parte de la raza humana vivía en pequeñas bandas nómadas que subsistían recogiendo plantas y cazando animales salvajes. Sin embargo, la construcción del sitio debió requerir más personas congregadas en un mismo punto que las reunidas en cualquier otro momento de la prehistoria. Lo más asombroso es que los constructores del templo cortaron, moldearon y acarrearon piedras de hasta 16 toneladas cientos de metros, sin disponer de ruedas ni bestias de carga. Los peregrinos que iban a Göbekli Tepe vivían en un mundo sin escritura, metalurgia o cerámica; para quienes se aproximaban al templo desde las faldas de la colina, aquellos pilares debieron parecer rígidos gigantes que se alzaban al cielo, adornados con animales que se movían a la luz de las llamas como emisarios de un mundo espiritual que la mente humana quizá apenas comenzaba a vislumbrar.

Mientras avanzan las excavaciones en Göbekli Tepe, los arqueólogos aún debaten sobre su significado. No obstante, todos reconocen que el sitio es el hallazgo más significativo en una andanada de descubrimientos fortuitos que han trastornado las concepciones sobre el pasado remoto de nuestra especie. Hace apenas 20 años, la mayoría de los investigadores creía conocer el momento, lugar y secuencia general de la revolución neolítica, transición crítica que dio origen a la agricultura y llevó al Homo sapiens a separarse de los dispersos grupos de cazadores-recolectores para fundar poblaciones agrícolas que dieron origen a sociedades tecnológicamente sofisticadas, con grandes templos, torres, monarcas y sacerdotes que dirigían el trabajo de los súbditos y asentaban sus logros por escrito. Sin embargo, los descubrimientos de años recientes, en particular Göbekli Tepe, han obligado a los arqueólogos a reconsiderar sus postulados.

Al principio se pensó que la revolución neolítica había sido un incidente aislado en un lugar llamado Mesopotamia, situado entre los ríos Tigris y Éufrates al sur del moderno Irak, de donde se diseminó a India, Europa y otras regiones del planeta. La mayoría de los especialistas creía que ese florecimiento súbito de la civilización estuvo motivado eminentemente por cambios ambientales: un calentamiento gradual que, al finalizar la Era de Hielo, permitió que algunos individuos comenzaran a cultivar plantas y pastorear animales en grandes cantidades. No obstante, investigaciones recientes sugieren que aquella "revolución" fue, de hecho, obra de numerosas manos que trabajaron en una región vasta a lo largo de miles de años y que tal vez estuvo impulsada no por el ambiente, sino por algo completamente distinto.

Luego de un momento de silencio pasmoso, los turistas de Göbekli Tepe toman fotografías incontables con sus cámaras y teléfonos celulares. Claro está, hace 11 milenos no había equipos digitales pero, bien vistas, las cosas han cambiado menos de lo que cabe suponer. Desde la antigüedad hasta nuestros días, la mayor parte de los grandes centros religiosos del orbe han sido destino final de peregrinaciones innumerables, como lo atestiguan el Vaticano, la Meca, Jerusalén, Bodh Gaya (donde el Buda alcanzó la iluminación). Son monumentos dirigidos a viajeros espirituales que a menudo recorren grandes distancias. Göbekli Tepe puede haber sido el primero de todos, el inicio de un patrón. Y lo que sugiere es que la percepción humana de lo sagrado (así como nuestra afición por los grandes espectáculos) pudo haber sido el origen de la civilización.

Casi tan pronto como llegó al sitio, Klaus Schmidt supo que pasaría mucho tiempo en Göbekli Tepe. Después de trabajar en un sitio arqueológico de Turquía, el ahora investigador del Instituto Arqueológico Alemán (DAI) dedicó el otoño de 1994 a recorrer el sureste del país en busca de un nuevo asentamiento que excavar. La ciudad más grande de la región era, anl-urfa (se pronuncia shanliurfa), población que, comparada con una impetuosa "recién llegada" como Londres, es increíblemente antigua (amén de considerársele la cuna del profeta Abraham). Schmidt decidió visitarla para buscar un lugar que le ayudara a entender el Neolítico, un sitio arqueológico que hiciera que la propia, anl-urfa pareciera relativamente joven. A 14 kilómetros de la entidad se encuentra una cumbrera con una cresta redondeada que los lugareños llaman "colina panzuda": Göbekli Tepe.

En la década de los sesenta del siglo xx, arqueólogos de la Universidad de Chicago investigaron la zona y concluyeron que Göbekli Tepe era de poco interés. Aun cuando detectaron alteraciones en lo alto de la colina, las atribuyeron a la actividad de una avanzada militar de la era bizantina y, por consiguiente, descontaron los numerosos fragmentos de piedra caliza dispersos por el terreno como simples restos de lápidas sepulcrales. Schmidt, quien había leído la breve descripción de los investigadores estadounidenses, resolvió inspeccionar el lugar y halló enormes cantidades de lascas de pedernal. "A pocos minutos de mi llegada", dice, comprendió que estaba en un sitio donde decenas, tal vez centenares de personas habían trabajado hacía milenios y que las losas de caliza no eran tumbas bizantinas, sino algo mucho más antiguo. En colaboración con el DAI y el Museo de anl-urfa, comenzó su excavación el año siguiente.

A pocos centímetros de la superficie, su equipo se topó con una roca de talla complicada, luego otra y otra más: un círculo de columnas verticales. Con el paso de los meses y años, el equipo de Schmidt, grupo cambiante de estudiantes alemanes y turcos, así como unos 50 o más habitantes de la localidad, encontró un segundo círculo de piedras, después un tercero y así, muchos más. De hecho, estudios geomagnéticos practicados en 2003 revelaron la presencia de, por lo menos, 20 círculos en total, distribuidos al azar bajo la tierra. Las columnas eran enormes (las más altas de 5.4 metros de altura y un peso de 16 toneladas) y sus caras estaban plagadas de gran variedad de animales en bajorrelieve, cada cual en un estilo particular: unos tallados toscamente, otros tan refinados y de tanto simbolismo como el arte bizantino. Asimismo, algunas partes de la colina estaban tapizadas con la colección de herramientas de pedernal primitivas más extensa que Schmidt hubiera visto, un tesoro neolítico de cuchillas, tajadores y puntas de proyectil.

Los círculos obedecen a un diseño común. Todos se componen de columnas de caliza talladas como agujas gigantescas o letras T mayúsculas. Semejantes a cuchillas, los pilares tienen una anchura cinco veces mayor que su espesor; mantienen una separación de un brazo o poco más y están interconectados mediante muretes de piedra. En el centro de cada círculo se levantan dos columnas más altas cuyas delgadas bases fueron introducidas en ranuras someras abiertas en el suelo. Pregunté a Eduard Knoll, arquitecto e ingeniero civil alemán que trabaja con Schmidt en la preservación del sitio, si el sistema de montaje de los pilares centrales estaba bien diseñado. "No, respondió, moviendo la cabeza. Aún no habían dominado los principios de la ingeniería". Knoll especula que las columnas debieron estar apuntaladas, tal vez con postes de madera.

En opinión de Schmidt, las estructuras con forma de T representaban humanos estilizados, idea sugerida por los brazos tallados que nacen de los "hombros" de algunos pilares y las manos que se alargan hacia vientres cubiertos con taparrabos. Las rocas están vueltas hacia el centro del círculo como si se tratara de "una reunión o una danza", apunta Schmidt, tal vez en representación de un ritual religioso. En cuanto a los animales que brincan y corretean en las figuras, el arqueólogo señala que son mayormente seres mortíferos: escorpiones que aguijonean, jabalíes embistiendo, leones fieros. Quizá los personajes representados por las columnas gozaran de la protección de esas criaturas o bien sirvieran para aplacarlas, o las incorporasen como tótems.

Los enigmas se apilaban conforme avanzaba la excavación. Por razones desconocidas, parece que los círculos de Göbekli Tepe perdían paulatinamente su poder, o al menos su encanto ya que, cada pocas décadas, sus constructores enterraban las columnas y usaban nuevas piedras para levantar un segundo círculo dentro del primero e incluso, posteriormente, un tercero. Al final, llenaban todo el conjunto con desechos y construían un círculo completamente nuevo en las cercanías. Así, el sitio pudo haber sido construido, rellenado y reconstruido a lo largo de varios siglos.

Lo más intrigante es que los habitantes de Göbekli Tepe se volvían progresivamente más torpes en la construcción del templo. Los círculos más antiguos son también los más grandes y sofisticados desde las perspectivas técnica y artística. Hacia 8200 a.C., el esfuerzo creador finalmente se agotó.

Tan importante como lo hallado por los investigadores es lo que no encontraron: signo alguno de habitación humana. Centenares de personas debieron trabajar en la talla y colocación de las columnas, pero el sitio no tiene una fuente propia de agua y el arroyo más cercano se encuentra a cinco kilómetros de allí. Es indudable que aquellos obreros necesitaron un lugar donde vivir; no obstante, las excavaciones no han desenterrado restos de paredes, hogueras, casas o algún otro edificio al que Schmidt haya podido atribuir una función doméstica. Esas personas tuvieron que comer, pero tampoco hay huellas de prácticas agrícolas. De hecho, Schmidt ni siquiera ha encontrado rastros de espacios para cocinar o fogones. En suma, fue un centro exclusivamente ceremonial y si alguna vez tuvo ocupantes, debió tratarse del personal que atendía el complejo más que de residentes. A juzgar por los millares de huesos de gacelas y uros hallados en el sitio, parece que los trabajadores se alimentaban con embarques continuos de presas capturadas en lugares lejanos. Y aunque la compleja empresa debió depender de organizadores y supervisores, hasta ahora no se han encontrado pruebas de una jerarquía social, como zonas reservadas a grandes personajes, tumbas que contengan bienes de una élite o indicios de que la dieta de algunas personas fuera mejor que la de otras.

"Era un pueblo de recolectores, insiste Schmidt; personas que recogían plantas y cazaban animales salvajes. Hasta hace poco se pensaba que los recolectores formaban pequeños grupos móviles de unas cuantas docenas de miembros, incapaces de crear grandes estructuras permanentes porque debían seguir continuamente el rastro de sus recursos. De allí que tampoco tuvieran una casta particular de sacerdotes y artesanos, debido a la dificultad de llevar consigo los suministros adicionales para alimentarlos. No obstante, los hallazgos de Göbekli Tepe demuestran que eso es justamente lo que hacían".

"Mis colegas y yo comenzamos a plantearnos infinidad de preguntas", prosigue Schmidt. Göbekli Tepe parecía ser el precursor del mundo civilizado por venir y, paradójicamente, el último y más imponente símbolo de un pasado nómada que estaba desapareciendo. "En 10 o 15 años, predice el arqueólogo, Göbekli Tepe será más famoso que Stonehenge, y con justa razón".

Un espectro ronda Göbekli Tepe: el de V. Gordon Childe. Australiano emigrado a Gran Bretaña, Childe era un apasionado y extravagante marxista que vestía bombachos y corbatas de moño, también fue uno de los arqueólogos más influyentes del siglo pasado. Gran sintetista, Childe tomó las dispares teorías de sus colegas entretejiéndolas en esquemas intelectuales de gran envergadura, el más famoso de ellos surgido en la década de los veinte, cuando inventó el concepto de la revolución neolítica.

En términos actuales, las opiniones de Childe podrían resumirse como sigue: el Homo sapiens irrumpió en escena hace unos 200,000 años y experimentó muy pocos cambios durante gran parte de los milenios que siguieron, cuando los seres humanos aún formaban pequeñas pandillas errantes de recolectores. Pero entonces llegó la revolución neolítica, "un cambio radical, declaró Childe, cargado de consecuencias revolucionarias para toda la especie". En un relampagueo de inspiración, parte de la humanidad volvió la espalda a la recolección para adoptar la agricultura y este hecho, sentenció el australiano, trajo consigo transformaciones ulteriores. Con el propósito de cuidar sus campos, la gente dejó de deambular y se estableció en poblaciones permanentes donde desarrolló nuevas herramientas y creó piezas de cerámica.

De todos los elementos de esa revolución, la agricultura fue el más importante. A lo largo de miles de años, hombres y mujeres deambularon por el paisaje equipados con instrumentos de piedra para segar los granos con que se alimentaban. Aun cuando aquellas personas seguramente atendían y protegían sus sembradíos, las plantas que cuidaban seguían siendo silvestres. A diferencia de las variedades domesticadas, el trigo y la cebada salvajes se rompen al madurar y sus granos, que se desprenden fácilmente de la planta, caen al suelo, de manera que es casi imposible cosechar la mies. Desde el punto de vista genético, el verdadero cultivo de granos comenzó cuando el humano logró sembrar grandes zonas con plantas mutadas que no estallaban al madurar, creando trigales y cebadales domesticados que, por así decirlo, aguardaban la cosecha.

"No fue sino hasta la revolución, inmediatamente después de ella, que nuestra especie comenzó a multiplicarse con celeridad", escribió Childe. Esas sociedades repentinamente más populosas propiciaron el intercambio de ideas e impulsaron el ritmo de la innovación tecnológica y social, junto con el florecimiento de la religión y las artes, distintivos de la civilización.

Como la mayoría de los investigadores de hoy, Childe pensaba que la revolución se originó en el Creciente fértil, arco territorial que parte del noreste de Gaza y traza una curva hacia el sur de Turquía para proseguir en dirección sureste, hasta Irak. Se trata de una franja de clima templado entre dos extremos climáticos inhóspitos. Su límite oriental es la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates en el sur de Irak, emplazamiento del antiguo reino de Sumeria, que se remonta al año 4000 a.C. y que la mayoría de los contemporáneos de Childe consideraba la cuna de la civilización. La teoría tuvo que ser replanteada cuando los arqueólogos que trabajaban en el levante (extremo occidental del Creciente fértil, región que actualmente comprende los territorios de Israel, Palestina, Líbano, Jordania y el oeste de Siria) descubrieron asentamientos que databan del año 13000 a.C. Conocidos como poblados natufienses, nombre que deriva de los primeros sitios encontrados, esos enclaves surgieron por todo el Levante hacia el final de la Edad de Hielo, como proclamando una época en la que el clima de la región comenzaba a volverse relativamente cálido y húmedo.

El hallazgo de los poblados natufienses fue la primera piedra que rompió la ventana de la revolución neolítica de Childe. El australiano había afirmado que la agricultura fue la chispa indispensable para dar origen a los asentamientos y encender la mecha de la civilización. Sin embargo, aun cuando los natufienses vivían en enclaves permanentes de cientos de habitantes, en vez de practicar la agricultura seguían organizados en grupos que cazaban gacelas y recogían centeno, cebada y trigo salvaje. "Señal inequívoca de que teníamos que revisar nuestras teorías", comenta Ofer Bar-Yosef, arqueólogo de la Universidad de Harvard.

Los poblados natufienses experimentaron serias dificultades hacia el año 10800 a.C., cuando la temperatura regional cayó repentinamente unos 7ºC a consecuencia de una miniera de hielo que se prolongaría 1,200 años y desencadenaría condiciones mucho más áridas en todo el Creciente fértil. Al menguar los hábitats animales y los campos de grano, numerosas aldeas se volvieron excesivamente populosas para subsistir con la provisión local de alimento y, una vez más, muchas personas salieron a deambular en busca de las fuentes de comida que aún quedaban.

Algunas poblaciones trataron de adaptarse a las nuevas condiciones de aridez y así los habitantes de Abu Hureyra, aldea situada en el norte de la moderna Siria, aparentemente trataron de cultivar sotos de centeno, tal vez replantándolos. Después de estudiar los granos obtenidos en el sitio, en 2000 Gordon Hillman, del Colegio Universitario de Londres, y Andrew Moore, del Instituto de Tecnología de Rochester, observaron que algunos ejemplares eran más grandes que sus equivalentes silvestres, lo que interpretaron como posible indicio de domesticación, ya que el cultivo, inevitablemente, mejora las propiedades que los productores consideran valiosas, como el tamaño del fruto y las semillas. Sobre esa base, Bar-Yosef y algunos otros investigadores llegaron a pensar que sitios vecinos, como Mureybet y Tell Qaramel, también practicaban la agricultura.

Si estos arqueólogos estaban en lo cierto, los protoasentamientos podrían proporcionar una nueva explicación sobre el origen de las sociedades complejas. Aunque Childe había postulado que la agricultura fue primero ?la innovación que permitió que la humanidad aprovechara un nuevo y rico ambiente para ampliar su dominio del mundo natural, los sitios natufienses del Levante apuntaban a lo contrario; es decir, los asentamientos fueron primero y la agricultura surgió después como consecuencia de una crisis. Enfrentados con un ambiente cada vez más frío y árido, y una creciente población, los humanos de las zonas fecundas aún existentes pensaron, en palabras de Bar-Yosef: "Si nos vamos de aquí, otros explotarán nuestros recursos. La mejor manera de sobrevivir es establecernos y explotar nuestra región". Y así dio comienzo la agricultura.

El planteamiento de que la revolución neolítica fue motivada por el cambio climático halló eco en la década de los noventa, cuando la población mundial se mostraba cada vez más preocupada por los efectos del moderno calentamiento global. Sin embargo, sus críticos insistían en que no había pruebas suficientes, argumento difícil de refutar porque Abu Hureyra, Mureybet y muchos otros sitios del norte de Siria quedaron inundados por embalses antes de poder excavarlos en su
totalidad. "Están formulando una teoría sobre los orígenes de la cultura humana basados, esencialmente, en media docena de semillas inusualmente grandes", acusó George Willcox, especialista en granos antiguos del Centro Nacional para la Investigación Científica, en Francia. "¿No es factible que esos granos se hincharan durante el tostado o que algún habitante de Abu Hureyra hubiera encontrado centeno salvaje de características singulares?".

Mientras la disputa sobre los natufienses subía de tono, Schmidt trabajaba minuciosamente en Göbekli Tepe y, de nueva cuenta, sus descubrimientos obligarían a muchos investigadores a reconsiderar sus opiniones.

Los antropólogos han supuesto que la religión organizada nació como un medio para aliviar las tensiones que, necesariamente, surgían cuando los cazadores-recolectores se establecían para practicar la agricultura y desarrollar grandes sociedades. Los objetivos de una sociedad sedentaria, almacenar granos y mantener viviendas permanentes eran a más largo plazo y más complejos que los de un grupo nómada; para alcanzarlos, los miembros de una aldea tenían que comprometerse con la empresa colectiva. Desde esta perspectiva, aunque las prácticas religiosas primitivas (dar sepultura, crear figurillas y arte rupestre) habían aparecido decenas de miles de años atrás, la religión organizada solo pudo florecer cuando se hizo necesaria una visión común de un orden celestial para integrar esos grandes, novedosos y frágiles grupos humanos. Así, las congregaciones de fieles, unificadas en una visión común del mundo y el lugar que ocupaban en él, se volvieron más cohesivas que las anteriores y conflictivas aglutinaciones de individuos.

En opinión de Schmidt, Göbekli Tepe revela todo lo contrario: la construcción de un enorme templo a cargo de un grupo de recolectores es prueba de que la religión organizada pudo cristalizar antes que la aparición de la agricultura y otros aspectos de la civilización. El sitio sugiere que el instinto humano de reunirse para celebrar rituales sagrados surgió cuando el hombre dejó de percibirse como parte del mundo natural y en cambio trató de dominarlo. Una vez que los recolectores comenzaron a establecerse en aldeas fue inevitable que trazaran una frontera entre el ámbito humano (un grupo de viviendas fijas con cientos de habitantes) y el peligroso territorio que se extendía más allá de las hogueras, poblado de bestias mortíferas.

Schmidt especula que los recolectores que vivían en un radio de unos 160 kilómetros alrededor de Göbekli Tepe erigieron el templo como un lugar sagrado de reunión y encuentro, adonde tal vez llevaban obsequios y tributos para sus sacerdotes y artesanos. Aquella proeza debió requerir algún tipo de organización, no solo para dirigir la construcción sino para atender a las multitudes que atraía. Imagina los cánticos y tambores, los animales que parecían moverse en las grandes columnas con la luz de las antorchas. Sin duda también celebraron banquetes; de hecho, Schmidt ha desenterrado cuencos de piedra que debieron usar para la cerveza. El templo era una sede espiritual.

Schmidt cree que, con el tiempo, la dificultad de obtener alimento suficiente para los trabajadores y los asistentes a las ceremonias de Göbekli Tepe pudo derivar en el cultivo intensivo de cereales silvestres y la creación de algunas de las primeras cepas domesticadas. De hecho, diversos científicos afirman que hubo un centro agrícola en el sur de Turquía, a muy poca distancia de Göbekli Tepe y justo en la época en que el templo alcanzaba su cenit, ya que en las laderas de Karaca Da, montaña situada a solo 96 kilómetros al noreste de Göbekli Tepe, crecen los antepasados silvestres más inmediatos de la variedad moderna de trigo einkorn (Triticum monococcum). En otras palabras, la adopción de la agricultura, tan celebrada por V. Gordon Childe, bien pudo ser consecuencia de una necesidad profundamente arraigada en la mente humana, un hambre que aún mueve a millones de personas a recorrer el planeta en busca de vistas sobrecogedoras.

Unas de las primeras pruebas de la domesticación vegetal proceden de Neval Çori (se pronuncia nuvalu chori), asentamiento montañoso a escasos 30 kilómetros de distancia. Igual que Göbekli Tepe, Neval Çori apareció justo después de la miniera de hielo, periodo que los arqueólogos describen con el poco atractivo nombre de Neolítico Precerámico (NPC). En la actualidad, Neval Çori se encuentra inundado por un lago artificial de formación reciente que proporciona electricidad y agua de riego a toda la región. Sin embargo, antes de que las aguas dieran por terminadas las investigaciones, grupos de arqueólogos encontraron columnas con forma de T e imágenes animales semejantes a las que Schmidt hallaría después en Göbekli Tepe, pilares y relieves que también se han encontrado en asentamientos del NPC situados a distancias de hasta 160 kilómetros de Göbekli Tepe. Schmidt señala que, así como hoy podemos identificar un hogar católico mediante la presencia de imágenes de la Virgen María, la iconografía de los sitios del NPC indica la existencia de una religión común, de una comunidad de fe en torno de Göbekli Tepe que bien pudo ser la primera gran agrupación religiosa del mundo.

Schmidt reconoce que la investigación ulterior de Göbekli Tepe podría cambiar su parecer actual sobre la importancia del sitio, pues ni siquiera se ha podido precisar su antigüedad, el arqueólogo alemán no sabe si ha alcanzado ya la capa más inferior. "Desenterramos dos nuevos misterios por cada uno que resolvemos", confiesa. Sin embargo, ya ha llegado a algunas conclusiones. "Hace 20 años todos creían que la civilización había sido impulsada por fuerzas ecológicas, dice Schmidt. Creo que lo que estamos descubriendo es que la civilización fue producto de la mente humana".

Fuente: /natgeo.televisa.com

Original texto y fotos: National Geographic

 

La cuna de la religión

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