RETAZOS HISTÓRICOS COLONIALES MORALES E INMORALES (I)

 

 

El que no aplique nuevos remedios debe esperar nuevos males, porque el tiempo es el máximo innovador.

Sir Francis Bacon (1561-1626) Filósofo y estadista británico.

 

Eduardo Pedro García Rodríguez

El carácter y procedencia de la soldadesca canalla que asoló al Archipiélago Canario, es un tema, por demás conocido, que habla por si solo del escaso o nulo aporte civilizador que trajeron estos primeros españoles y el clero fanático que los acompañaba en todos sus tropelías.

Una posición contestataria al respecto considera que España cumplió un rol civilizador de primer orden en esta colonia, por lo que la propaganda interesada de esta posición magnifica los supuestos aportes como la escritura, ciertas plantas y animales y supuestamente modelos culturales y políticos ¿civilizados?  No se dice, que los guanches habíamos desarrollado un sofisticado sistema de escritura plasmado en las tarhas y soportes líticos, además de una rica Historia oral recogida en   la Tamusni

El etnocidio cultural practicado por España en Canarias ha supuesto la represión, deslegitimación o exterminio de gran parte de los rasgos culturales del pueblo autóctono aunque sus miembros sobrevivamos como individuos, genocidio cultural de “buena conciencia”, ejercido “por el bien del salvaje”, provoca la muerte de la diversidad cultural e implica la lenta desaparición de la especificidad de los hombres y de los pueblos.

Los invasores españoles, en su afán de rapiña y la sed insaciable de riqueza desmedida, terminaron acabando con la mayor cantidad posible de recursos naturales no renovables, y con sus cultivos extensivos provocaron la pérdida de la rica biodiversidad originaria, además del etnocidio cultural y masacres asociado.

La vieja colonización hispana violenta ha dejado paso a un neocolonialismo aparentemente pacífico y mercantil, que pretende imponer por todas partes su visión del mundo. Para ello lo primordial no es tanto dominar físicamente como psíquica y culturalmente a la población canaria.

Ruiz de Avendaño

 En noviembre de 1377 se produce sobre la zona del Atlántico una terrible tempestad que dejó memoria en los anales navales europeos. Ruiz de Avendaño en su misión de vigilancia navegaba toda la costa de Vizcaya y Galicia e Inglaterra.

 

Como consecuencia de este temporal, la nao de Martín Ruiz de Avendaño fue desplazada hacia el Archipiélago Canario arribando de manera forzosa a la Isla Titoreygatra (Lanzarote) donde tanto el vizcaino como su tripulación fueron bondadosamente acogidos por los maxoreros y le dieron refrescos de lo que en la tierra había de carne, leche y queso, para refresco de su armada; tal como nos indica Abreu Galindo:Reinando en Castilla el rey don Juan el primero, hijo del rey don Enrique II, trayendo guerra con el rey de Portugal y el duque de Alencastre de Inglaterra sobre el señorío de Castilla, que decía el duque de Alencastre pertenecerle por estar casado con doña Constanza, hija mayor del rey don Pedro, hizo el rey don Juan una armada por la mar, de ciertos navíos, y puso por capitán de ellos a un caballero vizcaíno que se decía Martín Ruiz de Avendaño…” (Abreu Galindo, 1977:61)

 

Especial atención recibió Avendaño por parte del rey Zonzamas, quien distinguió al atribulado capitán europeo ofreciéndole la hospitalidad de lecho, acción que años más tarde daría lugar al célebre episodio de la Princesa Ico.

 

Jean de Bethencourt y Gadifer de La Salle

 

Juan IV de Benthencourt (Betancor, Vitancorto), franco-normando, barón de St. Martin de Gaillard (en el condado de Eu) y pirata de profesión, recibió por traspaso de supuesto derecho de conquista de las Canarias  que Robert de Braquemont (Rubín de Bracamonte) había recibido de Enrique III de Castilla, como premio por su ayuda en la guerra contra Portugal. Así, al proponerse efectuar la invasión y conquista, se hace vasallo de Castilla reconociendo como señor al  rey Enrique III (Las Casas, Histo, I, 18; BAE, XCV, 72b).

 

Para ello se asocia con Gadifer de Lasalle (el don Gaiferos de que hablan los romances castellanos). Este Gadifer de Lasalle (1340–1415), de origen normando había sido almirante del rey de Francia, empleo del que fue desposeído debido a su más que dudosa moral, aún para la época. Con una galera de su propiedad se dedicaba al corzo, piratería y trata de esclavos. (Las Casas)

 

El pirata normando Jean de Bethencourt y su socio Gadifer de Lasalle parten de La Rochela para Cádiz el 1 de mayo de 1402 con trescientos franceses, la mayoría de los cuales desertan en Cádiz quedándole solamente ochenta, a los cuales se unen otros aventureros castellanos.  Tras hacer frente a un motín de la tropa y marinos, quienes reclamaban los salarios atrasados de meses, Bethencourt consigue contentarlos pagándoles parte de los mismos gracias a un préstamo concedido por un primo suyo.

 

Tras robar un ancla y un esquife a un capitán inglés que subastaba una presa en Cádiz, Bethencourt y Lasalle prosiguen viaje a Titoreygatra (Lanzarote) a donde llegan a fines de junio. Con ellos van de capellanes los miembros de la secta católica Juan Leverrier, presbítero, y Fray Pedro Boutier (no Bonthier), O.S.B. (no O.F.M.). (Hist., I, 17; BAE, XCV, 65a-b). Se apoderan de Titoreygatra y edifican un fuerte en Rubicón. El pirata Bethencourt, por falta de recursos vuelve a Castilla y a Francia -con un cargamento de esclavos guanches que son vendidos en Castilla-, a gestionar ayudas, dejando a Gadifer como gobernador de los mercenarios en la isla. 

 

En 1403 Jean de Bethencourt gestiona ante Enrique III su supuesto señorío de Canarias y pide ayuda; y recurre al Papa Benedicto XIII, en Avignon, para pedirle también ayuda material y espiritual: indulgencias y privilegios de cruzada y la creación de un obispado en el fuerte de Rubicón. (Las Casas).

 

Durante la ausencia de Bethencourt, la situación de los invasores no era nada halagüeña, dada la falta de víveres y la tenaz resistencia de los maxos, y saberse aislados sin que llegara socorro de Europa. Gadifer manifestó sus cristianos sentimientos en estos términos: “Hemos cogido y muerto gran cantidad de ellos y hemos cogido mujeres y niños..., y la intención es, si no hallamos otro remedio, que matemos a los hombres del país...; y conservaremos a las mujeres y niños y los haremos bautizar y viviremos como ellos, hasta que Dios disponga de otra manera.” (Le Canarien).

 

Egonaiga

 

Fue un Guanarteme de Gáldar en Tamarant (Gran Canaria), fallece en 1480, Hijo de Artemi y hermano de Benthagoyhe, el guanarteme de Telde. Según recogieron los cronistas de la Tamusni (tradición oral,) la isla estaba formada por un sólo guanartemato hasta que los dos hermanos, Egonaiga y Benthagoyhe, acuerdan dividirla en dos. Egonaiga dejó una hija, Arminda, de 8 años, también conocida por los invasores españoles como Almendrabella, fue bautizada por el rito católico como Catalina.  

 

Dada la minoría de edad de la única Señora de la Isla, la autoridad fue detentada en la práctica por la regencia del pusilamine y converso Thenesor Semidan (Fernando Guanarteme), hijo de Soront Semidán y nieto de Thagoter Semidán, que a su vez era padre también de Egonayga (Guayasen Semidán); es decir, Arminda y Tenesor Semidán eran primos hermanos.

 

Arminda contaba con unos doce años cuando fue entregada a los castellanos como rehén, tras la rendición de los últimos canariis que resistían en la fortaleza de Ansite, el 29 de abril de 1483. Fue obligada a contraer matrimonio con el mercenario invasor Hernando de Guzmán.

 

Egonaiga fue un claro exponente de las ancestrales cualidades éticas y morales que rigen la vida de los guanches, en contraposición con las prácticas inmorales e inhumanas de que eran portadores los invasores cristianos, como ejemplo de los cuales expondremos algunos ejemplos en las páginas siguientes.  Veamos una sucinta relación del episodio que dio nombre al paraje conocido como Cuesta de Silva:

En 1457 varias naves, al mando del aventurero portugués Diego de Silva, echaron anclas frente a las costas del reino del guanartemato de Gáldar. El pirata, con doscientos hombres armados, tomó tierra y comenzó la marcha con la intención de apoderarse y saquear esta parte de la Isla Tamarant.


Iniciaron la marcha por el escabroso terreno, al caer la noche acamparon para descansar y retomar fuerzas. Al amanecer del día siguiente emprendieron de nuevo la marcha y caminaron cuesta arriba hasta llegar a un auchón donde destacaba una construcción circular de piedras, era el lugar destinado a los condenados.


Los mercenarios desconcertados al no encontrar resistencia se dedicaron a saquear el poblado. De pronto los sonidos de ajijides tronaron en el aire y una lluvia de piedras y banots cayó sobre ellos.


Durante un buen rato la lucha fue terrible. Las sorprendidas tropas invasoras se veían indefensas para defenderse de aquel ataque.


Diego de Silva, dándose cuenta de esto, ordenó retirarse hacia la construcción de piedras donde podían ofrecer alguna resistencia. En ese momento cesó el ataque de los isleños, su plan había dado resultado y los invasores quedaron atrapados entre los muros de aquella cárcel.


Pasaron los días y la situación entre los muros se hacía desesperada. Diego de Silva y sus hombres estaban agotados por el sol, el hambre y la sed.

 

Ante esta desesperada situación, el pirata trató de pactar un armisticio, no sin abandonar su aptitud altanera y de desprecio hacia los isleños.


Los canariiis montaron en cólera cuando oyeron la petición del capitán de los piratas, prometiendo que abandonarían la isla si los dejaban salir libres. Pero Egonaiga, llevado de su natural bondad y mesura, supo aplacar las justas iras de los suyos.

 

Bajó el guanarteme con su pueblo y se presentó frente a los muros de la cárcel y dialogó con el capitán de los invasores dejándolos libres. A las pocas horas los piratas iniciaron la retirada flanqueados por los tabores canarii y poco después llegaron a un acantilado que se alzaba sobre el mar.

 

Ante lo pavoroso de aquellos precipicios los invasores temieron que iban a ser arrojados al vacío desde aquellas alturas, Egonaiga observando la turbación y el miedo reflejado en el rostro de los vencidos, tomando de un brazo al capitán pirata le ayudó a bajar aquellas peñas imponentes. Haciendo lo mismo cada canarii con los mercenarios.


Estos ejemplos de bondad y amor al género humano, innatos en el guanche, siempre fueron despreciados por los invasores cristianos, y de ello la Historia colonial ha conservado múltiples episodios.

Pedro Hernández Cabron. 

En el año de 1478 llegan noticias de su existencia a la Corte castellano-aragonesa, por haber intervenido como pirata y corsario, había combatido en las costas del reino de Aragón depredando naves de este reino, pero el rey Fernando II le hizo llamar y por sus conocimientos le nombró capitán de Mar y Tierra.

A partir de ese momento se dedico a lo mismo, el corso, pero contra las regencias norteafricanas, y realizó un ataque sobre Nápoles para liberarla de estos. Con su maniobra, el rey Fernando había perdido un enemigo y ahora tenía a un amigo que combatía a sus enemigos.

Al mando de cuatro barcos, se hizo a la mar con el intento de conquistar la isla de Gran Canaria, estando al mando de la flota el obispo de la secta católica Fray Juan de Frías (el obispo creía firmemente en sus condiciones eclesiásticas, por eso no le dio prioridad a las sagradas escrituras, saltándose nada más que lo del no matarás y os amareis los unos a los otros (puntos flacos y sin importancia). Corriendo el año de 1479, desembarcaron en la población de Arquimeguín, sin tener ninguna resistencia por parte de los canarii, pues éstos al ver acercarse los buques se desplazaron a los montes cercanos, táctica defensiva habitual en ellos, pero cuando los hombres de la expedición regresaban a sus buques con el fruto de las rapiñas, los guanches se apercibieron de que iban embarazados con las presas, por lo que se decidieron pasar al ataque, bajaron en tropel de los montes y los persiguieron tenazmente. En este combate fueron heridos la mayoría de los expedicionarios, siendo Pedro uno de ellos, ya que recibió una pedrada en la boca que le hizo perder varios dientes, sucediendo esto el día veinticuatro de agosto del año de 1479.

El Fraile Abreu Galindo nos dejó su relación sobre este hecho. ”Según avanzaban por el barranco con aparente tranquilidad, suponiendo a los isleños muertos de miedo por el avance atrevido del invasor, descubren algunos indígenas que los espían. Los viejos soldados que ya han estado en otras luchas empiezan a alarmarse y manifiestan su disgusto por el avance. Cabrón resuelve retroceder pero muy a desgana diciendo con arrogancia que no tenía miedo a gentes desnudas. Entretanto, los canarios, reunidos ya en gran número sobre las escarpadas crestas que coronan el valle, seguían con viva ansiedad la retirada de sus enemigos, esperando el momento oportuno de empezar el ataque cortándoles el paso; y así fue que, cuando los vieron empeñados en una agria subida de estrecho sendero y de abruptos precipicios, lanzando al aire sus acostumbrados gritos y estridentes silbos cayeron sobre los españoles con irresistible furia, desbaratándolos desde la primera embestida, dividiéndolos en trozos aislados y arrojándolos a todos rotos y despavoridos hacia la playa, donde la refriega continuó a pesar del rápido auxilio que les prestaron los que tripulaban las lanchas. Al fin, después de grandes esfuerzos, pudo embarcarse el obispo y el jefe de expedición, a quien las gentes desnudas habían hecho saltar los dientes de una certera pedrada. Y con el resto de los soldados llegaron a bordo dejando sobre aquel campo de batalla veintiséis españoles muertos, llevándose consigo más de cien gravemente heridos y quedándose en poder de los vencedores más de ochenta prisioneros” (Abreu Galindo,1977:125).

Pero al corsario no se le iba de cabeza retornar a las Islas Canarias. Sobre finales del año de 1480 montó una sociedad, junto a sus amigos Alfonso de Quintanilla y el judío converso masacrador de pueblos, Pedro de Vera, alcaide que era de la población de Jimena de la Frontera y al mismo tiempo de la misma ciudad de Cádiz. Él puso 600.000 maravedíes y 150.000 cada uno de sus socios. Una vez ya creada, se dirigieron a los Reyes Isabel y Fernando, firmaron capitulaciones por las que los Monarcas renunciaban a percibir el quinto y el almirante también el suyo, así podrían resarcirse de su inversión, pero con el límite de diez años.

La propuesta de quema de los 80.

Harto los canarii de la pertinaz insistencia de los invasores de no cejar en sus prepósitos, a pesar de las continuas derrotas sufridas por los mercenarios, cuyo jefe en aquellos momentos era traficantes de esclavos y masacrador de pueblos, Pedro de Vera, quien guiado por sus sentimientos cristianos concibió para la reducción de los infieles guanches una política de tierra quemada. Así ordenó que fueran quemados todos los higuerales, palmerales y plantíos de trigo y cebada que hallaban a su paso, además de someter a atroces tormentos a los desgraciados canarii que caían en sus manos, uno de cuyos divertimentos favorito del general consistía en hacer calentar al rojo vivo un morrión y colocarlo en las cabezas de los desgraciados prisioneros.

Los canarii, en justa represalia por desmanes de Pedro de Vera, deciden ejecutar a los prisioneros cristianos usando sus mismos métodos, suerte de la que fueron librados por la intervención de una sacerdotisa de la Iglesia Guanche , tal como recoge Abreu Galindo:

“Mientras las cosas de la conquista de esta isla de Gran Canaria andaban de esta manera, en discordia y des­gracia entre sí los cristianos, el Doramas, guanarteme de Telde, y su gente, donde andaban recogidos y alzados en la sierra, tenían ochenta cristianos de los que habían preso y cautivado por la isla y en la re­friega de Tirahana del capitán Pedro Hernández Cabrón. Y, juntándo­se a consejo los doce gayres y el faycag con el Doramas, acordaron por común consentimiento de todos quemarlos, y que cada uno entre­gase su prisionero para este efecto, porque la gente se ocupaba, y les era impedimento el guardarlos; y también que les gastaban y consu­mían los mantenimientos que tenían para su sustento, y dellos no es­peraban provecho, sino impedimento para la guerra.

Y, estando los cristianos amarrados y hecha una gran hoguera, queriendo poner en efecto su determinación, salió a gran priesa, dando voces, una canaria religiosa, tenida entre todos los canarios en gran reputación y veneración de santidad, la cual era como madre de las maguadas; y ésta era madre de un hidalgo gayre, que tenía allí un cristiano para quemarlo. Dijo a su hijo que en ninguna manera hiciese daño en los cristianos, que les vendría mucho mal por ello; que así se lo avisaba de parte de Acoran, (que era Dios). Los canarios eran muy amigos y recatados de guardar la religión y obedecer a los ministros de ella; y así, oída la religiosa, su hijo desató su cautivo.

Los demás, visto lo que había hecho el gayre, también desataron los demás que estaban atados y les dieron libertad que se fuesen, diciéndoles que mirasen lo que con ellos habían hecho. Llamábase el hijo de esta cana­ria religiosa Aymediacoan, cristiano de secreto entre ellos, muy parien­te de los guanartemes de Telde y Gáldar. Este Aymediacoan tuvo una hija que casó, después de conquistada la isla de Canaria, con Masión de Betancur, que se llamó Luisa de Betancur, de quien descienden los Betancores de Gáldar. Tuvo también este Aymediacoan un hijo que llamaban Autindana, de quien descienden los Cabrejas de Canaria.”

Doramas

 

La historia de Doramas comienza en el guanartemato de Telde de donde era originario, uno de los dos en que estaba dividida políticamente la Isla Tamarant (Gran Canaria) en el momento de la invasión española,

“No era muy alto de cuerpo, mas era grueso, ancho de espaldas, gran cabeza, el rostro redondo, las narices pequeñas y muy anchas las ventanas, la edad mediana, bien repartido de miembros. Doramas significaba en el idioma canario ancha nariz”. Así describe Tomás Marín de Cubas [(1694, II, 7) 1993: 144] a uno de los grandes héroes canarios.

Pertenecía a la clase social de los axicatnas (trasquilados), como los guanches conocían a los plebeyos. Estos debían llevar el pelo corto, no como los nobles, que lo llevaban largo rubio o teñido de ese color y, la barba en punta y sin bigotes, gozaban de los privilegios propios de la nobleza.

En la batalla se le describe con una rodela de drago a modo de escudo, blanca, negra y colorada, en cuarteado, y portando una enorme espada de madera endurecida al fuego.

Ante la llegada de los castellanos para conquistar la Isla, Doramas organiza una cuadrilla de guerreros y comienza una guerra de guerrillas contra el invasor, logrando singulares victorias, que le empiezan a dar fama entre los suyos.

De este extraordinario caudillo, el historiador Agustín Millares Torres nos brinda una sucinta biografía de la cual extraemos algunos párrafos: “Juan Rejón sale del puerto de Santa María el 23 de mayo de 1478, y viene en junio a acampar a orillas del Guiniguada, donde asienta sus reales y se fortifica.


Por la confianza de las nuevas tropas, el aparato bélico con que efectuaron su instalación y las piezas de artillería que defendían el campamento, comprendió desde luego Doramas que el momento supremo de vencer o morir había llegado.


Avistóse, pues, con Tenesor, y juntos deliberaron reunir sus fuerzas, poniéndolas al mando del mismo Doramas, y que inmediatamente se ofreciera la batalla al general español, antes de darle tiempo de fortificarse y de asolar el país.


El 28 de junio, Rejón envió un mensajero a los canariis con estas soberbias palabras:


“Decidles que soy enviado por los muy altos y poderosos príncipes de Aragón y de Castilla, don Fernando y doña Isabel, para tomar la isla de Canaria bajo su protección y exhortar a sus habitantes a que abracen la religión cristiana, y que si así no lo hicieren, serán perseguidos sin tregua ni descanso, hasta hacerles perder la vida o llevarles a todos prisioneros.”

 

Doramas contestó con esta sola frase: —Decidle a vuestro general que mañana le llevaremos la respuesta.


En efecto, el 29 de junio bajaban por los cerros que dominaban el valle —donde hoy se asienta la ciudad de Las Palmas— numerosas cuadrillas de isleños, y en la llanura que precedía al Real se formaron en orden de batalla…”  Algunos historiadores ponen en boca del gran caudillo Doramas la siguiente arenga dirigida a sus katuten: “Ese puñado de extranjeros que veis ahí encerrados es de aquella misma casta de hombres crueles que inquietan y cuya edificaciones demolimos en Gando. Son aquellos que siempre nos han hablado de un Guanarteme poderoso que los envía a robar nuestra patria, y de una religión santa que los hace mejores que nosotros. Ya es tiempo de que acaben de salir bien escarmentados de su locura y de poner para siempre nuestra libertad, nuestras mujeres y nuestros hijos al abrigo de su insolencia. Acordémonos de que somos canarios y de que Alcorac nos dio este país. Acordémonos del gran Artemi, que murió peleando en las playas de Arguineguín”.


Dicho esto, atacó con denodada furia a los españoles que, resguardados con las murallas de su campamento, cubierto el frente con varias piezas de artillería y los flancos con algunas fuerzas de a caballo sostuvieron el choque sin avanzar, pues así eran las órdenes que habían recibido de sus jefes.


Dos horas duró indecisa la victoria, hasta que, viendo malheridos los principales canarios, y conociendo que no les era fácil vencer la resistencia de sus adversarios, Doramas ordenó la retirada, sin que los españoles se atrevieran a perseguirle, tanto temían la astucia de aquel célebre caudillo y su reconocida habilidad para preparar emboscadas.

Un año permaneció Rejón en el Real de Las Palmas, sin que hubiese otro hecho notable sino la completa derrota que sufrieron sus armas, acaudilladas por el Deán de Rubicón don Juan Bermúdez, sobre la cuesta de Tenoya, derrota que previno y dirigió el mismo Doramas y que llenó de luto y consternación a los conquistadores.


Pero mientras los canarios, dueños de toda la isla menos del terreno donde alcanzaban los arcabuces españoles, se disponían con entusiasmo a continuar defendiéndose, sucedía Pedro de Vera a Juan Rejón en el mando del ejército castellano.


El 20 de agosto de 1481, Pedro de Vera, sucede en el mando de las tropas invasoras a Juan Rejón. Este sanguinario general, deseoso de concluir una conquista que duraba ya tres años, con grandes desembolsos del erario y pér­dida crecida de gente —pues de nuevo habían sido derrotados sus soldados en Tunte y Moya— salió una mañana con todo su ejército, y fue a acampar en el valle que se extiende al pie de la montaña de Arucas. Sabíase que cerca de allí moraba el intrépido Doramas, y Pedro de Vera quería provocarle a una batalla campal en la que estaba seguro de vencer a su contrario, con la ventaja que le prestaba lo llano del terreno, favorable a la caballería y al fuego de sus arcabuces.

 

Ocupados los isleños en defenderse, pudo Pedro de Vera dirigir un nuevo ataque sobre el temible caudillo que, solo y aislado, seguía desafiando a sus contrarios, separado imprudentemente de los suyos. Al efecto, y en tanto que él le amenazaba de frente con su lanza, el cordobés Diego de Hoces lanzó su caballo por detrás y le hirió a mansalva por la espalda. Doramas se volvió rápidamente y de un revés le quebró la pierna izquierda; pero al hacer este movimiento quedó por un instante indefenso, y aprovechando Vera esta sorpresa, le atravesó el pecho con su lanza. Doramas en la agonía de la muerte dirigiéndose a Pedro de Vera le dijo: “No eres tu quien me ha muerto, sino ese perro traidor que me ataco por las espaldas”. Su cabeza decapitada se exhibió por el campamento castellano de Winiwuada (Las Palmas), como escarmiento a la población guanche. La batalla de Arehukas tuvo lugar el 30 de noviembre de 1481.


Doramas vivió para su patria y murió por ella. ¡Dichosos los que han llegado a merecer tan sencillo elogio! (Agustín Millares Torres, 1978:7-22)

 

Batalla de Ajodar

 

Batalla en la que se puso de manifiesto el mítico valor  del pueblo canario, en este encuentro los canarii doblegaron una vez más la altiva cerviz de los inhumanos invasores españoles a pesar de la superioridad técnica y armamentística de los mercenarios castellanos.

 

Según relata el cura e historiador criollo José de Viera y Clavijo, los canariis se habían hecho fuerte en la fortaleza de Ajodar, una de las más inexpugnables del país, con la intención de defender la matria hasta el último hombre.


Nos relata Viera y Clavijo, que: “el plan del masacrador de pueblos, Pedro de Vera, era atacar por dos partes. Una la que dirigía Pedro de Vera y la otra Por el capitán de ballesteros Miguel de Mujica. La cuestión es que el tal Mujica en sus ansias de ganar gloria decidió él sólo enfrentarse a los canariis que estaban resguardados en la fortaleza de Ajodar. Puestos en orden de batalla empezó a trepar por el cerro con su cuerpo de ballesteros, alcanzado al primer repecho sin encontrar resistencia.”


Continua relatando el autor, “esta inacción de los canarios era “malicia” solapada. De esta forma, “apenas que observaron que los españoles proseguían ufanos empeñándose en la subida, salieron de sus parapetos en tropel y, dando gritos desaforados, echaron sobre ellos troncos y peñascos tan disformes, que los derrotaron e hicieron pedazos, sin poder subir ni retirarse. La carnicería fue tal que corría la sangre en arroyos por aquellas laderas. Miguel de Mujica y casi todos sus vizcaínos quedaron allí muertos, pudiendo creerse que ningún español hubiera salvado la vida Si Pedro de Vera, cuando tuvo noticia del desastre, no hubiese corrido a cubrirles la retirada con don Fernando de Guanarteme, a quien los canarios conservaban algún respeto”. (Viera y Clavijo, 1978)


[...] En aquellos momentos, el general (Pedro de Vera) que mudo de terror contemplaba tal desastre precursor de la pérdida de la isla, volvió sus ojos hacia Thenesor, que no había empezado aún su premeditado ataque, y le suplicó en nombre de la fidelidad que había jurado a Sus Altezas salvase los restos de los infelices vizcaínos.

 

El Guanarteme, entonces, comprendiendo tal vez que a pesar de aquella casual victoria vendrían nuevas tropas a consumar la pérdida del país, o bien cediendo a su carácter generoso y conciliador, se avanzó con grave riesgo de su vida hacía el lugar de la matanza y, dando grandes voces y haciendo enérgicos ademanes, logró que sus antiguos súbditos le conociesen y suspendieran la batalla. (Millares Torres  t.2,p. 180).

Marín de Cubas, en su obra “Historia de las Siete Islas de Canarias”, nos relata como el pusilánime ex Guanarteme Thenesor Semidan (Fernando Guanarteme) convenció a los canariis para que pararan la batalla, dando voces: ”Amigos, parientes, no me mateis, dejad las piedras”, y dejando de arrojarlas, bajaron diciendo: “Salta fuera Guayedra, que viene el día que hemos de quedar dueños de nuestra tierra, que estos perros traidores, que mataron a si dios, nos la quieren quitar, y tú por un vestido que te dio el de España te has dejado engañar, y ahora podemos darte otra vez la tierra, salta fuera del peligro, no te mate algunas de estas piedras."

Concluida la batalla, el judío converso y capitán de los invasores, Pedro de Vera y Mendoza, agradeció a Fernando Guanarteme el que salvara los restos de la tropa de Mujica y la suya propia, ordenando al converso Thenesor Semidan y a sus hombres que se encargaran de dar sepultura a los mercenarios caídos en la batalla. Orden que el ex Guanartme cumplió sumisamente, pasando por una de las mas bajas humillaciones que se podía infligir a un noble guanche, dado el Tabú de la sangre, cualquier noble guanche que no fuese el pusilánime Fernando Guanarteme hubiese preferido la muerte antes de acatar tan denigrante orden.

Los historiadores no se ha puesto de acuerdo sobre el lugar donde tuvo lugar la batalla de Ajodar, algunos sostienen tan memorable hecho de armas aconteció en San Nicolás de Tolentino, entre los Barrancos de Tasarte y Tasartico.

 

El investigador Alejandro C. Moreno y Marrero aporta nueva luz al tema con la publicación de un  documento que inexplicablemente había pasado desapercibido o quizás soslayado por los historiógrafos modernos. Creemos que dicho documento es determinativo para ubicar el lugar donde realmente se produjo la Victoria Guanche de Ajodar: “…Así, el periódico “ La Gaceta de Tenerife”, en su edición del jueves 30 de octubre del año 1913, se hacía eco de una información surgida -a su vez- en " La Correspondencia de España", donde se decía textualmente lo siguiente: "En la ciudad de Gáldar, junto a la falda del monte de Ajódar, antigua corte de los Reyes de la Gran Canaria , haciendo excavaciones, han sido descubiertos 300 esqueletos, pertenecientes, sin duda, a los hombres que mandaba Miguel de Múgica en la conquista de la ciudad".

(Alejandro C. Moreno y Marrero, 2009)

 

El nefasto y amoral Pedro de Vera, a pesar de dar por sometida la Isla desde  el 29 de abril de 1483, para desembarazarse de 300  canariis que eran capaces de empuñar las armas, les prometió llevarlos a la vecina isla de Tenerife donde ganarían para vestirse a la europea, pero la intención de Vera era conducirlos como esclavos a puertos de la península ibérica. Ya a bordo, los canariis, a pesar de que la mayoría habían sido ubicados bajo cubierta, algunos se apercibieron del engaño al ver que la silueta del Teide se iba alejando y se amotinaron a la altura de Lanzarote, donde fueron desembarcados. Algunos de estos canarii años más tarde y ya con nombres europeos participaron en la invasión de Chinech (Tenerife).

 

¿Es ético y moral que calles de nuestras ciudades estén dedicadas a estos españoles masacradores de pueblos y culturas?

 

Junio de 2011.  

 

---» Continuará...