FEMÉRIDES DE LA NACIÓN CANARIA

 

UNA HISTORIA RESUMIDA DE CANARIAS

PERÍODO COLONIAL, DÉCADA 1601-1610

CAPÍTULO XXI (VII)

   

Guayre Adarguma  *

 

 

1602 noviembre 31. El gobernador y el Cabildo colonial de Tenerife tratan de impedirle el despacho, al juez de Indias con­tra lo cual hay orden real. (Cedulario, II, 3).

 

El contrabando de los criollos canarios con las colonias americanas

 

“En esta situación, en medio de tantas trabas, limitaciones y prohibiciones, la forma de comercio más beneficiosa es el contraban­do. Este podría definirse, de manera quizá algo paradójica, como la respuesta de la libertad al desafío del monopolio. No es ésta una ma­nera de darle la razón al contrabandista, sino de quitársela al monopo­lista. El contrabando es característico de ciertas situaciones de penuria o de presión fiscal, de que se aprovecha el detentor del monopolio pa­ra imponer su ley o, más exactamente, para hacer su agosto. El contra­bando nace bajo la presión de la demanda: no desaparece con ella, si­no que se muere de su muerte natural, a partir del momento en que el detentor del monopolio no teme más, o no puede oponerse ya a la presión de las realidades y acaba declarando legal lo que ayer no lo era. Por algo el contrabando no es un delito, sino una infracción.

 

Esta infracción es una constante de la economía canaria, porque también son constantes las condiciones adversas de la misma. Las islas fueron incluso una especie de central del contrabando atlántico pa­ra algunos historiadores, la misma economía canaria se define a partir de este carácter, como un «prototipo de deformación fraudulenta por imposiciones exteriores». Hay cierta exageración en esta definición, porque supone una especialización que nunca fue tan excesiva ni ex­clusiva, y, por otra parte, porque el contrabando no es un mal canario. Desde este punto de vista, Cádiz también podría servir de prototipo, y Buenos Aires todavía más —para no salimos de las rutas del comercio insular. Así y todo, no cabe duda de que una gran parte de este comercio canario pasa por cauces que escapan a la vigilancia oficial. Sería erróneo buscar la causa de esta situación, como se ha querido hacer al­guna vez, en una vocación peculiar del comercio canario; sería más apropiado buscarla en las condiciones que se le habían creado y, como decía el historiador antes citado, en las «imposiciones exteriores». El comercio canario no puede vivir en circuito cerrado y su vocación es la libertad. Quizá es ésta la vocación de cualquier comercio en general.

 

Hasta cierto punto, el problema es vidrioso, porque el proceso de intenciones hecho al tráfico canario ha servido de base a todas las re­clamaciones sevillanas, así como a todas las prohibiciones reales. Debi­do a esta constancia en la acusación, la historiografía moderna ha con­siderado la culpa como probada y ha adoptado el mismo punto de vista. Nosotros no nos desviaremos de este camino: pero importa no desvirtuar las cosas. El contrabando ha sido floreciente en Canarias, sin que se pueda decir que ha prosperado aquí más que en otras partes del inmenso imperio español. Este imperio no podía ser gobernado todo desde Madrid o desde Sevilla: al empeñarse en su centralismo, la política económica española abría por todas partes las compuertas del fraude que, más que compuertas, eran también válvulas de seguridad.  

 

El contrabando canario no debe, por consiguiente, considerarse en sí mismo, sino como un factor local dentro de un estado de cosas generalizado. No aparece tan exagerado como se le hace, cuando se considera que a fines del siglo XVII, el tráfico ilícito representaba las dos terceras partes del comercio español en su totalidad y que esta si­tuación se había agravado en el siglo siguiente; que de toda la co­chinilla que exportaba Nueva España en el siglo XVII, el 80% salía por caminos ilegales; que en Cádiz se burlaban los derechos de aduana en el mismo puerto y a la vista de los aduaneros que Buenos Aires ha sido «el puerto del contrabando por antonomasia», que ha prospe­rado en competencia con el anémico puerto gobernativo, estrecha­mente vigilado por la autoridad, de Portobello. Las Indias, asfixia­das por la penuria de los envíos regulares, no se han mantenido gracias a estos navíos, sino gracias al comercio clandestino canario (menos mal que era, a pesar de todo, comercio español), al contrabando de los portugueses, de los ingleses y de los holandeses.

 

Además, en Canarias, la mayor parte del contrabando no estaba en manos de canarios, sino de comerciantes y de navegantes sevillanos. Su pauta, siempre la misma, era fácil de seguir. El navío andaluz salía de un puerto del sur de España, con destino a Canarias y con el propó­sito anunciado públicamente de ir a comprar vinos canarios para con­ducirlos a España; pero luego, en lugar de ir a descargarlos en lugares permitidos, ponían el rumbo derecho a las Indias de Su Majestad. La Casa de la Contratación lo sabía perfectamente, como lo sabía también el Consejo de Indias. Todos sabían, por ejemplo, que así había pasado en 1610 y 1611, cuando once navíos habían salido de Sevilla con sus botas vacías, para cargar en Canarias vinos y manufacturas «en casi tan­tas toneladas como la flota que se despacha», para llevarlas luego a In­dias pero los castigados fueron los productores canarios, cuya per­misión para 1611 fue cancelada, a causa del «contrabando canario». Estos embarcos clandestinos fueron muy numerosos. Su clandestino dad parece más bien relativa, porque no es posible que la ignorancia del juez de Indias se haya extendido a tanto y que no llegasen a su noticia embarcos clandestinos que en Sevilla eran del dominio público.

Esto sentado no es menos cierto, y conviene repetirlo, que el contrabando fue una tónica constante del comercio canario. A finales del siglo XVI se consideraba que el contrabando pagaba cada año los 78.000 ducados, más o menos, del déficit del balance comercial cana­rio. Aunque resulte difícil calcular su importancia relativa, parece representar cerca de la mitad del movimiento comercial.

 

Las técnicas y las modalidades del contrabando son muy varia­das. Como es natural, los que lo practican disponen de «medios muy extraordinarios y exquisitos» para burlar la ley. Se pueden agrupar según el objeto que se proponen: se refieren a la salida o a la mercan­cía, cada una de ellas con el carácter de ilícita o de desviada.

La salida ilícita de Tenerife era relativamente fácil, sin dar cuenta al juez de Indias, o dándole cuenta con algunos «medios exquisitos» que todos conocían. Para burlar los gravámenes que pesan sobre la exportación a Indias, se había encontrado el expediente de salir desde San Sebastián de la Gomera , donde se pagaba el 2,5% en lugar del 6%: no era puerto habilitado, pero lo habilitaba una simple licencia verbal del juez. Los extranjeros, que no podían enviar mercancías a las Indias ni aprovecharse del registro, pasaban con algún vecino un contra­to de compraventa ficticio, bien del navío o de su carga, o de los dos a la vez, de modo que sólo aparecía el vecino. Esta misma práctica sirvió a menudo en el comercio luso-canario con Brasil: en estos casos, el navío solía hacer el viaje con dos maestres a bordo, el español que aparecía en los puertos españoles, y el portugués que no figuraba como maestre sino cuando el navío había llegado a Angola o a algún puerto de Brasil.

La salida desviada consiste en el aprovechamiento del registro ofi­cial, para un destino que en realidad no conviene, cuando no se puede conseguir otro destino mejor, por ejemplo, por haberse agotado el cupo correspondiente: en estos casos, el registro es mera cobertura legal, para poder salir del puerto con la carga y tomar después algún rumbo diferen­te. Este subterfugio era cosa muy conocida en el comercio con Brasil. Muchos cargadores toman a bordo vinos que declaran ir destinados a Brasil, porque es más fácil embarcar, ya que las exportaciones a Brasil no están contingentadas. Luego, los mismos cargadores no respetan los rum­bos anunciados, porque en la colonia portuguesa los precios son más ba­jos que en las españolas y, además, los portugueses no suelen pagar al con­tado. Lo que se estila es pedir licencia para Brasil, torcer el viaje para despachar la carga en Tierra Firme y al regreso ir directamente a alguna is­la portuguesa. Para hacerse admitir en Tierra Firme, hay muchos sub­terfugios que valen: se fingen vientos contrarios, o algún encuentro con piratas, o se tira por la borda el agua de beber, o se rompen los árboles y las jarcias del navío, o se da un barreño al casco para que entre un poco de agua, o se protesta que se está maleando el vino. Si no vale ninguno de estos pretextos, se desembarca y se almacena el vino en el puerto de per­misión, con orden de no venderlo, y luego se aprovecha la primera opor­tunidad para enviarlo a otros puntos de la costa, donde se sabe que tendrá mejor aceptación o desde donde le había sido pedido al transportista.

La mercancía ilícita también puede escapar a la vigilancia del juez. De la salida clandestina es más fácil que se dé cuenta o que le avisen; mientras que las mercancías se pueden introducir en el último momento, burlando la vigilancia y aprovechando los descuidos. Precisamente allí es donde más se esmera el juez; de modo que, cuando se hacen bien las co­sas, se hacen con su anuencia. El fraude más corriente es el que juega con las cantidades. La Casa de Sevilla afirma que, cada vez que se consigue pa­ra Canarias un permiso de 500 toneladas, en realidad salen para las Indias 2.000 cuando menos. Hay en ello alguna exageración, pero no mucha.

El juez debe velar también para impedir la introducción fraudu­lenta de géneros extranjeros, que legalmente no pueden pasar a Indias más que por el conducto del monopolio sevillano, y luego gaditano. Pero el prohibirlos era una empresa desesperada. Los navíos canarios no cargaban géneros extranjeros en los puertos, sino en alta mar, don­de se les acercaban los navíos extranjeros y les ondeaban la mercancía prohibida, pasándola de bordo a bordo. En 1610 «llevaron gran canti­dad de mercadurías ondeadas de naos de los dichos extranjeros, que de todas naciones los llevan allí, en tanta cantidad que sobran para proveer de ellas a todas las Indias». También se pueden considerar como mercancía ilícita los pasajeros clandestinos, frailes y personas en­cubiertas. Los jueces tenían órdenes terminantes para no dejarlos em­barcar, pero en ocasiones sabían abrir la mano. Lo mismo pasaba con los esclavos, que no podían llevarse a las Indias sin licencia, pero se llevaban a vender, a pesar de las órdenes, bajo cubierto de alguna amistad o intervención de algún personaje poderoso.

 

La práctica de las mercancías desviadas es propia de los viajes de retorno. Para evitar esta clase de fraude, se había establecido que to­dos los navíos que iban a Indias debían regresar directamente a Sevi­lla, donde se podía examinar y fiscalizar más fácilmente su carga. El control sevillano se eludía por medio del invento llamado arribada, y que ahora llamaríamos caso de fuerza mayor. Su principio es el mis­mo que hemos visto regir en la desviación de las salidas. El viaje de retorno se hacía en condiciones de navegación difíciles, que provoca­ban a menudo la pérdida del rumbo y la desarticulación de las flotas.

La necesidad del contrabando inspiró a muchos que fingiesen arriba­das forzosas allí donde no las había; y como algunas veces las había de verdad, era difícil determinar en cada caso la buena o la mala fe de los navegantes. El Consejo de Indias había llegado rápidamente a la conclusión que todas las arribadas forzosas de Canarias eran frau­dulentas. Los jueces de Indias se permitían profesar una opinión diferente y demostrarse más tolerantes y comprensivos. En este ca­so, parece que no se les debe culpar mucho: las mismas residencias que se les toma a los jueces suelen hacer la vista gorda sobre esta clase de infracciones, en consideración a la pobreza y a las necesidades del país. A partir de 1652, el Consejo de Indias, a petición del Cabil­do, autorizó a los barcos canarios a que regresasen directamente a sus islas, con alguna carga de productos americanos: es éste uno de los ejemplos de contrabando que, por necesidad, se transforma del día a la mañana en tráfico legal.

Los productos americanos importados de este modo a Canarias, tanto por contrabando como por los medios legales del retorno autori­zado, rebasaban con mucho las necesidades del mercado insular. Era preciso darles una salida, con lo cual el primer contrabando originaba otro. Los productos que se traían de América se escogían de tal modo, que tuvieran aceptación en el mercado internacional: era el caso del añil, del palo de Campeche, del tabaco, del cuero. Parte de estos pro­ductos se llevaba a algún puerto peninsular, evitando la aduana de Se­villa pero en la mayor parte de los casos, entran en el circuito del comercio internacional.

De este modo, las islas Canarias, y la plaza de Santa Cruz en par­ticular, se han transformado en una central de redistribución de las mercancías americanas. No sólo de las colonias españolas: el palo de Brasil no llega, como debería, a Portugal, sino a Canarias, y de ahí a Flandes, y lo mismo pasa con los azúcares brasileños. El tabaco lleva­do de La Habana a Canarias se embarca en Santa Cruz para Inglaterra o Flandes para Francia, debido a las relaciones privilegiadas con este país, el contrabando se transforma en 1719 en comercio legal. En cuanto a cueros, Tenerife exporta anualmente unas 11.000 piezas, es decir, bastante más de lo que produce. El añil y el palo de Campeche tienen buena venta en los mercados de Londres y Amsterdam. Algu­nas veces se cargan en Tenerife navíos enteros con géneros de contra­bando. En 1647 se mandan a Londres artículos prohibidos en tres navíos diferentes.

La mercancía es propiedad de Duarte Enríquez Álvarez, recaudador de las reales rentas y por consiguiente persona por enci­ma de los inconvenientes que comúnmente puede tener el contraban­do; sin duda el interesado está preparando su próximo y definitivo traslado a Londres, donde se establecerá como importador de vinos ca­narios y hará profesión de enemigo de los españoles.

Para con los traficantes a la exportación, el juez de Indias solía mostrarse muy duro; quizá influía en su ánimo el cuarto que pertenecía al juez en todos los contrabandos que se descubrían. Algunas ve­ces pudo beneficiarse, aunque ignoremos la cantidad de operaciones ilícitas que pudieron intervenir los jueces. De todos modos, el co­mercio ilícito no dejó de florecer. En Tenerife saben todos que se espe­ran navíos de partes prohibidas, o con pasaporte falso, o con mercan­cías que no deberían admitirse. A menudo los contrabandistas no ponen reparos a la hora de declarar ante notario los géneros que han introducido o que pretenden vender.

Todo se hace a la luz del día. No es misterio para nadie que el co­mandante general de la colonia marqués de Tabalosos «era el que principalmente dis­frutaba el comercio de Indias y, como se sabía que el modo de conseguir lo que deseaban era por interesarlo, daban a estos fines; y tuvo la bondad de volver algunas cantidades a algunos que las habían dado por algún fin que no consiguieron» prueba de que en el contrabando no falta la honradez profesional. Más tarde, todos saben que, para introducir géne­ros prohibidos, se debe pagar el 12% al comandante del Resguardo, don Antonio Silva, protegido del comandante general y poeta en sus horas li­bres, marqués de Casa Cagigal.

Lo grave no es que una política desa­certada haya producido estos efectos, sino que los mismos efectos se con­sideren públicamente con tan culpable indulgencia. Una orden real de 1790 mandaba «que las personas que se hayan ocupado en el contraban­do y no acrediten haberle dexado pasado tres años, no puedan obtener los oficios de república». Pasados tres años, todos los organismos ofi­ciales pueden estar llenos de contrabandistas arrepentidos.” (Alejandro Ciuranescu, Historia de Santa Cruz, 1998.t.11: 88 y ss.)

1602.  Retablo de la parroquia de la secta católica de Los Remedios en Eguerew (La Laguna). “// Sepan quantos esta carta vieren como yo Pasqual Leardin mercader vesino y residente en esta isla de Thene otorgo Por esta carta que me obligo de traer de los estados de flandes a esta dha isla de Thene vn rretablo pintado a el olio dorado en la forma o ma q su sa ylma del sr obpo destas yslas a dado y entregado a mi el susodho el modelo con las condiciones q tiene escriptas en los tableros el dho modelo y a las espaldas del firmado de su sa Ilustrissima y de pedro martinez notario appco cuyo traslado firmado de mi el dho pasqual Leardín queda en Poder del mayordomo de la dha igleçia de nra sa de los remedios desta dha çiudad el qual dho rretablo tengo de dar y entregar al dho mayordomo de [la] dha igle[çi]a. Por fin del año de mill y seisçientos y tres y antes si antes io Pudiere traer el dho rretablo Por quanto Para la hechura del yo he rresiuido mill ducados de a honze rreales de plata cada uno en esta manera = tres mill i ochocientos rrs en dineros contados quel dho mayordomo de la dha igleçia me a dado y pagado en dineros contados en presencia del escriuo i testigos desta carta de que io el Preste escriuo doy ffee q el dho dr franco de lusena mayordomo de la d[ha] igleçia dio y entrego en Presençia de los testigos de iusso al dho pasqual Leardin y los llebo a s[u] poder y quatrocientos ducados q e[l] dho mayordomo me a de dar y pagar Por el dia de navidad Primera venidera fin deste presste año i lo demas rrestante cumplimiento a los dhos mill ducados se me a de dar y Pagar en la forma y manera qda i declarada en la escripa de transassn que oy dia de la fecha desta escriptura habemos hecho el cappn Po Soler Luis de san mn cabrera y el dho mayordomo de la dha iglesia e io ante el presste escriuo y es declarasson que si menos costare el dho rretablo de los dhos mill ducados qanto menos aya de auer yo el dho pascual Leardin y ssi mas costare se me a de suplir y Pagar el ql dho rretablo me obo de traer a esta dha isla como esta dho asigurado Por quanto por el signo del se me a de dar y pagar de mas del costo y costas q hiziere el dho rretablo assi en lo q costare de madera pintura y dorado y cajones en q a de venir y costos hasta Ponelle en el Puerto de sta cruz esepto el flete Por el qual no tengo de lleuar coza alguna = otrossi me obo a traer un official perito en el arte Para q asiente el dho rretablo en la dha iglecia por sinquenta ducados que se le den Por dar asentado el dho rretablo a satisfaçion del mayordomo bendos de la dha iglecia de todas costas venida i puelta y asiento del dho rretablo y ssi menos: P[u]diere consertarlo lo traere Por menos y si no lo hallare a el  dho Preçio se a bisto no estar oblido a traerlo y para cumplir lo susodho obo mi perssa i bienes auidos e por auer e doy poder cumplido a las justas e juezes de su magd Para que Por todos los rremedios y rrigores del derecho anssi me lo manden tener guardar y complir vien como si fuese jusgdo Por essa difinitiva de juez conpetente Passda en cossa jusgada y rren[uncio] a todas e qualquier leyes fueros e derechos de mi favor y en especial la ley e rregla del derecho q dize que general rrenon de leies es fecha non vala en testimio de lo qual otorgue esta carta ante el Preste escriuo y testigos qs ffecha en la ciudad de san xpoval ques en esta isla de thene en treze dias del mes de agto de mill y seiscientos y dos años y el dho otorgte a quien yo el Preste escriuo doy ffee q conosco lo firmo de su ne siendo testigos el capan Po soler Luis de san martin cabrera rregidores y augustin Garcia loçano vezinos y estantes en esta isla ba testado cuio no valga.

pasqual leardin [rúbrica]  ante mi alonso gallegos, escriuano puco “

(Emilo Alfaro Hardisson, Elena Fernández Montes y Leocadia M. Pérez González)

 

1602. Provisión, para que el gobernador colonial en Tenerife no haga más posturas (LL: P.XV/18, 19). Alguna vez también se entrometía la Real Audiencia. Se queja de ello el mensajero del Cabildo Francisco de Valcárcel, y consigue carta real de 12/11.1585, que ordena que el tribu­nal no se entrometa en materias de abastos (LL: P.XIV/31).

1602. La Villa de Santa Brígida sigue siendo una de las pocas localidades de la isla de Gran Canaria en donde sobrevive la vieja tradición de celebrar la fiesta de los finados: los muertos tienen aquí su fiesta en una noche olorosa, mágica y nostálgica, entre castañas asadas, nueces y anís. Una herencia que nos entregaron nuestros predecesores y que lucha, incansable, contra otros ritos modernos importados del mundo anglosajón, como el Hallowen, que nada tiene que ver con la entrañable y respetuosa velada de la que disfrutaban nuestros antepasados, cuya festividad sigue siendo hoy parte esencial de la geografía humana y de la etnografía, cálida y viviente, de Gran Canaria.


El Día de Todos Los Santos es origen de numerosas tradiciones en Canarias. Es la fecha en la cual se visitan los cementerios, se limpian lápidas y se adornan con flores las tumbas de los seres queridos. Antiguamente, el lugar de enterramiento era el suelo de la iglesia, en un lugar preeminente, ante la capilla de un santo de su devoción o en la fosa común, según fuera la importancia del difunto y su capacidad económica. En la primitiva ermita se llegó a realizar, en 1600, el carnero (cementerio colectivo u osario). Hasta Juan Muñoz Guerra, patrono de la ermita de Santa Brígida, estableció, mediante escritura, celebrada el 20 de abril de 1578, disponer de tres sepulturas en la capilla mayor para su entierro y el de sus descendientes antes de renunciar a su condición y ceder al pueblo aquella humilde capilla alzada hacia 1524 por su difunta madre, Isabel Guerra.

Allí se enterraron esclavos canarios o de Berbería, trabajadores de la tierra, párrocos y hasta Juan de la Coba Vivas (1543-1602), acaudalado labrador con hacienda en Pino Santo y Alcalde Real de Santa Brígida, quien en 1602 fue el primer difunto en inaugurar como sepulcro el nuevo enladrillado del coro de la parroquia.


El crecimiento de la población obligó a tomar medidas sanitarias en la segunda mitad del siglo XIX, por lo que Santa Brígida habilitó, en torno a 1850, un cementerio provisional en La Alcantarilla, donde se sepultaron muchos de los cadáveres afectados por la epidemia del cólera, sustituido en 1862 por el actual camposanto. Con su puesta en servicio, la parroquia pasó a ser, solamente, sitio de oración, y el cementerio el lugar de descanso para los difuntos de la Villa.


Los entierros en el pueblo de Santa Brígida se caracterizaban, antiguamente, por los responsos cantados, que se prodigaban al paso del cortejo fúnebre. En los días de sepultura, el cuarteto religioso (cura, sochantre, sacristán y monaguillos) salía al encuentro del difunto, deudos y acompañantes, coincidiendo, en un punto concreto, que solía ser uno de los dos calvarios alzados en la periferia del casco urbano, dependiendo del poder socioeconómico del finado, o los deseos establecidos por éste para su cortejo, que constan en las distintas actas de enterramientos y testamentos que se encuentran en el Archivo Histórico Parroquial.

 

Familiares o allegados portaban el ataúd a hombros hasta a la iglesia parroquial, dando igual que el difunto fuese del casco, que del barrio más alejado. Y, aunque la muerte a todos iguala, incluso aquí estableció la Iglesia diferentes tipos de funerales. Había entierros de 1ª, 2ª y 3ª y hasta de 4ª clase que, amén de la parafernalia escénica, establecían la calidad de la caja, el número de sacerdotes y monaguillos. Todo ello con sus tarifas diferenciadas.


Sólo en los entierros de primera, propios de las familias pudientes, el párroco acompañaba al difunto hasta el mismo cementerio y allí en la tumba rezaba un responso.

 

En este caso implicaba la presencia de hasta tres curas, con grandes cruces, hisopo, ciriales de plata en la casa del finado y un mayor número de responsos, hasta seis, durante su último viaje. Mientras, se encendían velas, y los monaguillos quemaban incienso. Todo ello en medio de una cuidada parsimonia sacramental.


No todos los vecinos tenían una despedida con tanto boato, sobre todo si el fallecido era un pobre y sus allegados no podían hacer frente a los gastos del cortejo. Para este entierro el sacerdote se limitaba a despedir el cortejo mortuorio a las puertas de la iglesia, dándose por finalizado el acompañamiento. Este sepelio se denominaba oficio de sepultura, existiendo la posibilidad de que algún deudo o acompañante diera por él una limosna y el párroco accediera a ir a su encuentro en La Alcantarilla. Así aparecen algunos ejemplos en las partidas de defunciones analizadas.


De que el cura no acudía al cementerio, salvo que el finado fuera de alto postín, ha quedado constancia en una sesión ordinaria del Ayuntamiento de septiembre de 1885, en la cual se afirma categóricamente: (...) el cura párroco sólo asiste al Campo Santo cuando se ofrece el enterramiento de algún cadáver a quien se le dispongan honras fúnebres de primera clase.


Tan pronto las cuatro personas citadas abandonaban el templo parroquial, se iniciaba en la torre del campanario el lento doblar de las campanas a cargo del sacristán que, tirando del badajo, realizaba unos tañidos sencillos, tan pausados como sobrecogedores, mientras durase la inhumación en el cementerio, cuya operación oteaba desde la torre.


La muerte de una persona no pasaba desapercibida para nadie en aquel pequeño pueblo que conservaba, sobre todo, el ritmo pausado de esa vida que parece intemporal, marcado por las faenas agrícolas y el cambio de las estaciones. Ningún vecino podía ser ajeno a ella y, de un modo u otro, era inexorable su activa participación en el hecho. La casa del muerto se convertía en el centro de la actividad social del pueblo, cuyos habitantes encontraban pocas oportunidades de encontrarse y reunirse, aparte de las que, eventualmente, les proporcionaba la misa o las escasas fiestas. Por el ambiente creado, parecía que el pueblo había perdido el aliento al mismo tiempo que el extinto.


Era costumbre que los familiares más íntimos presenciasen la agonía del enfermo y, llegada la hora, lo amortajasen. Cuando el enfermo agravaba su estado se llamaba al sacerdote para que le diera el Viático. Dar el Viático o el sacramento de la unción de enfermo era sinónimo de muerte inminente porque sólo se recurría a este paso en última instancia. La gente se mostraba reacia a recurrir al párroco y, en muchas de las ocasiones, los Santos Óleos se administraban al enfermo, cuando éste era ya difunto, celebrando el ritual el sacerdote y los monaguillos, acompañados de velas encendidas.


Al paso ceremonial de la fúnebre comitiva las mujeres se santiguaban, los hombres se quitaban el sombrero y bajaban la cabeza, mientras las tiendas, bares y otros establecimientos cerraban sus puertas como señal de respeto. Tradicionalmente, las mujeres no acudían al cementerio, ya que por norma general se quedaban en casa del difunto para acompañar a la familia, consolar sus penas, ayudarla a amortajar el muerto, mientras los Padrenuestros y los Dios te salve, sonaban como un murmullo entre dientes y palabras de mutuo afecto. Otra característica de los entierros en Santa Brígida era que, una vez en el cementerio, y antes de que el sepulturero comenzara a cubrir la fosa, todos los asistentes debían de echar un puñado de tierra sobre el féretro.


Las muertes de los familiares traían, además, la moda de la ropa de negro. Antes, en aquella sociedad tan impregnada de religiosidad, los lutos eran eternos. Las mujeres, incluso las más jóvenes, se vestían completamente de negro, mientras los hombres se ponían la corbata del mismo color y un botón negro en la solapa. También existía una norma no escrita que se cumplía a rajatabla, según los vínculos familiares con el difunto. Así, cuatro años duraba el luto por una madre; aproximadamente tres años por un padre y unos seis meses por un hermano.


Estas tradiciones se han ido perdiendo con el tiempo. Ahora no es extraño ver en los tanatorios a paisanos con camisa floreada de manga corta. Y hasta la misa de corpore in sepulto y el funeral suelen celebrarse el mismo día. Las ceremonias han variado también en su manifestación externa, desde los severos y fúnebres catafalcos, cubierto de negros crespones y lienzos negros, que se instalaban en medio del templo para celebrar los funerales, hasta la sencillez impuesta por la liturgia actual.


Tradición festiva.


Desde siempre, la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de Difuntos han sido celebraciones religiosas muy respetadas por el pueblo grancanario. Era costumbre que los vecinos rindieran culto a sus difuntos y ofrecieran sufragios a las ánimas, que estaban en ese estado intermedio, el Purgatorio, desde donde las almas pueden ascender hasta el cielo, aliviadas por las plegarias de aquellos que aún están en la tierra. Muy raro era la parroquia que no poseyera entre su patrimonio pictórico un gran cuadro dedicados a las ánimas con el que decorar el templo y una cofradía para fomentar y sostener su culto.


La parroquia de Santa Brígida posee hoy un valioso lienzo dedicado a las Ánimas del Purgatorio, del siglo XVIII, que cuelga en el muro colateral del Evangelio y que fue comprado a la parroquia de San Francisco de Asís de la capital grancanaria, para sustituir a otro más antiguo, que se perdió durante el incendio del templo en 1897. Y en el Archivo Histórico Parroquial hay también constancia de la existencia de la Cofradía de Ánimas, creada en 1670, siendo su primer mayordomo Juan Rivero, vecino del lugar. Entre las cuentas de esta asociación de carácter sacro, figuran los mil reales que pagaron sus devotos, en 1718, al pintor más importante de Gran Canaria en aquel momento, Alonso de Ortega (1660-1721), como costo del primer lienzo pedido.


Una de las misiones de aquella hermandad consistía en que un grupo de unos doce o quince hombres, en su mayoría campesinos, formaban corros y se hacían acompañar de instrumentos musicales de sencillez primitiva para entonar, bien en la puerta de la parroquia a la salida de la misa, bien en casas particulares del pueblo, unos cantos típicos y especiales que los vecinos escuchaban con gran devoción y recogimiento. Era el Rancho de Ánimas, así llamado porque su fin era recoger limosnas para sufragios de los difuntos y para los gastos en cirios y velas de los oficios de ánimas, o de los entierros de los pobres de solemnidad que ni siquiera podían adquirir una caja mortuoria. Para estos casos, la cofradía encargó el 24 de junio de 1864 un ataúd público para transportarlos al cementerio, a cuyas dependencias retornaba luego para una posterior utilización.


En un principio, estos ranchos salían por el mes de los difuntos pero, dada la cercanía de la Pascua , continuaban por estas fechas. Su misión era recaudar limosnas para decir misas por las ánimas benditas, aunque constituía una fuente divulgadora del Evangelio que llegaba a las zonas más recónditas de nuestra geografía a la vez que suponía una fuente de ingresos para la iglesia. La ceremonia de réquiem, con procesión, se celebraba todos los lunes del año, aparte de la misa del Día de los Finados, pagándosele al párroco y al sacristán cuatro reales por los servicios prestados.


Nuestro Rancho.


La existencia de esta cofradía de ánimas es muy antigua, como hemos observado, al menos desde mediados del siglo XVII ya aparecen los sucesivos gastos de las ofrendas en cirios, trigo, vino y velas de agonizar, que compraban los familiares para colocarlas junto al Altar mayor, en recuerdo de sus difuntos. El rancho de Santa Brígida estaba integrado en la cofradía mencionada, pero fue uno de los tantos desaparecidos en la Isla durante el siglo XIX. La propia cofradía dejó de funcionar en 1830, por lo que nada se conoce a través de la tradición oral de aquella agrupación musical que se ha mantenido en otros pueblos vecinos, rondando las casas al son de un repertorio de cantares y decires por las almas. Unas coplas o versos no escritos que se van trasmitiendo de padres a hijos, improvisados casi siempre, muestra del ingenio de los rancheros, que el canónigo Miguel Suárez Miranda estimaba como probable que fueran introducidos por los monjes franciscanos a principios del siglo XVI. Como ejemplo de una copla tenemos estos fragmentos:

 


Ánimas que están en penas

el Señor las saque de ellas

Ánimas que están en penas

en aquella oscuridad

el Señor las saque de ellas

y las lleve a descansar

donde más descanso tengan.

 

Estos valiosos exponentes de la etnografía canaria aún perduran en los pueblos grancanarios de La Aldea de San Nicolás, Valsequillo y Los Arbejales, pago del municipio de Teror. Precisamente, el Rancho de Ánimas de Arbejales recorre desde muy antiguo el barrio de Pino Santo, según asegura uno de sus miembros y vecino actual de esta Villa, Francisco Quintana Quintana, de 89 años de edad.


Este rancho, que actuó por vez primera en la parroquia de Santa Brígida el jueves 22 de diciembre de 2005, ha tenido siempre entre sus tradicionales actuaciones una salida por aquel pago satauteño. El dinero recogido en los pedidos se entregaba luego al párroco de Santa Brígida para que celebrase misas por los difuntos del pueblo, bien en la ermita de Nuestra Señora de la Salud (Pino Santo Alto), en la iglesia de Nuestra Señora de Fátima (Pino Santo bajo), o bien en la parroquia.


Generalmente, varios componentes recorrían a pie este barrio, casi siempre un sábado por la mañana, para pedir limosnas casa por casa. Y ya a la tarde el Rancho acudía al domicilio donde pedían que actuaran en memoria de algún familiar fallecido. La limosna no siempre fue con dinero, sino también era habitual que un vecino ofreciera como promesa la cena a los cantadores. Durante más de cuarenta años, la casa de la Caldera de Pino Santo, del vecino Juan Santana Expósito, conocido por Juan Rivero el lechero de La Caldera, fue el lugar donde se preparó la cena del Rancho, a base de pan, queso, leche y el ron con miel para apaciguar las secas gargantas.


Este vecino era un gran devoto, pues le vemos además donando los terrenos donde se encuentra actualmente la Ermita de Pino Santo Alto, la Plaza y la nueva Escuela, puesto que la antigua escuela era un local habilitado en la casa de Miguelito Socorro. En esa época se oficiaba los actos litúrgicos en ese mismo local. El párroco de la Villa era don Francisco González Vega.


La comida de finados.


Pero aparte del recuerdo a los difuntos, los finados también era una fecha de gran significado gastronómico, en el que se elaboraban dulces típicos y otras viandas en cualquier casa del pueblo. Hasta hace muy poco tiempo esta comida de finados en Canarias tenía tal trascendencia que no se consideraba como casa de pro aquella en que no se celebraba, recordaba en 1967, hace ya 41 años, el escritor y cronista de la Villa, Juan del Río Ayala, en un artículo publicado en El Eco de Canarias.


Esta práctica de los banquetes funerarios tuvo su entronque en las ofrendas de pan y vino, hechas en la función de los finados o sobre las sepulturas de las iglesias canarias durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Estas ceremonias eran señaladas en cláusulas especiales impuestas por los protagonistas en sus testamentos antes de su muerte, lo que pone de manifiesto el fervor religioso y los deseos de salvación del alma, en aquellos tiempos oscuros del Antiguo Régimen. Aunque estas celebraciones, de gran boato, sólo estaban al alcance de los más poderosos, pues para el cumplimiento de estas misas, algunas de carácter perpetuo, era necesario designar varias cantidades de dinero o gravar parte de su patrimonio.


La tradición de la comida de finados era eminentemente familiar. Consistía en una especie de merienda en la que se reunía toda la familia el Día de los Difuntos. Por la mañana se había ido a la iglesia, muy temprano, a oír misa de réquiem o novena por los finados, y se habían encendido las lamparitas de aceite o las velas, una por cada difunto familiar, ante la imagen religiosa de la casa o sobre la mesa del comedor, reviviendo el martirio de sus nostalgias. Había también en el ánimo de los presentes huecos para la tristeza, para el desasosiego, para las interrogaciones, y para el llanto desconsolado y liberador. Ya, a la tardecita, la madre o la abuela contaban anécdotas o recuerdos de los finados, haciéndolos presentes con sus palabras junto a la mesa, donde se había preparado el condumio, consistente en torrijas con miel de caña, nueces, castañas asadas, higos pasados, acompañado todo con vino, con anisado, o con el célebre mejuje, hecho con ron, miel de abeja y corteza de naranja.


En verdad, tenía todos los visos de una comida ritual: Se hablaba poco, se rezaba y los abuelos suspiraban pensando si llegarían a la comida del año próximo. Mientras, en la sala oscurecida por la llegada de la noche, si es que la luna no lo remediaba, lucían y crepitaban las lamparitas de aceite en honor de los muertos. Así comenzaba la noche de difuntos con el insistente doblar de las campanas, cuyos toques de ánimas parecían suspiros lastimeros.


Esta costumbre ancestral se perdió hace muchos años, relegada a determinados hogares de la Vega de Enmedio, que celebraban los finados en la intimidad familiar con los primeros fríos de noviembre. Ya en época más reciente, recordamos los años de infancia en que los chiquillos gozábamos de estos días y salíamos a pedir por los finados, auténticas rondas por casas y fincas cercanas... y aquel dicho popular relacionado con la fiesta, que repetíamos para fastidio de algunos: ¿Quieres castañas?, el burro las caga y tú las apañas. Todos daban nueces, huevos, almendras, higos pasados, manzanas francesas, como un tributo en recuerdo y homenaje a los finados, que servía para las reuniones familiares, en jornada de recogimiento. Y parece que veo aún a Maruca, mi abuela, provista de una caña con una pelota de trapo en un extremo, remover lentamente el grano en una vieja lata de galletas agujereada, hasta dar el exacto dorado al millo y convertirlo en cochafisco que comíamos, tostado y calentito, fascinados de aquella nueva experiencia.


Fue en 1995, cuando aquella íntima celebración de los finados, arraigada a nuestro folclore y al alma de la Isla, superó el ámbito familiar para trasladar, parte del rito, a la calle, como una forma de brindar por la salud de los difuntos. Fue gracias a la iniciativa de un grupo de vecinos del barrio de El Madroñal, en la Vega de Enmedio, auspiciado por el Ayuntamiento, que casi enlazaron sus fiestas invernales del Pilar con la conmemoración de los finados, aunque sin el recogimiento y el fervor que lo sustentaba hasta entonces, y a imagen y semejanza de los festejos que ya tenían lugar en la finca de Osorio, en Teror, en forma de asadero de castañas popular.


Como ritual de aquella primera fiesta de carácter comunitario, el Alcalde de la Vega de Arriba (San Mateo), Miguel Hidalgo Sánchez, y el de Abajo (Santa Brígida), Manuel Galindo Ramos, se intercambiaron productos de la tierra, recordando al mismo tiempo los trueques de artesanía por fruta que antaño hacían las talayeras cuando acudían, cargadas de vasijas en la cabeza, hasta la Vega de Arriba. Manzanas, castañas y nueces trajeron desde la Vega ; vino, miel y bizcochos lustrados de la Fonda Melián , complementaron los de la Villa. Una costumbre entre estas dos localidades vecinas que hasta 1800 formaban un mismo pueblo, una misma identidad.


El éxito de la recuperación de esta costumbre etnográfica y cultural fue tal que la plaza del Madroñal se hizo pequeña para absorber a tanta gente, lo que motivó que el Ayuntamiento trasladara al casco municipal el evento cuatro años después, a la sombra evangélica de los árboles del parque municipal y en medio de un gran jolgorio, entre isas y folías que más parece recordar el viejo refrán del muerto al hoyo y el vivo al bollo, nunca mejor dicho, por los deliciosos dulces de anís que se reparten.


Hoy día, esta la fiesta de Los Finados sigue celebrándose en el casco y en aquel pago de la Vega de Enmedio, pero revivida con tanto ardor y alegría que ya nadie desea retroceder a mentalidades cuyas concepciones sobre el más allá están cargadas de purgatorios e infiernos. Una herencia que hay que procurar que ritos extranjeros, la llamada globalización cultural a la que estamos asistiendo, o sencillamente el desamor, no lesionen, porque dañarían con ello el patrimonio espiritual y los sabores que el tiempo nos ha legado. (Pedro Socorro, 2008).

 

Septiembre de 2011.

* Guayre Adarguma Anez Ram n Yghasen.

 

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Bibliografía

     

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