FEMÉRIDES DE LA NACIÓN CANARIA

 

UNA HISTORIA RESUMIDA DE CANARIAS

PERÍODO COLONIAL, DÉCADA 1591-1600

CAPÍTULO XX (XII)

   

Guayre Adarguma  *  

 

1600. Un temporal destruye el primer puerto de Añazu n Chinech (Santa Cruz de Tenerife), llamado así por los invasores por el madero cruciforme que los castellanos traían consigo en el momento de la conquista de la Isla (1494), se encontraba al norte de la playa de Añazu o de la Carnicería. Cuatro años más tarde se construiría otro muelle en un saliente junto a la Caleta de Blas Díaz, efectuándose, durante más de un siglo, toda la actividad mercantil por el lugar que hoy ocupa el Cabildo Insular.

 

La única entrada a Añazu (Santa Cruz) para los que llegaban por primera vez a la isla resultaba en extremo pintoresca. 

 

El muelle era pequeñito, -ya que sólo llegaba a donde hoy empieza a perfilarse el espigón de la nueva dársena comercial-, y en él había algunas instalaciones notables. Una de ellas, la marquesina, y otra, el "pescante". Que era una especie de grúa pequeña, montada sobre un tambor de la muralla, frente a la marquesina, y que servía para elevar desde las falúas y depositar sobre el muelle los equipajes y cargas menores. Las escaleras de acceso desde el mar al muelle se llamaban "platillos". Los primeros estaban en la misma zona de atraque de las falúas, los segundos un poco más allá. Y era prueba de natación para los bañistas de la "playa de Ruiz" llegar hasta ellos, como luego se verá. También estaban sobre el muelle los Almacenes de Ruiz, de la familia Ruiz Arteaga, sobre la playa de su nombre, de la que acabo de hablar, y enfrente los tinglados del tranvía, para depositar las cargas transportadas por él; la Comandancia de Marina, en un curioso edificio de traza mozárabe, la Pescadería y, a continuación, el Castillo de San Cristóbal, con las construcciones bajas del Cuerpo de Guardia o El Principal, como se le llamaba corrientemente.
El Castillo de San Cristóbal era una construcción curiosa, que estuvo en pie hasta el año veintitantos, en que fue derribado para formar, sobre el solar, la actual Plaza del Cabildo.

1600. Un temporal arrasó con todo lo que quedaba del muelle de Añazu n Chinech (Santa Cruz de Tenerife). Ya en los primeros años del s XVII se encarga la construcción de un nuevo muelle en otro lugar. Esta vez se designó la peña que cerraba la Caleta de Blas Díaz, excavando unos escalones en la misma roca para facilitar el acceso de personas y mercancías. El muelle se había trasladado desde la playa a la Caleta. Con grandes dificultades este muelle prestó servicio durante todo el s. XVII en medio de un litoral ingrato y de una fábrica que no ofrecía muchas garantías. Los trasvases de mercancías y pasajeros continuaban realizándose con gran dificultad.

1600. Siendo Gobernador General virrey de esta colonia y Presidente de la Real Audiencia el General Luís de la Cueva y Benavides, por convenir así al mejor servicio del Rey de la metrópoli y al suyo propio, dispuso se construyeran en las playas del Puerto de San Marcos de Icod, Chinet (Tenerife) varias fragatas y bergantines de guerra, y escogió para ello este lugar de Icod por la seguridad de su bahía y la abundancia de maderas en sus bosques. Estos eran riquísimos de arboleda y encontrábanse muy cerca de la población. A unos mil metros, aproximadamente de la última casa habitada, está el paraje en que se cortaron las maderas, que transportadas a la playa de San Marcos, sirvieron de materiales al enjambre de Maestros de ribera, calafates y demás gente de la industria de construcciones navales que trajo de la Isla de Tamaránt (Gran Canaria) el General Benavides, durando la fábrica de las embarcaciones guerreras casi un año, en cuyo tiempo permaneció alojada en el Lugar de Icod de los Vinos la gente de guerra y de Arte que se ocupó en estas faenas.

 

El paraje en que se hizo la corta, quedó limpio de pinos y se roturó después, plantándolo de viñas y dedicándolo a la siembra de frutos, pero ha conservado hasta la fecha el nombre de Corta de la Naos

 

1600. Los colonos y criollos establecidos en Canarias cuando no pueden robarlos comercian con pueblos del continente en territorio situado entre el sur del río Senegal y Angola, incluyendo en el mismo el archipiélago de Cabo Verde, que era colonia portuguesa.

 

El comercio con Cabo Verde convirtió a Canarias en un puerto importante en el tráfico a gran escala. Así, navíos procedentes de la Península Ibérica tomaban las islas como base de sus operaciones.

 

El elemento sustancial de este tráfico, eminentemente esclavista aun cuando se conseguían otros artículos como cueros, ámbar, sebo y sal, era el vino isleño, y debió de ser bastante importante para llamar la atención del juez castellano de Indias, y por supuesto de los historiadores de la colonia. El procedimiento más usual en este trato consistía en la participación individual del cargador, que si la ocasión era propicia se asociaba a otros compañeros.

 

La asiduidad de este comercio se refleja en los datos que poseemos. Entre 1600 y 1625, sólo desde Tamaránt (Gran Canaria), se registra la salida de 24 navíos, casi uno por año; esto indica la regularidad del tráfico y la rentabilidad de este comercio que daba salida a buena parte de los frutos isleños. El beneficio sería aún mayor si tomamos en cuenta el fraude y el contrabando a que tan aficionados eran los colonos y criollos y que de forma continuada estuvieron presentes y que tanto preocuparon a la Casa de la Contratación en la metrópoli al objeto de evitar que en el tornaviaje desde Cabo Verde los navíos con origen en los puertos de Chinet (Tenerife) y Tanmaránt (Gran Canaria) derrotasen a las colonias españolas en América, razón por la cual se obligaba a los maestres a efectuar una fianza en el momento de efectuar el registro.

 

El mercado de Cabo Verde ofrecía un centro exportador de esclavos pero conllevaba un sistema impositivo muy pesado del cual los colonos y criollos canarios escaparon mientras pudieron. Por ello el colono en canaria prefirió la vía del rescate directo sin intermediarios en la costa de Guinea. Así, desde muy pronto, los colonos establecidos en la islas intervendrán en el comercio de esclavos con Guinea para llevarlos directamente a las colonia españolas en la Antillas , tal como luego harían los ingleses, especialmente John Hawkins, recurriendo para ello, en ocasiones, a los pilotos portugueses.

 

La intensidad de las expediciones de asalto de los colonos canarios a Guinea se centra en la segunda mitad del siglo XVI; en este período de tiempo al menos hasta 1587, partieron de las islas con destino a Guinea 47 expediciones. No obstante, en fechas anteriores existió un comercio clandestino entre Guinea y Canarias y la propia Península Ibérica, no excesivamente conocido, pero que nos sitúa en precedentes claros con respecto al tráfico esclavista de los españoles en el atlántico. Andalucía dio la pauta en este sentido en Canarias se siguió como norma, aunque la intervención real castellana intentó limitar y cortar este tráfico que ere monopolio de Portugal, pero fue difícil. (Manuel Lobo Cabrera-Elisa Torres Santana; 1991)

 

1600. […] Lógico hubiera sido que, al perder Inglaterra uno de sus mercados de abastecimiento con la Guerra de los Siete Años, se produjera un incremento en la demanda de nuestros vinos para suplir a los franceses. Pero no fue así. El inicio del reinado de Carlos III, bajo el signo de una política exterior encaminada a la signatura del tercer Pacto de Familia, tuvo perjudiciales repercusiones para la economía insular. A fines de 1660, una embarcación española cargada de orchilla es confiscada en el puerto de Londres, en virtud de una disposición de su gobierno que declaró a las islas integradas en el continente americano y, por la cual, sólo bajo pabellón inglés podía navegarse hacia la metrópoli. ¿No era entonces previsible que, nuestro gobierno, amenazara con suprimir la presencia de barcos y comerciantes ingleses en Canarias si, formando parte de América, les estaba prohibido todo contacto con sus respectivas colonias en dicho hemisferio? El conde de Fuentes, que pidió su expulsión, hizo la sugerencia de que tan sólo se admitiese en el Archipiélago la entrada de aquellas mercancías que navegaran en buques canarios o españoles. Y, en otro orden de cosas, igualmente señaló la conveniencia de constituir una compañía, similar a la ya existente en Madera, para dar salida a las exportaciones orchilleras y vitícolas. Por esos años, la orchilla era un producto que daba mayores beneficios que el vino, alcanzando cotizaciones de 90 libras , superiores a la de Madera. Entre otras ventajas de la compañía, se citan el fomento de la construcción naval en Canarias y las más elevadas recaudaciones de la Real Hacienda.

 

Si el tercer Pacto de Familia trajo otra vez la guerra y produjo el período de máxima depresión en las relaciones anglo-canarias, la firma de la paz en París no vino a representar reanimación alguna al respecto.

 

El 21 de noviembre de 1764, el síndico personero don Lorenzo Salazar y Frías, ante un cabildo extraordinario reunido en La Laguna, lee una representación sobre la misérrima realidad de la isla frente a la anterior centuria. Sin proponer soluciones, se limita a constatar que, careciendo de industria propia y obligados a cubrir necesidades de primer orden mediante la importación, el mercado interno no podía significar mucho para la prosperidad de las capas dominantes. Este llamamiento agónico y la amplia discusión que le sigue, terminaron únicamente con el acuerdo de enviar como representantes ante el rey, para seguir combatiendo por romper el cerco que bloqueaba el mercado exterior, a los marqueses de la Villa de San Andrés y de Villanueva del Prado.

 

Por tales requerimientos, el 6 de mayo de 1765 confía Grimaldi al embajador en Londres, príncipe de Masserano, la misión de conseguir el libre transporte de nuestros vinos a las colonias inglesas, sin escatimar esfuerzo alguno. Desde el 30 de agosto de ese año hasta el 14 de abril de 1769 en que se le da una respuesta negativa, el príncipe presionó sobre los distintos secretarios de Estado y elaboró varias memorias. En una de ellas, presentada al Parlamento, merece destacarse la protesta que formula por el nuevo impuesto de cuatro libras por cada pipa embarcada en Inglaterra con rumbo a las colonias, destinado a mantener fuerzas militares y defensas contra eventuales ataques.

 

Masserano, cuando informó a Grimaldi de su fracaso, le señala como razón de fondo el temor inglés de que los franceses, aliados de España, hicieran pasar sus géneros clandestinamente por la puerta que se abriera para Canarias. (Antonio Bethencourt Massieu, en: Millares Torres, 1997:145-6)

 

1600 Octubre 17. Por Real Célula, el Rey señalaba 5.500.000 maravedís para fortificar la isla Tamaránt (Gran Canaria), ordenando que el dinero se guardase en un arca de tres llaves que tendrían respectivamente el Gobernador colonial de la isla, y los empleados de la metrópoli el Veedor de la gente de guerra y el Pagador, estableciendo a favor de la isla un derecho de prelación en las construcciones con respecto a las demás, por haber sufrido la última invasión, señalando además el orden de preferencia que era, primero reparación del Castillo de Santa Ana, segundo atrincheramiento de la playa, tercero construcción del Castillo de San Francisco y cuarto amurallamiento de la ciudad, todo de acuerdo con los planos de Leonardo Turriano.

 

En 1601 llegó a la ciudad D. Gerónimo de Valderrama y Tovar, y siguiendo los planos del Ingeniero de S.M. Comendador Mayor de San Juan de Jerusalén Fray Tiburcio Spanochi, se abrieron los cimientos del Castillo del Rey o de San Francisco del Risco y se levantaron con más solidez la Torre de Santa Ana, Castillo de la Luz y Muralla Norte hasta el Castillo de Mata; D. Luís de Mendoza y Salazar que tomó posesión del mando en 1607 continuó la fortificación de la montaña de San Francisco y construyó en el extremo izquierdo de la explanada la batería que se llamó de la Plataforma o Punta de Diamante. (En: José María Pinto y de la Rosa. 1996)

 

1600 Octubre 17. En la segunda mitad del siglo XVI estuvo en el archipiélago el ilustre Ingeniero Militar Leonardo Turriani quien propuso introducir algunas modificaciones en el Castillo de San Cristóbal, y  por Real Cédula de 17 de Octubre de 1600 se ordenaba se llevasen éstas a cabo y se edificara un castillo en Paso Alto y otro en Puerto de Caballos, así como una Torre en el Puerto de la Orotava y otra en San Pedro de Daute. En el archivo del antiguo Cabildo de la isla se hallan una serie de documentos relacionados con las fortificaciones que se copian y nos ha facilitado el Doctor D. Leopoldo de la Rosa Olivera.

 

En el archivo de Acialcázar existen unos extractos de las actas  del Cabildo de esta isla de Tenerife, del que tomamos los datos  que se copian. En el archivo de la Comandancia de Ingenieros de Canarias se conserva un documento en cuyo encabezamiento se lee: «Sacado de los libros de la Alhóndiga de Chasna...» con interesantes noticias relativas a la isla y que se así como otro que expone en  donde se describen los lugares, atalayas, etc., de esta isla. (José María Pinto de la Rosa, 1996)

 

1600 octubre 17. […] Puesto a estudio el problema en el Consejo de guerra, fue llamado Madrid, en 1600, para oír su dictamen el ingeniero Leonardo Torriani quien se trasladó desde Lisboa a la corte, y fue de parecer que se inicias inmediatamente la reparación del torreón de Santa Ana y el castillo principal, "que los enemigos dejaron maltratados"; éste, para defensa de lo navios que se amparaban a su sombra, y ambos conjuntamente, para im­pedir el desembarco al enemigo, "entre tanto que se fortifica la ciudad". Luego debía ser la primera tarea, en opinión de Torriani, la construc­ción del castillo sobre el cerro de San Francisco, "por ser causa de la de­fensa de la ciudad si está guardado y de la pérdida también si no lo es­tuviese". Por último, debían acometerse a renglón seguido las obras ne­cesarias para amurallar la ciudad envolviendo todo su perímetro, "por estar abierto y poderla entrar el enemigo y quemalla y saquealla sin que el castillo del cerro de San Francisco se lo pueda estorbar". Como puede apreciar el lector, nótase en su dictamen o informe una pequeña rectificación en relación con la Desmttione..., ya que ahora asigna a la montaña —después de conocer los partes o avisos de la invasión holande­sa— un papel mucho más importante que en su primitivo proyecto.

 

Consecuencia de este dictamen fue la consulta que el Consejo de guerra elevó a la aprobación de Felipe III el 12 de abril de 1600, en la que proponía la ejecución plena de los proyectos antiguos de Leonardo To­rriani, encargando de la ejecución de las obras a su discípulo Próspero Casóla, "sin faltar ni excederse en nada" en relación con las trazas del cremonense.

Esta consulta tuvo como consecuencia inmediata la Real cédula de 17 de octubre de 1600, por la que Felipe III señalaba cinco millones quinien­tos mi maravedís para la fortificación de Gran Canaria, ordenando que este dinero se guardase en un arca de tres llaves que tendrían, respectiva­mente, el gobernador de la isla, el veedor de la gente de guerra y el paga­dor de la misma. Después estableció a favor de la isla de Gran Canaria un derecho de prelación en las construcciones con respecto a las demás, "por haber sufrido la última invasión". Y por último, indicaba el orden con que estos reparos o nuevas construcciones deberían realizarse: 1.° Repa­ración del castillo de Santa Ana. 2.° Atrincheramiento de la playa. 3.° Construcción del castillo de San Francisco; y 4." Amurallamiento de la ciudad. Todo ello de acuerdo con las "trazas" o planos de Leonardo Torriani.

 

En realidad, no podía obtener éste, aunque algo tardíamente, un triun­fo más cabal; pero ya veremos cómo e] éxito no pasó del papel.

 

En posesión de estas cédulas, arribó a Las Palmas, a mediados del 1601, el capitán don Jerónimo de Valderrama y Tovar, nombrado gober­nador de Gran Canaria para sustituir al letrado Antonio Pamochamoso. En el acto, puesto de acuerdo el capitán Valderrama con el ingeniero Próspero Casóla, iniciáronse con extraordinaria actividad las reparacio­nes de las fortalezas arruinadas por Van der Does, quedando en breve plazo finalizada esta tarea. En cambio, desde el primer memento ofreció mayores dificultades la fortificación del cerro de San Francisco, por no estar de acuerdo Valderrama con las ideas sustentadas por Leonardo Torriani en sus escritos. El resultado de estas discrepancias fue ponerlas inmediatamente en conocimiento del Consejo de guerra, acordándose aho­ra en el seno del mismo que el comendador Tiburcio Spanochi dictaminase sobre el particular.

 

Tiburcio Spanochi fue uno de los más famosos ingenieros italianos de su época al servicio de España. Había nacido en Roma, el año 1575, en el seno de una noble familia emparentada con el papa Paulo V. Ingresó en la Orden de San Juan de Jerusalén, y en 1570 empezó a prestar sus primeros servicios a Felipe II, en Sicilia, con 40 escudos mensuales de sueldo. Diez años más tarde, en 1580, fue enviado a España, a petición de este monarca, por el virrey de Sicilia Marco Antonio Colonna, con oca­sión de la guerra contra Portugal. No obstante, por su poca experiencia militar fue enviado a servir a Fuenterrabía, destinándosele más adelante a Lisboa para embarcar en la escuadra del marqués de Santa Cruz en su jornada contra las islas Terceras. Después regresó a la corte, entrando en relación con los 'más importantes personajes de ella y logran­do captarse el aprecio del Consejo de guerra. Tuvo distintas comisiones en España y Portugal y él mismo se jactaba de haber sido maestro de Leonardo Torriani, de Próspero Casóla y de Jerónimo de Soto, su ayu­dante. En 1600 recibió el mayor ascenso a que podía aspirar en su carrera, pues fue nombrado superintendente de todas las fortificaciones de España e ingeniero mayor con 1.500 ducados de sueldo.

 

No es cierto que Tiburcio Spanochi vine alguna vez a las Canarias, como por alguien se ha sostenido; pero en cambio él fue el encargado, en 1601, de estudiar los proyectos y trazas de Torriani, señalando el plan definitivo de construcciones militares que debían asegurar la ciudad de Las Palmas.

 

Las ideas y los proyectos de Spanochi con respecto a los de Torriani discrepaban, aunque no fundamentalmente. Era partidario de construir un baluarte en la extremidad noreste del cerro —donde luego se edificó un reducto perennemente inconcluso—, la construcción de un castillo, "el cual había de ser en parte que descubriese y amparase a la ciudad y pu­diese ofender y descubrir los surgideros que hay por toda la costa, des­de Lajas a las Isletas, y también por hacia la tierra todo el llano de la dicha montaña y el alto de Santo Domingo". Como puede apreciarse, coin­cidían Torriani y Spanochi en el lugar de emplazamiento del futuro cas­tillo de San Francisco, en la parte más baja de la montaña, mirando a la ciudad; pero discrepaban en cuanto a su planta y disposición, ya que Spanochi era partidario de un amplio fuerte de planta triangular, rema­tado en los ángulos que miraban a la ciudad por dos baluartes de "punta de diamante", que habían de tener en sus extremos sendos garitones vo­lados capaces para cuatro arcabuceros.

 

Los muros del castillo "habían de ser de 40 pies de alto, con sus con­trafuertes y con su foso por la parte de fuera de 14 pies de fondo y 60 de ancho, y la entrada de él había de ser por la parte de la muralla de la cerca con su puente levadizo, dejando abajo della la muralla más baja...".

 

Ambas edificaciones, castillo y baluarte, estarían unidas por una mu­ralla y desde esta última descendería por la ladera del cerro otra para enlazar con el "cúbelo" y la muralla de la ciudad.

 

Tal era en pocas palabras el plan de fortificación de la montaña de San Francisco de este ilustre ingeniero italiano, que sería con el tiempo llevado a cabo, pero introduciendo en el mismo extraordinarias variantes con respecto a su primitiva concepción.

 

 

El dictamen de Spanochi pasó seguidamente a estudio del Consejo de guerra, y éste, el 14 de agosto de 1602, lo elevó en consulta a la aproba­ción de Felipe II. El monarca aprobó el plan propuesto, y por cédula de 23 de agosto de 1602, ordenó que las fortificaciones de Las Pal­mas se hiciesen de acuerdo con los dictámenes, proyectos y planes del comendador Tiburcio Spanochi.

 

Este nuevo plan de construcciones militares fue conocido en Gran Ca­naria al finalizar el año 1602; pero en los tres años siguientes que duró todavía el gobierno del capitán don Jerónimo de Valderrama y Tovar, no se dio ningún paso de importancia para su realización, quizá porque su coste se evaluaba en la crecida cantidad de 30.000 ducados.

 

Por una carta de su sucesor, el capitán don Luís de Mendoza y Salazar, venimos en conocimiento del estado de las fortificaciones de la isla en el mes de agosto de 1606, en cuyo día 2 había tomado posesión de su nuevo cargo, después de realizar un viaje accidentado, perseguido siem­pre por dos navíos piratas. El capitán Mendoza comunicaba al Rey, en esta carta de 24 de agosto, cómo la reparación de las fortalezas estaba ya finalizada "y cómo la fortificación del cerro de San Francisco se va haciendo por la orden de V. M.".

 

Dados los roces y competencias de jurisdicción con la Audiencia, que caracterizan el mando de su antecesor Valderrama, no estará da más incluir el siguiente párrafo de su carta, que revela el poder dictatorial de que hacía gala aquel organismo: "Las cosas de la guerra hallé y están —dice— en el mismo estado que antes, porque los Jueces de la Audiencia, sin reparar en las ynibitorias de Vuestra Magestad, quieren conocer y tener mano en todo género de cosas de la guerra, de que se siguen muy grandes inconvenientes y se seguirán cada día mayores, si Vuestra Magestd no embia el remedio" .

 

Don Luís de Mendoza puso toda su diligencia y actividad en fabricar el fuerte de la "Punta de Diamante" (más tarde llamado plataforma de San Francisco), dando comienzo a las obras, bajo la dirección de Casóla, en 1607. Por cédula de 12 de octubre de 1609, se autorizó a este ingeniero para introducir en el plan algunas variantes por él propuestas, en relación con el primitivo proyecto de Spanochi y en relación con el trazado de la muralla que uniría el baluarte con el "cúbelo", donde más adelante estaba ordenado construir "orejón y casamata".

 

Las obras prosiguieron sin interrupción, dándose por finalizadas an­tes del relevo del gobernador Mendoza en 1612.

 

Además, parece seguro que este capitán inició también en 1609 las obras de cimentación del castillo de San Francisco, que quedaron suspen­didas con su marcha..

 

El sucesor de Mendoza, don Francisco de la Rúa, prosiguió en la tarea iniciada, acabando el lienzo de muralla que había de enlazar la "Punta de Diamante" con el cúbelo, y acometiendo la reedificción de éste. Ha­bíase proyectado allí una auténtica "casamata" o fortín, cubierto con su bóveda, según puede apreciarse, entra otros medios por la cédula an­tes citada; pero Francisco de la Rúa se limitó a edificar un baluarte co­rriente descubierto. Sin embargo, esta anomalía en el nombre, mantenido por el uso corriente, llamó la atención en el siglo XVIII del ingeniero don Miguel de Hermosilla, quien trató de justificarla dando por probado que don Francisco de la Rúa, "en memoria de la matanza que sufrieron las tropas holandesas en este paraje, puso al fuerte que construyó de nuevo castillo de Casa-Mata".

 

El fortín de Mata era de planta irregular, con amplia plataforma te­rraplenada y almenada, así como con algunas dependencias y almacenes a su espalda, junto a la muralla.

 

A este mismo gobernador De la Rúa se atribuye la iniciación de las obras del castillo de Santa Catalina, en la punta de su nombre; atribu­ción errónea, pues sabemos positivamente que en 1630 todavía no habían empezado los trabajos.

 

Las obras de fortificación de Las Palmas prosiguieron en tiempos de su sucesor, don Fernando Osorio, no sin modificaciones de importancia en el plan general. Este, poco después de su llegada, representó al Consejo de guerra, el 6 de noviembre de 1618, en unión de Próspero Casóla y de un capitán desconocido, por nombre Alonso de Cárdenas, la necesi­dad de introducir modificaciones en el emplazamiento del castillo de San Francisco, alegando que estaba mal medido y situado, ya que se trataba de cimentarlo "en la parte más baja de toda la montaña, sujeta al Paso Angosto, siendo como es más alto de la parte que cae hacia San Lázaro ochenta y cuatro pies, y de la que cae hacia el barranco cincuenta y cua­tro". Es más, los exponentes llegaban a censurar cualquier otra solución, pues afirmaban "que aunque se mandó parecer que este inconveniente se salvaba con subir la dicha fortificación hacia el paso Angosto no por eso se confesaba que la dicha fortificación estuviese mejor al Paso Angosto...".

 

El gobernador Osorio, arrogándose unas facultades para las que no estaba autorizado, se atrevió a comunicar como un hecho consumado al Consejo su propósito de amurallar por completo la montaña de San Fran­cisco, con materiales sólidos por su frente y el Paso Angosto, y con ma­teriales baratos el resto, para que en su interior se pudiesen hacer casas y fuese poblado conforme al deseo de los vecinos, suspendiendo momen­táneamente la construcción del castillo del Risco. De dichas obras de amurallamiento fue encargado el capitán Juan de Espinosa, quizá el mismo capitán que había sido gobernador de Tenerife desde 1609 a 1615.

 

La reprimenda del Consejo de guerra a don Fernando Osorio no se hizo esperar, y en su comunicación le prevenía diese inmediata iniciación a las obras del castillo en proyecto, suspendiendo en el acto cualquier otro plan no aprobado. Sin embargo, el Consejo autorizó, por considerar­lo justificado, el cambio de emplazamiento, de manera que el castillo de San Francisco fuese trasladado de la ladera de San Nicolás al Paso An­gosto.

 

Las obras, dirigidas en colaboración por Fernando Osorio y Próspero Casóla, debieron emprenderse con ritmo acelerado, pues al tomar pose­sión del mando de la isla, en 1621, don Pedro de Barrionuevo y Melgoza, ya se hallaban bastantes avanzadas. Este capitán dio nuevo empuje a las obras, excavando el amplio foso y construyendo la puerta de acceso, re­matada por el escudo de España, y el puente levadizo para pasar aquél. Su sucesor, don Gabriel Frías de Lara, remató las obras en su interior, y de esta manera, cuando en 1625 visitó el Archipiélago don Francisco González de Andía Irarrazábal, con título de capitán general y funciones de auténtico reformador, ya el castillo de San Francisco del Risco, tam­bién llamado del Rey, estaba finalizado.

 

La construcción resultante fue tan sólo un amplio recinto murado, de planta triangular con baluartes de punta de diamante en los ángulos noreste y sudeste, y con dos pequeñas viviendas o dependencias en su in­terior, una para casa del castellano y alojamiento del cuerpo de guardia y otra para almacén de pólvora y pertrechos. Sus muros son muy bajos y su utilidad fue siempre considerada más que relativa.

 

(A. Rumeu de Armas, t.3. 1991:78 y ss.)

 

 

Julio de 2011.

 

 

* Guayre Adarguma Anez Ram n Yghasen.

 

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Bibliografía

     

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