Reflexiones sobre el pleito

 

 

Carlos Alonso *

 

[Desde la noche de los tiempos, las burguesías de Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife han protagonizado un enfrentamiento que pocas veces ha servido para nada constructivo. El llamado "pleito insular", aunque en realidad haya sido -sobre todo en la historia más última de Canarias- un pleito de capitales, ha sido una poderosa fuerza que en vez de producir una energía positiva de superación ha creado las condiciones de un enfrentamiento fratricida que en ocasiones a punto ha estado de hacer saltar por los aires proyectos de convivencia.]

Hay una manera de producir electricidad que consiste en aprovechar la fuerza de la naturaleza. Se colocan unas aspas que giran bajo una caída de agua o en el camino del viento y la fuerza de estos elementos transmite energía a un alternador que la transforma en energía eléctrica. Es decir, cuando las fuerzas se canalizan de forma racional y científica se obtiene una fuente de energía que sirve para el progreso.

Cuando dos comerciantes compiten por captar al público, éste es el principal beneficiario de la mejora de la calidad del servicio o la bajada de precios. La sana rivalidad, el deseo de superar a alguien con el que competimos, es una fuerza similar a la de una caída de agua o al viento: si se canaliza adecuadamente puede producir la energía necesaria para superarnos a nosotros mismos.

Hay, sin embargo, otra cara de la moneda. La fuerza incontrolada que no sirve más que para la devastación. El agua desbordada que destruye a su paso todo lo que encuentra. La fuerza de un viento que arrastra cosas y personas. La rivalidad que se fundamenta no en el deseo de superarnos a nosotros mismos, sino en la destrucción del competidor, al que convertimos en adversario o enemigo.

Desde la noche de los tiempos, las burguesías de Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife han protagonizado un enfrentamiento que pocas veces ha servido para nada constructivo. El llamado "pleito insular", aunque en realidad haya sido -sobre todo en la historia más última de Canarias- un pleito de capitales, ha sido una poderosa fuerza que en vez de producir una energía positiva de superación ha creado las condiciones de un enfrentamiento fratricida que en ocasiones a punto ha estado de hacer saltar por los aires proyectos de convivencia.

Cuando Santa Cruz dejó de ser la capital de Canarias, con la división provincial de 1927, se cerraba una lucha y empezaba otra. Una carrera permanente de emulación y disputa. Desde Madrid, antes, durante y después de la dictadura, se estimuló y se utilizó sibilinamente ese enfrentamiento entre los propios canarios para debilitarles como pueblo y mantenerles convenientemente divididos. Alguna clase política predemocrática, representantes, en el sentido más estricto, de los intereses de las oligarquías económicas, elevó el pleito a la categoría de religión social. Y así, mientras los medios de comunicación y el pueblo vivían el enfrentamiento como parte de su código genético, los grandes empresarios y las dirigencias de ambas capitales entrechocaban las copas de sus intereses cuando les fue necesario.

De esa política, Tenerife resultó damnificada en mayor medida. A esta Isla se la hizo cargar con la fama insularista mientras otros se llevaban el provecho. Fuimos insularistas porque nos negamos a admitir una ley de aguas hecha con la mentalidad de islas secas para aplicársela por la fuerza a islas húmedas. ¿Quién fue más insularista, el que quería legislar sólo en función de sus intereses o el que exigió que se respetaran también los suyos? Lo mismo ocurrió con la petición de una universidad para Las Palmas de Gran Canaria (sin duda merecida y necesaria) que se vendió como un "desgarro" de La Laguna por su incapacidad para "atender" a Las Palmas y un "fracaso" de nuestra universidad lagunera. No fue tal, por supuesto. Y tan arraigada está esa mentalidad que en el 25 aniversario de la exitosa Universidad de Las Palmas se han seguido utilizando términos bélicos como el de que es una "conquista" de la sociedad grancanaria ¿a la tinerfeña?

Envidia, pleito, división, histrionismo, demagogia... Fuerzas incapaces de generar energía limpia para una sociedad que la necesita. Es una pena y una desgracia que, siglos después, políticos y sectores de la sociedad de Las Palmas sigan pescando en el isloteñismo, que es la cara arrugada y cutre de un insularismo consustancial con el hecho y la manera de ser canario.

Y para terminar, en un día tan especial como el de hoy, permítanme la licencia de pedir con todas las fuerzas de un tinerfeño que el Club Deportivo Tenerife le gane el partido a la UD Las Palmas. Porque nosotros nos lo merecemos.

* Presidente del Cabildo Insular de Tenerife

Fuente: Publicado en el periódico El Día /2014-05-10