Fernando Guanarteme

y la arqueología “desde arriba”

 

 

«» A. José Farrujia de la Rosa *

 

[…, no resulta extraño que todavía hoy, en pleno siglo XXI, algunas políticas patrimoniales, algunos “productos arqueológicos”, estén ligados a unas perspectivas fuertemente elitistas y conservadoras. En este sentido, ¿cómo debemos interpretar la búsqueda de los restos mortales de Tenesor Semidán, caudillo del territorio de Gáldar durante la conquista europea de Canarias a finales del siglo XV, que fue cristianizado bajo el nombre de Fernando Guanarteme y ayudó a pacificar la isla de Gran Canaria y a conquistar La Palma y Tenerife?]

 

La arqueología, desde sus orígenes en el siglo XIX, estuvo vinculada con la formación de los Estados-nación europeos y, por tanto, con la burguesía de la época. En el ámbito canario, la incidencia de los factores de orden económico (crisis o auge de determinados cultivos, instauración de los Puertos Francos en 1852, relanzamiento de la actividad mercantil, etc.) desencadenó la configuración y consolidación de una economía capitalista, convirtiendo a la burguesía (terrateniente y comercial) en el bloque social dominante y, al igual que en Europa, en el sector social más apegado a los estudios arqueológicos.

 

Pero Canarias no contó con una comunidad científica autónoma hasta bien entrado el siglo XX. Los intelectuales burgueses tuvieron que importar modelos explicativos de otra parte. Las Islas Canarias fueron algo así como una “Finnis Terrae” en la que los eruditos estuvieron sometidos a las resacas de la historia de las ideas y del desarrollo de las ciencias en la Europa del siglo XIX y principios del XX.

 

La arqueología se desarrolló en nuestro archipiélago en un marco en el que la sociedad canaria no había tenido tiempo de ver cómo alcanzaban su pleno desarrollo las viejas sociedades científicas, las colecciones privadas, los catálogos descriptivos de la fauna, de la flora y de las antigüedades.

 

El pasado arqueológico, además, ha servido en demasiadas ocasiones para respaldar y justificar agendas políticas conservadoras, construyendo pasados nacionales que servían para hacer buenos patriotas. Los ejemplos en Canarias son abundantes al respecto: desde la imagen neolítica que se proyectó en el siglo XIX del indígena canario, al que se le atribuyó una raigambre europea (francesa), coincidiendo con el imperialismo galo en el Norte de África; pasando por la imagen hispana y neolítica de los indígenas canarios, desarrollada durante el franquismo, una etapa autoritaria y conservadora que mantuvo a la arqueología canaria, durante mucho tiempo, apartada de los descubrimientos más recientes de la ciencia universal. En la actualidad conviven los modelos explicativos que abogan por la africanidad del mundo indígena canario, frente a los que inciden en las conexiones entre Canarias y el mundo mediterráneo (europeo) en la Antigüedad.

 

A partir de este bagaje acumulado, no resulta extraño que todavía hoy, en pleno siglo XXI, algunas políticas patrimoniales, algunos “productos arqueológicos”, estén ligados a unas perspectivas fuertemente elitistas y conservadoras. En este sentido, ¿cómo debemos interpretar la búsqueda de los restos mortales de Tenesor Semidán, caudillo del territorio de Gáldar durante la conquista europea de Canarias a finales del siglo XV, que fue cristianizado bajo el nombre de Fernando Guanarteme y ayudó a pacificar la isla de Gran Canaria y a conquistar La Palma y Tenerife?

 

No se han encontrado evidencias documentales que certifiquen que sus restos mortales se hallan depositados en la Ermita de San Cristóbal de La Laguna. La propia comunidad académica canaria tiene dudas sobre la permanencia de los restos del Guanarteme debajo de su lápida, pues la Ermita, que llegó a estar en ruinas, fue sometida a un profundo proceso de reformas en los años cuarenta del pasado siglo XX. La fachada actual corresponde al año 1928, cuando fue demolida la original y su estructura fue retranqueada para dar más espacio a la Avenida Calvo Sotelo.

 

Sin embargo, ya desde 1967 el Ayuntamiento de Gáldar elaboró un proyecto con la colaboración del arqueólogo Celso Martín de Guzmán, para pedir al Obispado de Tenerife la exhumación y traslado de los restos de Tenesor a Gran Canaria, pues “es de justicia histórica que los restos de Guanarteme descansen en la bizarra tierra que le vio nacer”. La Ley de Memoria Histórica reabrió el debate sobre si su cuerpo debía descansar en su pueblo natal y la idea fue retomada por el Instituto Canario de Estudios Históricos “Rey Fernando Guanarteme”, por el Cabildo Insular de Gran Canaria y, más recientemente, en enero de 2016, por la Asociación Cívico Cultural La Solana-El Plátano.

 

En caso de que se hallase material óseo bajo la lápida donde supuestamente se encuentran los restos de Fernando Guanarteme, se realizarían pruebas genéticas de ADN para compararlas con el perfil de los descendientes vivos de esta figura relevante en la historia de la Isla. Y si los restos fuesen los de Fernando Guanarteme, se trasladarían a Gran Canaria.

 

Si los trabajos de investigación permitieran recuperar los restos mortales de Fernando Guanarteme… ¿Cuál sería su destino legítimo? ¿Depositarlos en alguna vitrina de algún museo de Gran Canaria, para que formen parte de una cultura “estática” de museo? ¿Exhibir públicamente, por tanto, los restos del jefe indígena castellanizado? O por el contrario, ¿darles nueva sepultura en alguna iglesia o catedral de Gran Canaria?, o bien ¿depositarlos en algún panteón indígena de esta isla?

 

Existe un importante vacío legal y ético al respecto, pues de hecho, la propia Ley 4/1999 de 15 de marzo de Patrimonio Histórico de Canarias, tan sólo recoge, en su artículo 5, que las Administraciones canarias deben “desarrollar todo tipo de iniciativas tendentes al retorno a Canarias de los elementos del patrimonio histórico que, por cualquier circunstancia, se encuentren fuera del archipiélago canario”. Asimismo, en su artículo 69 se recoge que “excepcionalmente, cuando razones de interés público o utilidad social obliguen a trasladar estructuras o elementos de valor arqueológico por resultar inviable su mantenimiento en su sitio originario o peligrar su conservación, se documentarán científicamente y detalladamente sus elementos y características, a efectos de garantizar su reconstrucción y localización en el sitio que determine la Administración que autorizó la intervención”.

 

A tenor del marco legal cabría preguntarse, por tanto, si la recuperación de los restos de Fernando Guanarteme es de interés público o utilidad social, y si tiene lógica una “repatriación intra-canaria”. En este sentido, desde el punto de vista del conocimiento científico, ¿qué puede aportar a la arqueología canaria y a la sociedad de nuestras islas el hipotético hallazgo de estos restos mortales? ¿Se generará conocimiento científico?, ¿se ahondará en el estudio bioantropológico del mundo indígena? O quizás, ¿tan sólo se podrán validar, afinar o desmontar las ramas genealógicas que se han elaborado a partir del “prócer” Fernando Guanarteme, y siempre y cuando los restos se encuentren y su estado de conservación permita hacer los pertinentes estudios de ADN?

 

El “caso Fernando Guanarteme” recuerda, por proximidad temporal, a la reciente búsqueda de los restos mortales de Miguel de Cervantes en el Convento de las Trinitarias (Madrid), el pasado mes de marzo de 2015. Tras los resultados de las excavaciones en el referido convento, no se pudo afirmar con rotundidad que los restos hallados fuesen los de Cervantes. El equipo de investigadores manifestó que podía tratarse de los restos del autor de “El Quijote”, mezclados con los de otras 14 personas, pero era imposible identificarlos con exactitud al no poder hacerse la prueba del ADN. Esta intervención arqueológica abrió un cálido debate sobre la necesidad de este tipo de trabajos en un país como España, donde se han recortado los presupuestos en Ciencia a los niveles del año 2006.

 

Es obvio que la arqueología del siglo XXI necesita llegar a más audiencias y construir nuevas formas de divulgar y comunicar. Esta tarea pasa por rastrear, estudiar, investigar y difundir aquellas evidencias que permitan recuperar y reconstruir la historia de nuestro territorio, en su sentido más amplio, sin poner el acento en la exhumación de determinados linajes o personajes. La arqueología debe recuperar todas las “voces” posibles de las gentes del pasado y llevar esas “voces” a la mayor cantidad de gente posible del presente. Se debe apostar, en suma, por estudios innovadores y con valor social, y no por una “arqueología de la heráldica”, por una arqueología “desde arriba” para “los de arriba”.

 

Pero bueno, ya sabemos que la historia de la arqueología en Canarias es compleja. En ella chocan duramente los imperativos de una “modernidad” deseada por un distante estado centralizador y por las élites locales, con las tradiciones coloniales que perduran desde hace siglos en nuestro territorio.

 

José Farrujia de la Rosa

 

Fuente: elpaiscanario.com